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Daryl Dixon y la delirante geografía de España: un viaje al absurdo histórico

El segundo episodio de la tercera temporada de Daryl Dixon es, sin duda, una obra maestra… si el objetivo fuese demostrar hasta qué punto los guionistas estadounidenses desconocen la historia y geografía de España. Desde el primer minuto, el espectador se enfrenta a un collage geográfico imposible: Galicia, la región noroeste española, se ubica convenientemente “desde un pueblo de Segovia”. Este desliz espacial no es un accidente menor, sino la señal de una concepción del país que mezcla referencias históricas, culturales y geográficas con una libertad creativa que haría sonrojar a cualquier profesor de historia española.

La representación de Galicia es apenas un pretexto para desplegar un elenco de personajes igualmente delirantes. El alcalde, por ejemplo, parece extraído de una película sobre la Revolución Mexicana, con su sombrero de ala ancha, su bigote perfectamente peinado y su costumbre de gesticular dramáticamente cada vez que alguien pronuncia la palabra “cochino”. A eso unimos su heteropatriarcado y los tópicos -negrolegendarios- ya han quedado completamente actualizados. Y luego llegamos a la carrera de cochinillos, quizá la escena más icónica del episodio, donde los animales se convierten en jueces de un ritual que decidirá qué dama será entregada “El Alcázar”, un reducto que supuestamente alberga la monarquía hispánica. La idea de que la sucesión o el favor real pueda determinarse mediante la velocidad de un cochinillo es, por decirlo suavemente, una "reinterpretación creativa" de la tradición española. Alguien podría argumentar que es una metáfora sobre la arbitrariedad del poder, pero la evidencia empírica sugiere que se trata más bien de un ejemplo de cómo mezclar historia, geografía y zoología en un mismo escenario produce un resultado inverosímil, hilarante y ligeramente inquietante. A todo ello sumamos una vestimenta de los años 20-30 -como si después de una apocalipsis zombi en el SXXI no hubiera más que ropa de esa época-, da a la serie un toque de "descolocamiento" histórico.


El Alcázar, en esta lógica interna del episodio, se convierte en un símbolo sobre una monarquía -de nuevo negrolegendaria- que unifica la nación. La monarquía hispánica, que en la realidad ha sobrevivido siglos de guerras, reformas y constituciones, aquí se reduce a un objetivo narrativo que espera pacientes la llegada de la dama vencedora, con la solemnidad de un torneo de jardín de infantes. La simplificación es tal que uno no puede evitar preguntarse si los guionistas alguna vez consultaron un libro de historia de España, o si decidieron que “El Alcázar” sonaba lo suficientemente exótico y misterioso como para que el público promedio no cuestione la plausibilidad.

No menos delirante es la confusión entre regiones: Galicia y Segovia, que en la vida real están separadas por más de 600 kilómetros y por un clima completamente diferente, se presentan en el episodio como un mismo espacio geográfico, con algunas imágenes de patios que parecen más bien inspirados en el Álamo useño. España, en este caso, es un tablero de Monopoly donde los límites son flexibles y la geografía se ajusta a conveniencia dramática. Esta visión ignora montañas y ríos, pero, en el mundo de Daryl Dixon, estos detalles son simples accesorios para sostener la narrativa. La libertad creativa es encomiable, pero también genera escenas de una extrañeza que resulta difícil de olvidar. Uno puede reír, fruncir el ceño y preguntarse simultáneamente si está viendo un episodio de drama postapocalíptico o una versión televisiva de La Historia de España para Dummies.

El episodio también juega con el absurdo al combinar elementos de distintas épocas. La carrera de cochinillos parece inspirada en rituales medievales, el alcalde parece extraído de la revolución mexicana y “El Alcázar” evoca una monarquía hispánica que jamás existió. El resultado es un batiburrillo temporal que desafía cualquier noción de continuidad histórica. En la serie conviven siglos y símbolos de manera arbitraria, sin transición, como si el tiempo fuera un recurso maleable al servicio del guion. La coherencia histórica se sacrifica en favor del espectáculo y del humor involuntario, y el espectador queda atrapado en un limbo donde Galicia puede estar a un tiro de Segovia y un cochinillo puede decidir el destino de una dama frente a un palacio real. 

La ironía se profundiza cuando consideramos la intención dramática del episodio. En teoría, la trama debería transmitir tensión, peligro y la sensación de supervivencia extrema característica de Daryl Dixon. En la práctica, lo que prevalece es la fascinación por el absurdo, por un guion que parece decir “¿qué pasa si ignoramos todos los hechos históricos y geográficos? ¿qué tan extraño podemos hacerlo antes de que el espectador deje de seguirnos?”. La respuesta es que se puede llegar bastante lejos: el episodio logra entretener, sí, pero también provoca incredulidad y risas involuntarias, en un equilibrio precario entre la tensión dramática y la comedia surrealista.

En definitiva, el segundo episodio de la tercera temporada de Daryl Dixon ofrece una lección involuntaria sobre cómo no escribir España en la televisión estadounidense. Desde la ubicación errónea de Galicia hasta alcaldes sacados de la revolución Mejicana y carreras de cochinillos que deciden el destino de la monarquía hispánica. Todo parece diseñado para un público que no conoce la historia ni la geografía del país. Y, sin embargo, la extravagancia tiene un encanto propio: aunque los historiadores y geógrafos puedan gritar de indignación, los espectadores quedan atrapados en un relato que mezcla absurdo, tensión y curiosidad. Si quieres re-imaginar España desde un guion estadounidense, olvida mapas, historia y lógica temporal; confía en la imaginación desbordante, los cochinillos veloces y la libertad absoluta del absurdo.

Dos obras literarias fundamentales del siglo XIX

De la lectura del ensayo de Juan Soto Ivars "La casa del ahorcado" extraemos dos libros fundamentales para entender los límites que deberían tener la ciencia y cualquier forma de explotación entre los hombres. Según Juan Soto Ivars serían:

Frankenstein o el moderno Prometeo – Mary Shelley (1818)

La novela “Frankenstein o el moderno Prometeo”, escrita por Mary Shelley cuando apenas tenía diecinueve años, narra la trágica historia del joven científico Víctor Frankenstein, quien, movido por una ambición desmedida de conocimiento, logra dar vida a un ser formado con restos humanos. Sin embargo, al contemplar su creación —de aspecto monstruoso y espíritu sensible—, la rechaza horrorizado, desencadenando una cadena de sufrimiento y venganza. La criatura, abandonada y sola, busca comprensión y amor, pero al ser rechazada por todos, se convierte en instrumento del dolor que la engendró. A través de esta historia, Shelley reflexiona sobre los límites de la ciencia, la responsabilidad moral del creador y el anhelo humano de trascender la muerte. La novela combina elementos góticos y románticos, explorando temas como la soledad, el poder del conocimiento y la deshumanización causada por la falta de empatía. “Frankenstein” es, más allá de su aspecto terrorífico, una profunda meditación sobre la condición humana, donde el verdadero monstruo no es la criatura, sino la incapacidad del hombre para asumir las consecuencias de sus actos.

El corazón de las tinieblas – Joseph Conrad (1899)

En “El corazón de las tinieblas”, Joseph Conrad relata el viaje del marinero Marlow por el río Congo en busca de Kurtz, un enigmático agente comercial de una compañía colonial que ha caído bajo la influencia corruptora del poder y del aislamiento. A medida que Marlow se adentra en la selva africana, se sumerge también en una exploración simbólica del alma humana, donde la civilización europea revela su propio salvajismo. Conrad utiliza el viaje físico como metáfora del descenso a las sombras de la mente y la moral, denunciando el imperialismo y la hipocresía del progreso occidental. La obra, escrita con un lenguaje denso y evocador, plantea una visión ambigua del ser humano: en el corazón de las tinieblas externas —la selva, lo desconocido— late una oscuridad interior aún más profunda. Kurtz, que pronuncia la célebre frase “¡El horror! ¡El horror!”, encarna el colapso de la razón y de los ideales civilizados ante la brutalidad del instinto. Con su estilo simbólico y su estructura enmarcada, Conrad crea una obra fundamental del modernismo literario, donde el viaje se transforma en una inquietante reflexión sobre la corrupción, el poder y la fragilidad moral del hombre.

Dos obras fundamentales del S.XIX, llevadas al cine de forma magistral por James Whale y Francis Ford Copolla.

Cielo de Medianoche (2020) de George Clooney: una historia que no convence

Hoy quiero detenerme en Cielo de medianoche (The Midnight Sky, 2020), una de las películas más ambiciosas dirigidas e interpretadas por George Clooney. Se trata de la adaptación de la novela Good Morning, Midnight de Lily Brooks-Dalton (2016), un relato de ciencia ficción intimista que Clooney transformó en una mezcla de drama postapocalíptico, cine de catástrofes y aventura espacial, con un evidente trasfondo paternofilial. Estrenada en Netflix en plena pandemia, la película buscaba ser un gran evento cinematográfico en el streaming, aunque su resultado generó debate entre la crítica y el público.

La trama se sitúa en el año 2049, cuando un cataclismo ambiental ha vuelto inhabitable la Tierra. Augustine Lofthouse (Clooney), un astrónomo enfermo y en estado terminal, permanece en una base científica del Ártico mientras sus compañeros abandonan el lugar para pasar sus últimos días con sus familias. Solo, y marcado por el arrepentimiento, descubre que una nave espacial —la Aether K-23— regresa de una misión de exploración en un satélite de Júpiter potencialmente habitable. Los astronautas ignoran que la Tierra es ya un páramo tóxico y Augustine asume la misión de advertirles, aunque su delicada salud y la hostilidad del entorno lo convierten en una carrera contrarreloj.

La película alterna esta odisea ártica con el viaje espacial de la tripulación de la Aether, en el que Clooney ofrece algunas de sus mejores secuencias como director: una puesta en escena elegante, con el impecable trabajo de fotografía de Martin Ruhe y un despliegue visual que recuerda a Gravity (no casualmente, Clooney ya había orbitado con Alfonso Cuarón en 2013). Sin embargo, la narrativa se resiente con flashbacks poco convincentes —incluido un joven Augustine que carece de fuerza dramática— y un giro que desvela que la niña que acompaña al protagonista es en realidad una proyección de su propia hija en la infancia. El recurso, lejos de conmover, acaba rozando la trampa narrativa.

Lo más interesante de Cielo de medianoche es su voluntad de unir lo cósmico con lo íntimo: una historia sobre la soledad, la redención y el legado paterno en un planeta condenado. No obstante, Clooney intenta abarcar demasiado: crítica ecológica, reflexión existencial, romance perdido, ciencia ficción dura y melodrama familiar. El resultado es irregular, con un desenlace excesivamente complaciente que resta fuerza a la propuesta. Aun así, la partitura de Alexandre Desplat aporta emoción contenida, y Clooney confirma que, incluso con altibajos, es un director con personalidad y sensibilidad visual. El problema no es tanto su talento, sino haber querido reunir en una sola película demasiados mundos en colisión.

¿Por qué hay que leer a Stephen King?

Stephen King nació el 21 de septiembre de 1947 en Portland, Maine, y desde muy joven mostró una fascinación por las historias y la escritura. Creció en un entorno humilde, marcado por la separación de sus padres y la necesidad de encontrar consuelo en los libros y las historias que devoraba sin descanso. Su pasión por contar relatos se consolidó en la universidad, donde estudió inglés y comenzó a publicar cuentos en revistas locales. Con el tiempo, King se convirtió en uno de los autores más prolíficos y reconocidos del mundo contemporáneo, con más de 60 novelas y más de 200 relatos cortos traducidos a múltiples idiomas. Lo que distingue a Stephen King no es solo su capacidad de generar suspense, sino su extraordinaria habilidad para explorar la naturaleza humana, los miedos más profundos y las complejidades de la vida cotidiana, todo dentro de tramas apasionantes y absorbentes.

El estilo de Stephen King es único por varias razones. Primero, combina el terror y lo sobrenatural con lo cotidiano, haciendo que sus historias sean aterradoramente creíbles. No se limita a sustos gratuitos: sus personajes son complejos, creíbles y están profundamente humanos. Además, su narrativa es fluida, directa y emocional, lo que permite al lector sumergirse en la historia casi sin darse cuenta. King tiene la habilidad de equilibrar el suspense con el desarrollo de personajes, creando una experiencia lectora completa. Sus libros pueden atraer tanto a aficionados del terror como a quienes disfrutan de una buena historia sobre la vida, las relaciones humanas o la resiliencia frente a circunstancias extremas. Por ello, aunque muchos lo etiqueten como “autor de terror”, Stephen King también es ideal para lectores que buscan historias intensas, personajes memorables y una prosa envolvente que no se limita al miedo, sino que explora la condición humana.

Si estás empezando a explorar el universo de Stephen King, hay algunas obras esenciales que no puedes perderte. “It” es un ejemplo icónico: una novela que mezcla terror, nostalgia y una exploración profunda de la amistad, la infancia y los miedos que nos acompañan hasta la adultez. Por otro lado, “The Shining” (El Resplandor, en español) es un clásico que combina horror psicológico con un estudio fascinante de la locura, la familia y la influencia del entorno en nuestra mente. Ambos libros muestran la maestría de King para construir tensión, desarrollar personajes y crear atmósferas inolvidables. Para quienes buscan algo más accesible o menos extenso, “Carrie” o “Misery” son también excelentes puertas de entrada a su obra, demostrando que incluso sus novelas más cortas tienen la intensidad y profundidad que caracterizan su estilo.

En definitiva, leer a Stephen King no solo es adentrarse en el mundo del terror y lo sobrenatural: es explorar la vida a través del prisma de sus personajes, sentir emociones intensas y reflexionar sobre los miedos y desafíos universales. Es una experiencia que combina entretenimiento con introspección, y que, una vez probada, difícilmente se olvida. Por eso, si aún no has leído nada de este autor, tu biblioteca debería tener al menos una obra suya, porque Stephen King no solo escribe historias, sino que nos enseña a mirar la vida con ojos más atentos, imaginativos y, a veces, un poco aterrorizados.