Mostrando entradas con la etiqueta FEMINISMO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta FEMINISMO. Mostrar todas las entradas

Valentina Vladímirovna Tereshkova: la primera mujer en el espacio

A comienzos de la década de 1960, el mundo estaba inmerso en una intensa competencia tecnológica, política e ideológica entre los dos bloques dominantes: por un lado, los países encabezados por la Unión Soviética, y por otro, los Estados Unidos de América. Esta rivalidad —la conocida Guerra Fría— se extendía a múltiples ámbitos: militar, económico, cultural y muy especialmente científico-tecnológico. Uno de los terrenos más visibles de este pulso fue la llamada “carrera espacial”, en la cual el primer lanzamiento del satélite Sputnik en 1957 y el vuelo orbital de Yuri Gagarin en 1961 —ambos por la URSS— marcaron hitos tecnológicos y científicos. La idea de “conquistar el espacio” funcionaba como demostración de poder, avance tecnológico, y legitimación ideológica: el que dominase la órbita terrestre podía hablar de supremacía científica y militar. En este contexto, el envío de humanos al espacio dejó de ser solo un asunto de exploración y se convirtió también en propaganda de sistema. En 1963, la URSS decidió no solo mantener su ventaja, sino también avanzar en un terreno simbólicamente potente: enviar a la primera mujer al espacio. Hasta entonces, todos los astronautas (o cosmonautas, en la terminología soviética) habían sido hombres, lo que ofrecía una nueva oportunidad para la Unión Soviética de exhibir su pretendida igualdad de géneros, al menos en la retórica. Así, el vuelo de la futura protagonista no fue solo un logro personal, sino una pieza más en ese tablero global donde cada segundo de órbita se contaba como victoria ideológica.

La protagonista de esta historia es Valentina Vladímirovna Tereshkova, nacida el 6 de marzo de 1937 en el pequeño pueblo de Máslennikovo, en la región de Yaroslavl (URSS). Proveniente de un entorno humilde —su padre murió cuando ella era muy pequeña en la Segunda Guerra Mundial, y su madre trabajó en una fábrica textil para sacar adelante a los tres hijos—, su infancia coincidió con los años duros de la posguerra soviética. Comenzó la escuela con retraso —a los ocho años— y dejó la educación general para trabajar en una fábrica textil en 1954. Sin embargo, junto al trabajo, cultivó una afición que iba a ser decisiva: en el aeroclub local aprendió paracaidismo, y ya en 1959, con 22 años, efectuó su primer salto. Esta experiencia de paracaidista aficionada resultó clave para que fuera considerada para el cuerpo de cosmonautas: en aquellos años del programa espacial soviético se valoraban tanto aptitudes técnicas como físicas y de riesgo, y la habilidad para saltar en paracaídas —que implicaba cierta resistencia a situaciones límite— se entendía como útil para un vuelo espacial. En los primeros años de la década de 1960, Tereshkova se involucró también en el movimiento juvenil Komsomol y se afilió al Partido Comunista de la Unión Soviética, lo cual reforzó su perfil como candidata “adecuada” desde el punto de vista ideológico. En 1962-63 la agencia espacial soviética (Vostok programme) lanzó una convocatoria para mujeres paracaidistas; Tereshkova se presentó, fue seleccionada entre más de cuatrocientos aspirantes y finalmente elegida entre cinco finalistas. Así, su origen humilde, su entrenamiento físico y su adhesión al sistema formaron una combinación que la convirtió en la elegida para un salto histórico.

El 16 de junio de 1963, Valentina Tereshkova despegó en la nave Vostok 6 con el indicativo «Chaika» —la palabra rusa para “gaviota”. Su misión consistía en orbitar la Tierra en solitario (la única mujer hasta hoy que lo ha hecho en misión individual) y completar un programa científico-técnico dentro del marco del programa espacial soviético. Durante 2 días, 22 horas y 50 minutos, completó 48 vueltas alrededor de la Tierra. Aunque el vuelo fue presentado como un éxito propagandístico inmediato, Tereshkova tuvo que afrontar diversas dificultades reales. Entre ellas, experimentó mareos severos y síntomas de adaptación al entorno de microgravedad, también conocidos como “síndrome de adaptación al espacio”. Además, se registró un error de programación en la trayectoria que implicó que la nave se desvió de su plan inicial, y Tereshkova tuvo que realizar una corrección manual para asegurar su regreso. Durante su reentrada, como era común en las misiones Vostok, se separó del módulo de descenso, eyectó a gran altitud y aterrizó en paracaídas en Kazajistán, donde fue recogida al cabo de unas horas.

Más allá de los detalles técnicos, el valor simbólico de ese vuelo fue extraordinario: la primera mujer en el espacio dejó de ser una promesa o un anuncio, y se convirtió en una realidad. En un contexto en el que el género había sido tradicionalmente un obstáculo para acceder a muchos campos, su presencia en la órbita terrestre representó un doble hito: científico-técnico e igualitario, al menos en apariencia. Los medios soviéticos la presentaron como “la azafata del cosmos” y la prensa occidental recogió el hecho como una curiosidad histórica: por ejemplo, la revista LIFE publicó en portada la frase “She Orbits Over the Sex Barrier”.

Al aterrizar, Tereshkova fue recibida con honores en la URSS, condecorada con la orden de Héroe de la Unión Soviética y la Orden de Lenin, entre otras distinciones. Su misión, aunque de apenas tres días, acumuló más horas de vuelo que los astronautas estadounidenses lo habían hecho hasta ese momento, lo cual añadía un plus de realce en la narrativa de la carrera espacial.

Tras su regreso, Valentina Tereshkova retiró su rol activo como cosmonauta y se orientó hacia la política, la ingeniería y la representación pública. Según diversas fuentes, en 1969 se graduó en ingeniería en la Academia Militar de la Fuerza Aérea de Zhukovsky. Posteriormente obtuvo un doctorado en Ciencias Técnicas (o su equivalente) y mantuvo su vinculación con las fuerzas aéreas soviéticas, retirándose en 1997 con el rango de mayor general.

Políticamente, desde 1966 hasta 1991 fue miembro del Soviet Supremo de la URSS. También dirigió el Comité de la Mujer Soviética desde 1968, participó en la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer en México en 1975, y fue activa en la promoción institucional del papel de la mujer tanto en el espacio como en la sociedad soviética. En el periodo posterior a la disolución de la URSS, continuó en política mediante partidos rusos contemporáneos, y desde el 21 de diciembre de 2011 es diputada en la Duma Estatal rusa.

En lo personal, se casó el 3 de noviembre de 1963 con el también cosmonauta Andriyan Nikolayev (la unión terminó en divorcio en 1982) y tuvieron una hija. A lo largo de las décadas, su figura se mantuvo como un icono: programas escolares soviéticos la mostraban como símbolo de logro femenino en la ciencia, y diversos homenajes internacionales la reconocieron como la primera mujer en el espacio.
Sin embargo, también ha sido objeto de debate: algunos críticos señalan que su misión, aunque histórica, no fue seguida de más vuelos femeninos en la URSS hasta bastante después, lo que cuestiona hasta qué punto aquel hito se tradujo en apertura real de género en la exploración espacial.

Hoy, en su edad avanzada, Valentina Tereshkova sigue siendo una figura viva del pasado espacial soviético, y su vida posterior refleja la mutación de un símbolo científico en un actor político, en muchos sentidos vinculado a la continuidad del poder en Rusia, lo cual añade capas de complejidad a su biografía: ya no solo “la primera mujer en el espacio”, sino también un personaje político con su propio recorrido y contradicciones.

Valentina Tereshkova representa, de este modo, un cruce de trayectorias: la de una joven trabajadora textil que se transforma mediante la afición al paracaidismo en cosmonauta, y la de un vuelo histórico que vendría seguido de una larga vida pública. Su misión en 1963 resuena como símbolo de la exploración espacial —y de los avances femeninos, al menos en el sentido retórico—, pero también plantea preguntas sobre la continuidad real de esos avances: ¿Cuántas mujeres siguieron sus pasos?, ¿Cuántas oportunidades nuevas para las mujeres generó este hito? En la URSS la imagen fue construida con fuerza, y en Occidente se reconoció con admiración, aunque con matices críticos.

Mujeres en el espacio

Mujeres en el espacio

Listado de mujeres astronautas con año de vuelo, país, misión y cargo.

Año Nombre País Misión Cargo
1963Valentina TereshkovaURSSVostok 6Cosmonauta (tripulación única)
1982Svetlana SavítskayaURSSSoyuz T-7 / Salyut 7Cosmonauta
1983Sally RideEE. UU.STS-7 (Challenger)Astronauta
1984Judith ResnikEE. UU.STS-41-D (Discovery)Astronauta
1984Svetlana SavítskayaURSSSoyuz T-12Cosmonauta, EVA
1985Anna FisherEE. UU.STS-51-AAstronauta
1992Mae JemisonEE. UU.STS-47 (Endeavour)Astronauta
1995Claudie HaigneréFranciaSoyuz TM-24Cosmonauta
1997Eileen CollinsEE. UU.STS-84 (Atlantis)Piloto
1999Eileen CollinsEE. UU.STS-93 (Columbia)Comandante
2001Yelena KondakovaRusiaSTS-84 / MIRCosmonauta
2003Shannon LucidEE. UU.Expedición 7 / ISSComandante
2007Peggy WhitsonEE. UU.Expedición 16 / ISSComandante
2012Sunita WilliamsEE. UU.Expedición 33 / ISSComandante
2022Samantha CristoforettiItalia / ESAExpedición 68 / ISSComandante

Fuente: NASA, ESA y registros históricos de vuelos espaciales.

La paradoja de las mujeres soviéticas: igualdad formal pero con doble jornada

La historia de las mujeres en la Unión Soviética es una de las más complejas y fascinantes del siglo XX. Ningún otro Estado contemporáneo intentó transformar tan radicalmente las relaciones entre los sexos como lo hizo el régimen soviético. Desde sus inicios, la revolución proclamó la igualdad entre hombres y mujeres como un principio innegociable: ambos debían ser ciudadanos plenos, productivos y libres de la opresión del hogar tradicional. En la teoría, el socialismo prometía liberar a la mujer del peso de las tareas domésticas mediante la socialización de los cuidados y la plena participación en el trabajo productivo. Sin embargo, la práctica fue muy distinta. Lo que se produjo fue un fenómeno paradójico: una sociedad que promovía la igualdad legal y laboral, pero que en la vida cotidiana terminó exigiendo más a las mujeres, combinando empleo asalariado, responsabilidades familiares y una carga emocional y logística que, en conjunto, hizo de su experiencia una auténtica doble jornada.

En las décadas posteriores a la revolución, la incorporación de las mujeres al trabajo fue vertiginosa. Las políticas de industrialización impulsadas por Stalin y continuadas por sus sucesores dependieron de una fuerza laboral cada vez más amplia, y las mujeres fueron esenciales en ese proceso. Para los años sesenta y setenta, la participación femenina en el mercado laboral soviético era una de las más altas del mundo: millones de mujeres trabajaban en fábricas, oficinas, escuelas y hospitales. La propaganda estatal mostraba a la obrera, a la ingeniera y a la científica como símbolos del progreso socialista. La igualdad de género se presentaba como un logro revolucionario y una prueba de la superioridad moral del sistema frente a las sociedades degeneradas capitalistas, aún vistas como dominadas por el patriarcado y el individualismo. Pero la realidad tras esos carteles y consignas era más contradictoria. Aunque la mujer soviética podía conducir un tractor, dirigir una escuela o trabajar en una central eléctrica, también se esperaba de ella que fuera madre, esposa y cuidadora ejemplar, sin que el hombre asumiera una parte equivalente de las tareas domésticas.

Esta contradicción estructural se conoce en la historiografía como la “doble carga” o la “doble jornada”. El Estado soviético incorporó a las mujeres al trabajo asalariado sin transformar del todo las normas de género que regían la esfera privada. Las leyes laborales y la ideología oficial declaraban la igualdad, pero en los hogares la división sexual del trabajo persistió. Las mujeres seguían siendo las principales responsables de cocinar, limpiar, cuidar de los niños y administrar el día a día familiar. Además, las condiciones materiales del socialismo real —la escasez de bienes de consumo, la ineficiencia de los servicios públicos, las colas interminables para conseguir alimentos o ropa— multiplicaban el tiempo dedicado a las tareas domésticas. Preparar una cena o conseguir leche podía implicar horas de planificación y desplazamientos, especialmente en las grandes ciudades. Así, las mujeres no sólo trabajaban a tiempo completo en fábricas o oficinas, sino que enfrentaban una segunda jornada en el hogar, sin descanso ni reconocimiento. Las causas de esta situación son diversas y no pueden reducirse a una simple hipocresía ideológica. En primer lugar, la igualdad formal entre los sexos fue, en parte, una necesidad económica. La Unión Soviética emergió de la Segunda Guerra Mundial con un enorme déficit de población masculina. Millones de hombres murieron en el frente, y en muchas regiones las mujeres se convirtieron en la principal fuerza laboral disponible. La reconstrucción del país y el ritmo frenético de la industrialización exigían su trabajo. Por otra parte, el proyecto socialista veía el empleo femenino no solo como una contribución económica, sino como una misión moral y política: trabajar fuera del hogar era un acto de emancipación y de compromiso con la patria socialista. El problema fue que este impulso hacia la producción no vino acompañado de una redistribución equitativa de las responsabilidades domésticas ni de un desarrollo suficiente de los servicios públicos que debían sustituirlas. Las guarderías y comedores colectivos existían, pero su capacidad era limitada y su funcionamiento irregular. En muchas zonas rurales o industriales, las mujeres no tenían más remedio que asumir solas el cuidado de los hijos y la gestión del hogar, además de sus obligaciones laborales. A esto se añadía una persistencia cultural difícil de erradicar. El Estado podía decretar la igualdad, pero no podía borrar de un plumazo siglos de mentalidad patriarcal. En la cultura soviética coexistían dos modelos contradictorios de feminidad: el de la “mujer nueva”, fuerte, trabajadora y emancipada, y el de la “guardiana del hogar”, madre sacrificada y esposa devota. Los medios y la literatura ensalzaban a las mujeres que lograban ser productivas y maternales a la vez, como si esa combinación fuera el ideal alcanzable por todas. Este imaginario reforzaba, sin quererlo, la doble exigencia: la mujer debía contribuir al progreso colectivo y, al mismo tiempo, mantener la armonía doméstica. Muchos hombres, por su parte, no reinterpretaron su papel en esa nueva sociedad igualitaria; la autoridad masculina en el hogar se mantuvo como una costumbre social, más que como un principio político. El resultado fue que la “igualdad socialista” se convirtió en una igualdad parcial, que otorgaba a la mujer más derechos en la esfera pública, pero no menos obligaciones en la privada.

Las estadísticas y testimonios muestran que el tiempo de ocio femenino era considerablemente menor que el masculino. Las mujeres dormían menos, descansaban menos y tenían menos oportunidades de desarrollo personal fuera del trabajo y la familia. Sin embargo, también es cierto que la incorporación masiva al empleo les dio una independencia económica inédita. Muchas mujeres se convirtieron en pilares de sus familias y comunidades, ganando respeto y autonomía dentro de los límites que imponía el sistema. La doble jornada fue, paradójicamente, una forma de opresión y de empoderamiento: opresión, porque aumentaba la carga física y emocional; empoderamiento, porque les otorgaba un papel central en la economía y en la vida pública.

Con el paso del tiempo, esa estructura de vida se naturalizó. Para las generaciones nacidas después de la guerra, trabajar fuera de casa era algo obvio: la participación laboral femenina alcanzó niveles comparables, e incluso superiores, a los masculinos. Sin embargo, el ideal de igualdad total nunca se materializó. Las desigualdades salariales y de promoción persistieron, y la representación femenina en los puestos de dirección política o económica fue limitada. Cuando la URSS se desintegró, muchas de esas tensiones se agudizaron. La crisis de los años noventa trajo desempleo, precariedad y el colapso parcial de los servicios sociales. Paradójicamente, algunas mujeres perdieron derechos conquistados durante el socialismo y vieron cómo resurgían discursos conservadores que las devolvían al rol doméstico. Pero también heredaron una conciencia fuerte de su capacidad de trabajo y de su autonomía, forjada a lo largo de décadas de esfuerzo silencioso.

Mirada en perspectiva, la experiencia de las mujeres soviéticas revela una paradoja universal de las políticas igualitarias impuestas desde arriba: la igualdad legal no garantiza la igualdad real cuando las estructuras culturales y materiales permanecen intactas. La revolución prometió liberar a las mujeres del yugo doméstico, pero no pudo —o no quiso— redistribuir las responsabilidades familiares ni transformar por completo los imaginarios de género. En ese sentido, la historia de la mujer soviética es una historia de triunfo y de fatiga, de conquista y de contradicción. Trabajaron más que nunca, lograron presencia en todos los ámbitos de la vida pública, pero lo hicieron cargando con el peso de un ideal que les exigía ser, a la vez, obreras, madres, heroínas y cuidadoras. Su esfuerzo, invisible muchas veces en las estadísticas, fue uno de los motores silenciosos del proyecto soviético. Y aunque el socialismo real desapareció, el legado de aquellas mujeres —su resistencia, su sentido del deber, su doble jornada— sigue siendo una lección sobre los límites y las posibilidades de la igualdad proclamada desde el Estado.

Referencias consultadas

Engel, B.A. & Worobec, C. (eds.) (1994) Russia’s Women: Accommodation, Resistance, Transformation. Berkeley: University of California Press.

Fitzpatrick, S. (1999) Everyday Stalinism: Ordinary Life in Extraordinary Times: Soviet Russia in the 1930s. Oxford: Oxford University Press.

Kataeva, Z., Kuznetsova, I. & Tikhonova, N. (2023) ‘Evolution of gender research in the social sciences in post-Soviet space’. Russian Journal of Sociology, 29(2), pp. 110–128.

Kotliar, A.E. & Turchaninova, S.Ya. (1975) Studies on Women’s Employment in the USSR. Moscú: Academy of Sciences Press.

Leahy, M.E. (1986) Equality Creates a Double Burden: Women in the Soviet Union. Boulder: Lynne Rienner Publishers.

Ofer, G. (1985) ‘Work and Family Roles of Soviet Women: Historical Trends’. Journal of Comparative Economics, 9(4), pp. 451–464.

Schrand, T.G. (1999) ‘Constructing Socialism and the “Double Burden”, 1930–1932’. Journal of Modern History, 71(1), pp. 1–25.

Soviet History (MSU) (n.d.) ‘The Double Burden’. Michigan State University Digital Archive.



Isabel I de Castilla: la primera feminista española

En el marco histórico de la Europa bajomedieval y renacentista, donde el papel de la mujer estaba estrechamente circunscrito al ámbito doméstico y su participación en la política era, salvo contadas excepciones, marginal, la figura de Isabel I de Castilla (1451-1504) emerge como una rareza en su contexto histórico. Reina por derecho propio, gobernante de un reino decisivo en la configuración de la Europa moderna, promotora de reformas políticas, económicas y culturales de largo alcance, Isabel no solo fue una de las mujeres más influyentes de la historia universal, sino que, bajo la óptica de la historiografía contemporánea, puede considerarse —con todas las cautelas que impone el anacronismo— como una precursora del feminismo en España.

Un acceso al poder contra las estructuras patriarcales

En la Castilla del siglo XV, la sucesión al trono seguía principios donde el hombre gozaba de preferencia y el matrimonio femenino solía implicar la pérdida de autonomía política. Isabel, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal, no estaba destinada inicialmente a gobernar. Sin embargo, tras una compleja serie de disputas dinásticas y el reinado inestable de su hermano Enrique IV, Isabel demostró una capacidad política excepcional: negoció alianzas, aseguró apoyos de la nobleza y, crucialmente, defendió su derecho a reinar en solitario.

El Pacto de Guisando (1468), que la reconocía como heredera, y su matrimonio -clandestino- con Fernando de Aragón (1469) son hitos donde Isabel impuso condiciones insólitas para la época: mantuvo su título de reina propietaria, no consorte, y aseguró que las decisiones de gobierno se tomarían conjuntamente, preservando su soberanía jurídica. En una Europa donde los matrimonios reales solían convertir a las reinas en figuras decorativas, Isabel actuó como un sujeto político autónomo.

Reforma del Estado y autoridad femenina

La imagen de Isabel no es la de una figura pasiva amparada por el prestigio de su esposo. Desde 1474, con su proclamación como reina, impulsó una reforma profunda de las estructuras de gobierno. Reorganizó la Hacienda, creó la Santa Hermandad como cuerpo policial y judicial (un precursor de la policía actual), y redujo el poder de la nobleza. Su capacidad de trabajo, disciplina y conocimiento de los asuntos de Estado fueron alabados por cronistas contemporáneos, muchos de ellos poco proclives a elogiar la autoridad femenina.

El ejercicio de mando de Isabel tuvo un componente simbólico esencial: mostró que una mujer podía no solo ocupar un trono, sino ejercerlo con la misma —o mayor— eficacia que los monarcas varones. Su autoridad no se derivaba de su esposo, sino de su propia legitimidad y talento. Esto rompía un paradigma secular y ofrecía un modelo que, aunque no generó un movimiento feminista en su tiempo (imposible bajo las condiciones culturales del siglo XV), sí dejó un precedente poderoso.

Educación y promoción cultural de las mujeres

Otra dimensión donde Isabel se adelantó a su tiempo fue su defensa de la educación femenina, en particular de las mujeres de la alta nobleza y de su propia descendencia. Formada en humanidades, lenguas y religión, comprendía que el conocimiento era una herramienta de poder. Promovió que sus hijas —Isabel, Juana, María y Catalina— recibieran formación equiparable a la de los príncipes, lo que les permitió desempeñar papeles diplomáticos y políticos en las cortes europeas. Este impulso se extendió a la corte isabelina, que se convirtió en un centro cultural donde mujeres letradas y humanistas, como Beatriz Galindo “La Latina”, ocuparon posiciones de relevancia. Aunque su concepción de la educación femenina estaba enmarcada en los valores cristianos de la época, su convicción de que las mujeres debían instruirse para contribuir al gobierno y a la vida pública supuso un cambio de horizonte en un mundo donde la ignorancia femenina era vista como virtud.

Visión estratégica y dimensión internacional

Isabel no solo consolidó la unidad dinástica con Aragón —que sentó las bases del futuro estado moderno español—, sino que emprendió proyectos de alcance universal. El patrocinio del viaje de Cristóbal Colón en 1492, con todo lo que implicó para la expansión europea, fue fruto de su iniciativa personal y de su capacidad para asumir riesgos políticos y financieros en una empresa que la mayoría de los consejeros consideraba incierta. Este gesto revela otro aspecto de su influencia: su disposición a proyectar su autoridad más allá de los límites tradicionales del reinado, comprometiéndose en políticas de exploración, comercio y diplomacia que transformaron el mapa del mundo. La figura de una mujer que, desde Castilla, incidía en los destinos de continentes enteros resulta excepcional incluso en la escala de la historia global.

Un feminismo temprano, con límites históricos

Es importante subrayar que aplicar el concepto moderno de “feminismo” a Isabel I requiere prudencia. No fue una activista por la igualdad de género en el sentido contemporáneo, ni cuestionó el marco patriarcal de la sociedad castellana. Sin embargo, en su contexto, su vida y obra contenían elementos que, retrospectivamente, la convierten en referente:

- Accedió al poder supremo por mérito propio y lo ejerció con plena legitimidad.

- Redefinió el papel de la reina de Castilla como soberana plena.

- Demostró que la autoridad femenina podía ser eficaz, respetada y duradera.

Estos logros no provocaron de inmediato un cambio estructural en la situación de las mujeres, pero sí dejaron un legado simbólico y político que generaciones posteriores mirarían con admiración. Isabel I no solo fue una de las mujeres más influyentes de su tiempo: fue un modelo de lo que, siglos más tarde, el feminismo reivindicaría como derecho a la autodeterminación, al liderazgo y a la plena participación en la vida pública.

Isabel I de Castilla representa un caso singular en la historia de España y del mundo: una mujer que, en un tiempo hostil a la autoridad femenina, se alzó al trono por derecho propio, gobernó con energía y visión, y dejó una impronta indeleble en la política, la cultura y la expansión europea. Si entendemos el feminismo en su sentido más amplio —la afirmación de la capacidad de las mujeres para ejercer el poder y decidir sobre su destino—, Isabel puede ser considerada como una de sus precursoras. Su reinado no solo cambió la historia de Castilla y Aragón: transformó el lugar de la mujer en el imaginario político occidental, dejando un ejemplo que todavía hoy resuena como símbolo de liderazgo y determinación. Lamentablemente, algunas mujeres que hoy en día se autodenominan feministas ignoran esta figura esencial para entender el auge de la mujer en la sociedad actual.