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Las armas nucleares en el mundo contemporáneo: historia, estructura y realidad actual

Las armas nucleares representan la culminación del ingenio científico y la capacidad destructiva del ser humano. Son artefactos explosivos que liberan energía mediante reacciones nucleares de fisión, fusión o una combinación de ambas, y cuyo poder de destrucción trasciende cualquier otro tipo de arma concebida. En la fisión nuclear, núcleos pesados como el uranio-235 o el plutonio-239 se dividen en fragmentos más ligeros, liberando neutrones y una enorme cantidad de energía. En la fusión, por el contrario, núcleos ligeros, como los isótopos del hidrógeno (deuterio y tritio), se combinan para formar núcleos más pesados, produciendo todavía más energía. Las armas más avanzadas combinan ambas reacciones: una pequeña bomba de fisión actúa como detonador de una reacción de fusión, generando las llamadas bombas termonucleares o “de hidrógeno”. La parte esencial de este dispositivo es la ojiva, el componente que contiene los materiales nucleares y la ingeniería necesaria para provocar la reacción. Las ojivas son las unidades explosivas propiamente dichas, montadas sobre vectores —misiles balísticos intercontinentales, misiles lanzados desde submarinos o bombas aéreas— que las transportan hasta su objetivo. La sofisticación tecnológica moderna ha permitido que un solo misil pueda portar múltiples ojivas independientes, capaces de dirigirse a distintos blancos (los llamados MIRV, Multiple Independently targetable Reentry Vehicles). Por ello, cuando se habla de la cantidad de armas nucleares que posee un Estado, suele medirse en ojivas, no en misiles o lanzadores, pues la ojiva constituye el elemento nuclear operativo. Además, las ojivas se clasifican según su estado operativo: desplegadas (listas para uso inmediato en misiles o aviones), almacenadas en inventarios militares o en reserva para desmantelamiento o despliegue futuro. Esta distinción resulta crucial para comprender el verdadero potencial militar de cada nación.

Setenta y cinco años después de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, el mundo continúa marcado por la existencia de estos arsenales. A comienzos de 2025, las estimaciones elaboradas por el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) y la Federation of American Scientists (FAS) sitúan el número total de ojivas nucleares en torno a las 12.200, de las cuales unas 9.600 formarían parte de inventarios militares activos y alrededor de 3.900 estarían desplegadas. Cerca de 2.100 permanecerían en estado de alta alerta, preparadas para ser lanzadas con poca antelación, principalmente en Estados Unidos y Rusia. Estos dos países siguen siendo los protagonistas del equilibrio nuclear mundial, al concentrar conjuntamente casi el 90 % del arsenal global. Rusia dispone de un inventario estimado en unas 5.500 ojivas, heredado y modernizado desde el periodo soviético, mientras que Estados Unidos mantiene unas 5.200, en pleno proceso de renovación de sus sistemas estratégicos y de mando. Ambas potencias conservan doctrinas de disuasión basadas en la destrucción mutua asegurada y mantienen desplegadas fuerzas nucleares terrestres, navales y aéreas que garantizan su capacidad de respuesta ante un eventual ataque. Pese a las reducciones logradas tras los tratados START y a la retirada de miles de ojivas desde el final de la Guerra Fría, la tendencia actual no apunta a una eliminación sustancial, sino más bien a una modernización tecnológica que busca asegurar la eficacia, precisión y longevidad de los arsenales existentes. El resultado es una disuasión más sofisticada, pero también más volátil, donde los avances en misiles hipersónicos, inteligencia artificial y defensa antimisiles añaden nuevas variables de incertidumbre al equilibrio estratégico.

En este contexto, China ha emergido como el actor más dinámico del panorama nuclear contemporáneo. Durante años mantuvo una política de arsenal mínimo creíble, basada en un número reducido de misiles estratégicos, pero a partir de 2020 comenzó una rápida expansión de sus capacidades. Las estimaciones más recientes le atribuyen unas 600 ojivas, aunque el número podría aumentar significativamente en la próxima década. Imágenes satelitales revelan la construcción de nuevos campos de silos para misiles intercontinentales y un incremento notable de submarinos lanzamisiles, lo que sugiere un esfuerzo deliberado por consolidar una tríada nuclear comparable a la de las superpotencias tradicionales. Esta evolución altera el equilibrio estratégico global y plantea nuevos desafíos a la estabilidad regional en Asia. Francia y el Reino Unido, por su parte, mantienen arsenales mucho más limitados —alrededor de 290 y 225 ojivas respectivamente—, pero con una capacidad de disuasión plenamente operativa basada principalmente en submarinos de propulsión nuclear equipados con misiles balísticos. India y Pakistán continúan desarrollando sus programas con fines de disuasión recíproca, en un equilibrio regional frágil que combina competencia tecnológica con retórica estratégica. Israel mantiene su política de ambigüedad, sin confirmar ni negar la posesión de armas nucleares, aunque los análisis externos le atribuyen unas 90 ojivas. Corea del Norte, en cambio, exhibe abiertamente sus avances nucleares y balísticos como instrumento de legitimación interna y de presión internacional; se calcula que podría disponer de unas 50 ojivas, aunque su grado de miniaturización y fiabilidad es incierto. Más allá de estos casos, ningún otro Estado parece poseer armamento nuclear operativo, aunque la tecnología y el conocimiento científico para desarrollarlo están mucho más difundidos que en las décadas pasadas.

El mapa nuclear mundial refleja, pues, una paradoja histórica: pese a los esfuerzos internacionales de desarme y no proliferación, el número global de ojivas ha dejado de disminuir y en algunos casos está creciendo. Los tratados de control de armas, como el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) o los acuerdos bilaterales entre Estados Unidos y Rusia, atraviesan un periodo de debilidad, erosionados por la desconfianza, las tensiones geopolíticas y la emergencia de nuevas potencias. Las negociaciones sobre limitación de armas se encuentran estancadas y el fin de varios acuerdos de verificación —entre ellos, el INF sobre misiles de alcance intermedio— ha aumentado el margen de incertidumbre. A esto se suma el factor tecnológico: los avances en miniaturización, precisión y sistemas de guiado han reducido el umbral operativo, lo que a su vez incrementa la posibilidad de errores de cálculo o interpretaciones equivocadas durante una crisis. Desde la perspectiva histórica, el mundo pasó de la acumulación masiva de la Guerra Fría a una fase de racionalización y reducción en los años noventa, para entrar en la actualidad en una etapa de modernización competitiva, donde las armas nucleares vuelven a desempeñar un papel central en la política de poder. Aunque el arsenal mundial actual es una fracción del que existía en los años ochenta, la destrucción potencial acumulada sigue siendo más que suficiente para aniquilar varias veces a la humanidad. La diferencia radica en que hoy el desafío no es la producción masiva, sino la gestión responsable de un poder que permanece como último recurso de supervivencia nacional. En este marco, la transparencia, el control y la comunicación estratégica entre potencias continúan siendo los factores más determinantes para evitar un conflicto nuclear, más allá de la mera contabilidad de ojivas o misiles. El conocimiento público de los arsenales —por aproximado que sea— constituye, en este sentido, una herramienta de disuasión y de vigilancia cívica indispensable para la estabilidad global.


Referencias

Federation of American Scientists (2025). Status of World Nuclear Forces. Washington, D.C.: FAS. Disponible en: https://fas.org/issues/nuclear-weapons/status-world-nuclear-forces/

Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) (2025). SIPRI Yearbook 2025: Armaments, Disarmament and International Security. Oxford: Oxford University Press.

United Nations Office for Disarmament Affairs (UNODA) (2024). Nuclear Weapons: Overview. Nueva York: Naciones Unidas.

Kristensen, H.M. y Korda, M. (2025). Global Nuclear Weapons Inventories, 2025. Bulletin of the Atomic Scientists.

Office of the Secretary of Defense (2024). Military and Security Developments Involving the People’s Republic of China 2024. Washington, D.C.: U.S. Department of Defense.


La solución de dos estados era en 1947, no ahora en el 2025: Israel vs Palestina, una guerra sin fin

I. El plan que quiso dividir una tierra: la propuesta de dos Estados (1947)

A finales de la Segunda Guerra Mundial, Palestina era un territorio bajo administración británica, conocido como el Mandato Británico de Palestina, establecido por la Sociedad de Naciones en 1922 tras la caída del Imperio Otomano. Allí convivían, con crecientes tensiones, dos pueblos que reclamaban la misma tierra: los árabes palestinos, mayoritarios, que llevaban generaciones habitando la región, y los judíos, cuya inmigración había aumentado desde las primeras décadas del siglo XX impulsada por el movimiento sionista. El sionismo, nacido en Europa en el siglo XIX, buscaba la creación de un hogar nacional judío en Palestina, alentado también por la Declaración Balfour de 1917, en la que el gobierno británico apoyaba esa idea. Tras el Holocausto, la tragedia del pueblo judío en Europa reavivó la presión internacional para establecer un Estado judío soberano. En ese contexto, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) heredó el conflicto cuando el Reino Unido anunció que abandonaría el mandato, incapaz de controlar la violencia entre comunidades. El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 181 (II), conocida como el Plan de Partición de Palestina, con 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones. La resolución proponía una solución tajante: dividir el territorio en dos Estados independientes, uno árabe y otro judío, con una zona internacionalizada en Jerusalén. Era un intento de conciliar dos nacionalismos enfrentados, pero su ejecución, como pronto demostrarían los hechos, encendió una guerra que cambiaría Oriente Medio para siempre.

El Estado judío propuesto por la ONU ocuparía alrededor del 55% del territorio total del Mandato. Estaría conformado por tres regiones principales: la franja costera del Mediterráneo desde Haifa hasta Rehovot —incluyendo Tel Aviv—; la región norte de Galilea alrededor del lago Tiberíades; y una amplia zona del desierto del Néguev, extendiéndose hasta el mar Rojo, donde más tarde surgiría el puerto israelí de Eilat. Dentro de esos límites vivirían cerca de 498.000 judíos y unos 407.000 árabes palestinos, lo que significaba que el nuevo Estado tendría una considerable minoría árabe. En el plano político, el Estado judío debía organizarse bajo un sistema democrático, garantizando igualdad de derechos y libertad religiosa a todas las comunidades. Para el movimiento sionista, aquel plan, aunque imperfecto y territorialmente fragmentado, representaba la concreción del sueño nacional judío, alimentado durante décadas y teñido por la tragedia reciente del genocidio nazi. Los líderes sionistas, encabezados por David Ben-Gurión, lo aceptaron con pragmatismo. Consideraban que, aunque el mapa asignado por la ONU era geográficamente incoherente —con zonas no contiguas y una frontera difícil de defender—, suponía la base legal y diplomática necesaria para proclamar un Estado propio y, con el tiempo, consolidarlo.

Por otro lado, el Estado árabe propuesto ocuparía el 45% restante del territorio. Abarcaría la región montañosa de Cisjordania, incluyendo las ciudades históricas de Hebrón, Nablus y Jenín; la Franja de Gaza y parte del litoral mediterráneo sur; y sectores rurales de Galilea oriental, cerca de la frontera con Siria. En ese Estado vivirían alrededor de 807.000 árabes palestinos y unos 10.000 judíos. Su diseño respondía a criterios demográficos —donde la población árabe era dominante—, aunque el resultado fue igualmente irregular y discontinuo, con enclaves separados por corredores judíos. El Estado árabe sería soberano y debía respetar los derechos de sus minorías judías, del mismo modo que el Estado judío haría con las árabes. Sin embargo, su creación estaba plagada de incertidumbres: no se definió una capital —se pensaba en Ramala, Nablus o Gaza—, ni un marco institucional claro, y el plan no especificaba cómo se resolvería la relación de los palestinos con los Estados árabes vecinos, especialmente Jordania y Egipto. Además, la ONU estableció que Jerusalén y Belén quedarían fuera de ambos Estados, convertidas en un “corpus separatum”, un territorio bajo administración internacional durante diez años, al cabo de los cuales sus habitantes decidirían su futuro mediante referéndum. La razón era evidente: Jerusalén era (y sigue siendo) un epicentro religioso mundial, sagrado para judíos, cristianos y musulmanes, y las Naciones Unidas querían preservarla de cualquier soberanía nacional directa.

II. Un mapa imposible y un rechazo que incendió la región (1948–1949)

El plan de la ONU, en teoría, ofrecía una solución equitativa. Pero en la práctica, era casi imposible de aplicar. La población judía representaba un tercio de los habitantes de Palestina, mientras que los árabes palestinos eran dos tercios, y el reparto daba más de la mitad del territorio al Estado judío. Para los árabes, aquello era un despojo. Los líderes palestinos y los gobiernos árabes lo rechazaron unánimemente, argumentando que la ONU no tenía derecho a dividir una tierra sin el consentimiento de sus habitantes mayoritarios. Desde su perspectiva, el plan premiaba a una minoría inmigrante y a un movimiento colonizador europeo en detrimento de un pueblo autóctono. Además, el proyecto implicaba la expulsión de cientos de miles de palestinos de áreas que pasarían a ser parte del Estado judío. En cambio, los dirigentes sionistas celebraron la decisión como un logro histórico, aunque sabían que no sería fácil hacerla realidad sin enfrentamientos. Apenas se aprobó la resolución, estalló la violencia: comenzó una guerra civil intercomunitaria entre milicias judías (como la Haganá, el Irgún y Lehi) y grupos árabes palestinos, apoyados por voluntarios de países vecinos. Entre diciembre de 1947 y mayo de 1948, el territorio se sumió en el caos. Pueblos mixtos se convirtieron en campos de batalla, y la población civil empezó a huir masivamente.

El 14 de mayo de 1948, un día antes de que expirara el mandato británico, David Ben-Gurión proclamó la independencia del Estado de Israel en Tel Aviv. Los británicos se retiraron sin intervenir. Al día siguiente, cinco ejércitos árabes —Egipto, Siria, Jordania, Líbano e Irak— invadieron el nuevo Estado, iniciando la Primera Guerra Árabe-Israelí. El conflicto duró hasta 1949 y tuvo consecuencias devastadoras. Israel, mejor organizado militarmente y con un liderazgo unificado, amplió sus fronteras más allá de lo asignado por la ONU, ocupando aproximadamente el 78% del territorio total del Mandato Británico. Las tropas jordanas tomaron el control de Cisjordania y Jerusalén oriental, mientras que Egipto ocupó la Franja de Gaza. El supuesto Estado árabe palestino quedó así desintegrado antes de nacer. Más de 700.000 palestinos fueron expulsados o huyeron durante la guerra, en lo que los árabes llaman la Nakba (“catástrofe”), y sus aldeas fueron destruidas o absorbidas por Israel. Jerusalén, que debía estar bajo control internacional, terminó dividida: el oeste bajo dominio israelí y el este bajo administración jordana. La resolución 181 quedó en los archivos de la ONU como un proyecto truncado.

A nivel diplomático, el resultado alteró por completo la geografía y la política de Oriente Medio. Israel fue reconocido rápidamente por Estados Unidos y la Unión Soviética, mientras que los países árabes se negaron a aceptar su existencia. La ONU trató de interceder con un mediador, el conde Folke Bernadotte, que propuso modificaciones al plan original y el retorno de los refugiados palestinos, pero fue asesinado en Jerusalén por extremistas judíos del grupo Lehi en 1948. En 1949 se firmaron los Acuerdos de Armisticio, que establecieron líneas de cese al fuego —no fronteras definitivas—, conocidas como las “líneas verdes”. Israel consolidó su control sobre la mayoría del territorio, mientras que Cisjordania quedó bajo soberanía jordana y Gaza bajo administración egipcia. El mapa resultante no correspondía ni al plan de la ONU ni a la promesa de un Estado palestino independiente. Desde entonces, el conflicto palestino-israelí ha girado en torno a ese vacío original: la no creación del Estado árabe palestino previsto en 1947. Lo que la ONU concibió como un equilibrio terminó siendo un desequilibrio permanente, generador de guerras sucesivas (1956, 1967, 1973) y de una cuestión de refugiados aún sin resolver.

III. El legado del plan y el conflicto irresuelto que definió el siglo

A más de setenta años del Plan de Partición, la propuesta de dos Estados sigue siendo la referencia fundamental —y al mismo tiempo la gran deuda histórica— del conflicto palestino-israelí. Aquella resolución de 1947 no sólo trazó un mapa; definió también los argumentos, las narrativas y las heridas que aún dividen la región. Para Israel, fue la base jurídica y moral de su existencia: un mandato internacional que legitimó su independencia y su ingreso a la comunidad de naciones. Para los palestinos, en cambio, fue el punto de partida de su desposesión nacional. Desde la Nakba de 1948 hasta hoy, la mayoría de los países árabes y gran parte del mundo han reclamado el cumplimiento de la parte olvidada del plan: la creación de un Estado palestino soberano. Sin embargo, la realidad política y territorial ha hecho esa meta cada vez más difícil. Tras la guerra de 1967, Israel ocupó Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, lo que convirtió a toda Palestina histórica —excepto Jordania— en territorio bajo control israelí. Décadas después, aunque los Acuerdos de Oslo de 1993 intentaron reactivar la idea de dos Estados, el mapa resultante muestra una fragmentación extrema: enclaves palestinos aislados, asentamientos israelíes en expansión y una división política entre la Autoridad Palestina en Cisjordania y Hamás en Gaza.

La Resolución 181 de la ONU, con su ingenuo optimismo de posguerra, imaginó dos Estados que coexistirían en paz bajo el amparo del derecho internacional. Lo que surgió fue lo opuesto: una serie de conflictos armados, ocupaciones y desplazamientos que convirtieron aquella promesa en una utopía lejana. Hoy, el territorio del Estado judío de 1947 se ha transformado en un país tecnológicamente avanzado y militarmente poderoso, mientras que el territorio árabe palestino original se halla fragmentado, bajo bloqueo o administración parcial, sin soberanía real. El “corpus separatum” de Jerusalén nunca se materializó: la ciudad fue reunificada por Israel en 1967 y proclamada su “capital eterna e indivisible”, aunque la comunidad internacional no reconoce esa anexión plenamente. La idea de dos Estados sigue viva en el discurso diplomático, pero sobre el terreno parece cada vez más irrealizable. Las fronteras de 1947, con sus líneas en zigzag y sus promesas de coexistencia, son hoy apenas un recordatorio de lo que pudo haber sido un arreglo temprano del conflicto.

El plan de partición de la ONU fue, en última instancia, un intento fallido de resolver con un mapa una disputa que era profundamente histórica, religiosa y emocional. Dividió una tierra sin dividir el conflicto, y ese conflicto se extendió durante más de siete décadas. Lo que comenzó como una resolución administrativa se convirtió en el origen de una de las crisis más duraderas del mundo moderno. Sin embargo, su espíritu —la idea de dos pueblos compartiendo una misma tierra bajo soberanías separadas— sigue siendo la base teórica de todas las iniciativas de paz hasta hoy. Cada nuevo acuerdo, cada negociación en Ginebra, Oslo o Doha, revive, con distintos nombres, la vieja Resolución 181. La historia del plan de partición no es sólo la de dos Estados que nunca coexistieron: es la historia de cómo la comunidad internacional intentó trazar con reglas diplomáticas los contornos de una fe, una memoria y un desarraigo. Y aunque el mapa de 1947 quedó obsoleto, el dilema que planteó —cómo hacer que dos pueblos compartan un mismo territorio sin destruirse mutuamente— sigue siendo el mismo que conmueve titulares, fronteras y conciencias hasta el presente.

Hamás o el fanatismo religioso

I. Orígenes y fundamentos ideológicos de Hamás (1987–2000)

Hamás (acrónimo de Harakat al-Muqawama al-Islamiya, o “Movimiento de Resistencia Islámica”) surgió oficialmente en diciembre de 1987, durante el estallido de la Primera Intifada palestina, una revuelta popular contra la ocupación israelí en Gaza y Cisjordania. Su fundador fue el jeque Ahmad Yasin, un clérigo y predicador palestino afiliado a los Hermanos Musulmanes (Ikhwan al-Muslimin), organización islámica nacida en Egipto en 1928. Mientras que la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat mantenía una ideología laica y nacionalista, Hamás se diferenció desde sus inicios por su enfoque islamista, considerando que la liberación de Palestina debía ir acompañada de la instauración de un Estado islámico regido por la sharía. Su Carta Fundacional de 1988 definía a Palestina como “una tierra islámica waqf” (inalienable) y rechazaba explícitamente la existencia de Israel, planteando la yihad (lucha) como deber religioso para liberar el territorio.

Durante los primeros años, Hamás combinó dos dimensiones: la asistencia social y la resistencia armada. En el plano social, desarrolló una amplia red de servicios —escuelas, clínicas, orfanatos, organizaciones benéficas y mezquitas— especialmente en la Franja de Gaza, donde el Estado palestino no existía y el control israelí era directo. Esta estructura le permitió ganar legitimidad popular frente a la corrupción y debilidad percibidas de la OLP. En el plano militar, fundó su brazo armado, las Brigadas Izz ad-Din al-Qassam, responsable de ataques contra soldados y colonos israelíes. Durante los años noventa, Hamás se convirtió en el principal opositor a los Acuerdos de Oslo (1993–1995) entre Israel y la OLP, que preveían la creación de una Autoridad Nacional Palestina (ANP) y negociaciones graduales hacia un Estado palestino. Hamás rechazó estos acuerdos, considerándolos una “traición” a la causa palestina. En represalia por Oslo y posteriores atentados suicidas, Israel comenzó una política de represión sistemática contra el movimiento, arrestando o asesinando a muchos de sus líderes, incluido el jeque Yasin en 2004, en un ataque aéreo. Pese a ello, Hamás sobrevivió y se consolidó como la principal fuerza islamista palestina.

II. De la legitimación política a la guerra interna palestina (2000–2014)

El comienzo de la Segunda Intifada (2000–2005) marcó una nueva etapa para Hamás. Con la frustración del proceso de Oslo, el colapso de las negociaciones de Camp David y la muerte de Yasser Arafat, muchos palestinos perdieron fe en la ANP y su partido dominante, Fatah. Hamás capitalizó ese descontento, presentándose como la alternativa incorruptible y resistente. Durante este periodo, el grupo intensificó los ataques suicidas dentro de Israel y lanzó cohetes desde Gaza, lo que aumentó su popularidad entre los sectores que consideraban la resistencia armada como el único medio eficaz. En paralelo, se fortaleció su aparato político y social, ampliando su influencia en Gaza. Tras la muerte de Arafat, y con la presión internacional por democratizar las instituciones palestinas, se celebraron las elecciones legislativas de 2006: contra todo pronóstico, Hamás obtuvo la mayoría absoluta (74 de 132 escaños), venciendo a Fatah. Su victoria fue interpretada como un voto de castigo al viejo liderazgo de la OLP y una señal del peso político creciente del islamismo palestino.

Sin embargo, la victoria electoral de Hamás generó una crisis inmediata. Israel, Estados Unidos y la Unión Europea, que consideran a Hamás una organización terrorista, boicotearon al nuevo gobierno, suspendiendo ayudas económicas y exigiendo tres condiciones: el reconocimiento del Estado de Israel, la renuncia a la violencia y la aceptación de los acuerdos previos firmados por la OLP. Hamás se negó. La tensión entre Hamás y Fatah escaló rápidamente, culminando en una guerra civil palestina en 2007, cuando Hamás tomó el control militar de la Franja de Gaza expulsando a las fuerzas leales a Fatah. Desde entonces, el sistema político palestino quedó dividido en dos entidades rivales: Gaza gobernada por Hamás y Cisjordania bajo la ANP de Fatah. Israel respondió con un bloqueo terrestre, marítimo y aéreo sobre Gaza, argumentando motivos de seguridad, pero generando una crisis humanitaria prolongada. En los años siguientes, se sucedieron varias guerras entre Israel y Hamás (2008–2009, 2012 y 2014), cada una con miles de muertos —principalmente civiles palestinos— y destrucción masiva en Gaza. Pese a las ofensivas israelíes, Hamás mantuvo el control político del enclave y logró reconstruir parte de su infraestructura militar mediante túneles, cohetes de fabricación casera y apoyo externo de países como Irán y Catar.

Durante este periodo, Hamás evolucionó estratégicamente. En 2011, en el contexto de la Primavera Árabe, trató de revisar su imagen internacional, mostrando disposición a aceptar un Estado palestino en las fronteras de 1967, sin reconocer formalmente a Israel. En 2017 publicó un nuevo documento político que suavizaba ciertos elementos de su carta fundacional original, presentándose como un movimiento de liberación nacional y no simplemente islamista global. Sin embargo, Israel y la comunidad internacional consideraron esos gestos insuficientes. La situación humanitaria en Gaza siguió deteriorándose: el desempleo superaba el 50%, la electricidad era intermitente, y el acceso a agua potable y medicinas era limitado. Hamás, pese a su discurso de resistencia, enfrentó crecientes críticas internas por autoritarismo y represión política.

III. Crisis, guerra y proceso de negociación (2014–2025)

Entre 2014 y 2020, Hamás se mantuvo como el poder de facto en Gaza, mientras intentaba equilibrar su autoridad interna con la presión de Israel y Egipto. Durante esos años, hubo varios intentos de reconciliación entre Hamás y Fatah, mediadas por Egipto y Catar, pero todos fracasaron. En 2018 comenzaron las Marchas del Retorno, protestas masivas en la frontera de Gaza exigiendo el fin del bloqueo y el derecho al retorno de los refugiados palestinos. Las fuerzas israelíes respondieron con fuego real, causando cientos de muertos. Aunque Hamás alentó estas movilizaciones, también buscó evitar una guerra abierta. No obstante, las hostilidades se reanudaron en mayo de 2021, cuando Hamás lanzó cohetes hacia Jerusalén tras enfrentamientos en la mezquita de Al-Aqsa; Israel respondió con bombardeos intensos. El ciclo de violencia reforzó la narrativa de Hamás como “defensor de Jerusalén”, aumentando su popularidad relativa incluso en Cisjordania.

El punto de inflexión llegó el 7 de octubre de 2023, cuando Hamás llevó a cabo el ataque más letal de la historia de Israel: miles de combatientes infiltraron el sur israelí, matando a más de 1.200 personas y tomando unos 250 rehenes. Israel declaró la guerra total contra Hamás, lanzando una ofensiva militar devastadora en Gaza. En cuestión de meses, el enclave quedó prácticamente destruido, con decenas de miles de muertos y más del 80% de la población desplazada. Hamás perdió gran parte de su infraestructura visible, pero sus dirigentes y estructuras clandestinas sobrevivieron. La guerra desató una crisis global sin precedentes, con acusaciones de crímenes de guerra a ambos lados y una presión internacional creciente para un alto el fuego y negociaciones políticas. En 2024 y 2025, mediadores de Catar, Egipto y Estados Unidos lograron acuerdos parciales de tregua y canje de rehenes. En enero de 2025 se firmó un acuerdo de alto el fuego en tres fases, que incluye intercambios de prisioneros, retirada progresiva israelí y reconstrucción humanitaria. Aunque el acuerdo no implica el reconocimiento mutuo ni la disolución de Hamás, ha marcado el primer avance diplomático sostenido en años.

Hoy, en 2025, Hamás sigue siendo un actor central y controvertido del conflicto. A pesar del enorme costo humano y material de la guerra, el movimiento terrorista ha mantenido cierta cohesión y apoyo popular entre sectores palestinos que lo ven como símbolo de resistencia frente a la ocupación. Sin embargo, enfrenta desafíos enormes: la reconstrucción de Gaza, el aislamiento político internacional, la pérdida de capacidad militar, y la necesidad de redefinir su papel en un escenario donde la comunidad internacional exige un liderazgo palestino unificado y moderado. Hamás se encuentra en una encrucijada histórica: o transforma su estructura en una fuerza política civil dispuesta a negociar dentro de un marco diplomático más amplio, o arriesga su desaparición gradual bajo la presión de Israel, de las potencias regionales y del propio pueblo palestino exhausto por décadas de guerra y bloqueo. En última instancia, la historia de Hamás refleja las contradicciones internas del nacionalismo palestino contemporáneo: entre fe y política, resistencia y gobernanza, identidad islámica y pragmatismo político.



Para entender lo de Palestina e Israel hay que acudir a la historia, el resto es demagogia.

Vivimos uno de tantos conflictos entre el mundo judío y el árabe. Unas guerras y odios que siempre, repito, siempre, van a darse. Hay que ser consciente de que no tiene solución. Veamos porque, para ello hay que recurrir a la historia.

Inicio del Estado de Israel

El 14 de mayo de 1948, en Tel Aviv, David Ben-Gurión proclamó oficialmente la independencia del Estado de Israel tras la retirada británica de Palestina y la expiración del Mandato de la Sociedad de Naciones, gestionado desde 1920 por el Reino Unido. La proclamación se realizó en un clima de enorme tensión política y militar, pues desde la votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947, que aprobó la resolución 181 de partición del territorio en un Estado judío y uno árabe, se había desencadenado una guerra civil entre las comunidades judía y árabe palestina en la que milicias, bandas armadas y fuerzas irregulares combatían por el control de ciudades, carreteras y enclaves estratégicos. Para los dirigentes sionistas, la independencia representaba la culminación de décadas de esfuerzo político y migratorio en busca de un hogar nacional seguro tras la experiencia del antisemitismo europeo y, de manera particular, después del trauma del Holocausto. Sin embargo, para los países árabes y para la población palestina, la proclamación de Israel fue percibida como una agresión y un despojo, al entender que la partición otorgaba una parte desproporcionada del territorio a una población minoritaria (los judíos representaban en ese momento aproximadamente un tercio de los habitantes de Palestina) y significaba la pérdida de tierras ancestrales. Así, apenas horas después del anuncio de independencia, comenzó una nueva fase del conflicto: la invasión por parte de cinco ejércitos regulares árabes (Egipto, Siria, Jordania, Irak y Líbano), a la que se sumaron contingentes palestinos y voluntarios de otros países musulmanes, con la intención explícita de impedir el nacimiento del Estado judío y de apoyar la creación de un Estado árabe en toda Palestina. Lo que siguió fue la primera guerra árabe-israelí, conocida en Israel como la Guerra de la Independencia y en el mundo árabe como la Nakba o "catástrofe", un conflicto que no solo definiría las fronteras iniciales del Estado israelí, sino que sentaría las bases de un antagonismo regional que se prolonga hasta nuestros días.

Desarrollo de la Guerra Árabe-Israelí

La guerra de 1948 se desarrolló en varias fases, cada una marcada por cambios en el equilibrio militar y en la disponibilidad de armamento. En un inicio, los combatientes judíos, organizados principalmente en la Haganá —una milicia de defensa creada durante el Mandato británico—, así como en grupos más radicales como el Irgún y Lehi, enfrentaban una seria desventaja en recursos frente a los ejércitos regulares árabes, que contaban con apoyo logístico de estados soberanos y con oficiales entrenados en academias militares. La Haganá apenas disponía de unas pocas decenas de cañones ligeros, armas automáticas limitadas y fusiles, muchos de ellos adquiridos en el mercado negro o de excedentes de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la creatividad y la determinación compensaron parcialmente esa desventaja. En los primeros meses, el objetivo de la comunidad judía fue asegurar las rutas de suministro entre las principales ciudades (especialmente hacia Jerusalén, sitiada por las fuerzas árabes), lo cual llevó a enfrentamientos en convoyes y a operaciones como la apertura de la llamada “carretera de Birmania”. El armamento fue incrementándose gracias a varias fuentes: por un lado, existía un flujo clandestino de armas provenientes de Checoslovaquia, que, con la anuencia de la Unión Soviética, vendió aviones Messerschmitt Bf 109 (versiones reconstruidas tras la guerra) y fusiles Mauser, junto con ametralladoras y municiones; por otro, se improvisaron talleres para la fabricación local de morteros y blindados ligeros caseros conocidos como “sandwich” por estar construidos con placas de acero y madera. Además, los pilotos judíos, muchos de ellos veteranos de la RAF o de la USAAF, lograron organizar una fuerza aérea embrionaria que entró en combate a mediados de 1948, cuando los árabes ya habían lanzado sus ofensivas. El momento crítico llegó con la primera invasión árabe en mayo: las fuerzas de Egipto avanzaron desde el sur hacia Tel Aviv y la zona del Negev, Siria y Líbano atacaron desde el norte, mientras que Jordania, bajo el mando de la Legión Árabe entrenada por oficiales británicos, se apoderó de Jerusalén oriental y de Cisjordania. Aunque en las primeras semanas los ejércitos árabes obtuvieron avances, el alto el fuego promovido por la ONU en junio permitió a Israel reorganizarse, recibir más armamento y reclutar de manera masiva, incluyendo a inmigrantes recién llegados que fueron incorporados a unidades de combate en cuestión de días. En la reanudación de los combates, entre julio y octubre, la balanza se inclinó a favor de Israel: operaciones como Dani, Dekel y Yoav permitieron capturar Lydda, Ramla, Galilea y el desierto del Negev. La Fuerza Aérea Israelí, con apenas una docena de aviones en funcionamiento, realizó bombardeos y misiones de apoyo que resultaron decisivos en contener las columnas blindadas egipcias. Al final de la guerra, que se prolongó hasta los armisticios de 1949, Israel no solo logró sobrevivir al ataque coordinado de cinco ejércitos, sino que expandió su territorio en un 22% más de lo que le otorgaba el plan de partición de la ONU, consolidando su soberanía en la mayor parte del antiguo Mandato británico.

Consecuencias para Palestina e Israel

Las consecuencias humanas, territoriales y políticas de la guerra de 1948 fueron profundas y marcaron la historia contemporánea de Oriente Próximo. En primer lugar, se produjo el éxodo de entre 700.000 y 750.000 palestinos, quienes abandonaron o fueron expulsados de sus aldeas y ciudades durante las hostilidades. Muchas localidades palestinas fueron despobladas, destruidas o repobladas por inmigrantes judíos, configurando un mapa demográfico completamente distinto al previo a la guerra. Para los palestinos, este desplazamiento forzoso se convirtió en el símbolo central de la Nakba, la catástrofe, y dio origen a una diáspora que hasta hoy mantiene viva la demanda del derecho al retorno. En paralelo, en los años siguientes, cerca de 800.000 judíos de países árabes fueron presionados o directamente expulsados de sus lugares de origen, lo que provocó una migración masiva hacia Israel, donde fueron absorbidos pese a la precariedad económica inicial. En el plano territorial, los armisticios de 1949 dejaron a Israel con el 78% de la Palestina histórica, mientras que Cisjordania y Jerusalén Este quedaron bajo control jordano y la Franja de Gaza bajo administración egipcia. La inexistencia de un Estado árabe palestino, como había propuesto la ONU, se convirtió en una de las raíces del conflicto árabe-israelí. Políticamente, Israel emergió con legitimidad internacional reforzada gracias al reconocimiento de Estados Unidos y la Unión Soviética, pero también con un entorno hostil: los países árabes se negaron a reconocerlo, lo que auguraba nuevas guerras en el futuro. En cuanto al plano militar, la experiencia de 1948 demostró que la supervivencia israelí dependía de la superioridad cualitativa más que cuantitativa, lo que llevó a los dirigentes a convertir la innovación tecnológica, el entrenamiento y la autosuficiencia militar en pilares de su estrategia de defensa. La combinación de armas de contrabando, inventiva local y la experiencia de combatientes formados en la Segunda Guerra Mundial fue clave para superar un desafío existencial en condiciones de inferioridad inicial. A partir de entonces, la historia de Israel y de la región quedó marcada por las secuelas de aquella guerra: la consolidación de un Estado judío en el corazón de Oriente Próximo, el desarraigo palestino, la fractura política regional y la certeza de que el conflicto estaba lejos de resolverse.

En cualquier caso, ¿Qué hubiera pasado si Palestina hubiera declarado su estado al igual que lo hizo Israel? Nunca lo sabremos, es historia ficción.....