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Las cinco mejores películas de ciencia-ficción del S. XXI para ChatGPT

Hijo de los hombres (Children of Men, 2006)

Director: Alfonso Cuarón

Ambientada en un futuro cercano, la humanidad se enfrenta a una crisis sin precedentes: han pasado casi dos décadas desde el nacimiento del último niño y nadie sabe por qué las personas han dejado de ser fértiles. Mientras la sociedad se desmorona entre guerras, autoritarismo y crisis migratorias, Theo Faron, un antiguo activista convertido en funcionario desencantado, recibe la misión de ayudar a una joven refugiada cuyo destino podría cambiar el futuro de la humanidad. La película combina acción, drama y ciencia ficción para reflexionar sobre la esperanza, el miedo, la inmigración y la capacidad de las personas para conservar la humanidad en tiempos de desesperación.

La llegada (Arrival, 2016)

Director: Denis Villeneuve

Doce enormes naves extraterrestres aparecen simultáneamente en distintos puntos del planeta. Para evitar un conflicto internacional y comprender las intenciones de los visitantes, el ejército estadounidense recluta a Louise Banks, una prestigiosa lingüista, y al físico Ian Donnelly. A medida que Louise intenta descifrar el complejo lenguaje de los extraterrestres, descubre que la comunicación puede alterar la forma en que los seres humanos entienden el tiempo y la realidad. Más que una historia de invasiones alienígenas, es una película sobre el lenguaje, la memoria, las decisiones y el valor de la experiencia humana.

Moon (2009)

Director: Duncan Jones

Sam Bell trabaja completamente solo en una base minera situada en la Luna, donde supervisa la extracción de un recurso energético esencial para la Tierra. Su contrato dura tres años y está a pocos días de finalizar, acompañado únicamente por un ordenador de inteligencia artificial llamado GERTY. Tras un accidente, Sam comienza a descubrir que las cosas en la base no son exactamente como creía y empieza a cuestionarse quién es realmente y cuál ha sido el verdadero propósito de su misión. Es una película íntima de ciencia ficción que explora la identidad, la soledad, la ética empresarial y la naturaleza de la conciencia.

Blade Runner 2049 (2017)

Director: Denis Villeneuve

Treinta años después de los acontecimientos de Blade Runner, el agente K, un blade runner encargado de localizar y retirar replicantes ilegales, descubre una pista que podría alterar profundamente el equilibrio entre humanos y replicantes. Su investigación lo lleva a buscar a Rick Deckard, desaparecido desde hace décadas, mientras va descubriendo secretos relacionados con el origen y el futuro de los seres artificiales. Visualmente espectacular y de ritmo pausado, la película desarrolla temas como la identidad, la memoria, la libertad, el alma y el significado de ser humano.

Ex Machina (2014)

Director: Alex Garland

Caleb, un joven programador, gana un concurso para pasar unos días en la aislada residencia de Nathan, el brillante y excéntrico fundador de una poderosa empresa tecnológica. Allí descubre que ha sido elegido para participar en un experimento extraordinario: evaluar la inteligencia y la conciencia de Ava, un robot humanoide dotado de una sofisticada inteligencia artificial. A medida que Caleb interactúa con Ava, las relaciones entre los tres personajes se vuelven cada vez más complejas y ambiguas, planteando preguntas sobre la conciencia, la manipulación, el poder y los límites de la inteligencia artificial.

En conjunto

  • Hijo de los hombres: el colapso social y la esperanza.

  • La llegada: el lenguaje, el tiempo y la comunicación.

  • Moon: la identidad y la ética de la tecnología.

  • Blade Runner 2049: qué significa ser humano.

  • Ex Machina: la inteligencia artificial, la conciencia y la manipulación.

Horizonte Final (1997): viaje al infierno

Hace poco ha fallecido el magnífico actor Sam Neill. Participó en numerosas películas, pero tal vez esta sea una de las menos conocidas: Horizonte Final (1997). Fue dirigida por Paul W. S. Anderson y escrita por Philip Eisner, es un largometraje británico-estadounidense de ciencia ficción y terror producido por Paramount Pictures. Con un presupuesto estimado de 60 millones de dólares, la producción destaca por su ambicioso diseño de producción a cargo de Philip Harrison y una banda sonora vanguardista que fusionó la música orquestal de Michael Kamen con la electrónica de la banda Orbital. El rodaje se llevó a cabo en los históricos escenarios de Pinewood Studios en el Reino Unido, recurriendo a complejos efectos visuales prácticos y digitales para recrear la imponente silueta de la nave Event Horizon. A pesar de que la productora impuso un drástico recorte en el montaje final debido a la crudeza de sus imágenes, la cinta logró consolidar una atmósfera técnica impecable que envejeció como un referente de culto.

La verdadera innovación de la película radicó en su capacidad para romper los moldes de la ciencia ficción de la época, dejando de lado las amenazas biológicas extraterrestres para adentrarse en el terror gótico y el horror cósmico. En lugar de explorar un universo racional y científico, el guion utiliza la teoría del viaje a través de agujeros de gusano para conectar la tecnología humana con una dimensión de caos absoluto e incomprensible, fuertemente inspirada en la literatura de H.P. Lovecraft. Esta hibridación se materializa en una nave con consciencia propia y un diseño de interiores que evoca una catedral medieval, demostrando con audacia que el vacío del espacio exterior podía ser el escenario perfecto para escenificar los miedos más profundos, espirituales y psicológicos de la humanidad. Una obra imprescindible e incomprendida en su época.

Crónicas Marcianas de Ray Bradbury: historias profundamente humanas ambientadas en Marte

Ray Bradbury (1920-2012) fue uno de los grandes renovadores de la literatura fantástica y de ciencia ficción del siglo XX. Aunque es recordado por su capacidad para imaginar futuros y mundos lejanos, su verdadera fortaleza residía en utilizar esos escenarios como metáforas para explorar las emociones humanas. En Crónicas marcianas, Marte no es tanto un planeta por conquistar como un espejo en el que se reflejan los deseos, los miedos y las contradicciones de la humanidad. En este sentido, Bradbury trasciende los límites del género para adentrarse en cuestiones universales como la memoria, la soledad o el duelo.

Uno de los relatos más conmovedores de la obra es "El Marciano", donde Bradbury despliega una extraordinaria fuerza psicológica. El protagonista no es simplemente un ser extraterrestre capaz de adoptar la apariencia de diferentes humanos, incluidos los seres queridos fallecidos, sino que demuestra la necesidad humana de aferrarse a aquello que se ha perdido. Cada personaje proyecta sobre el marciano sus propios recuerdos y anhelos, convirtiéndolo en la encarnación de un duelo que nunca llegó a cerrarse. El autor muestra con enorme sensibilidad cómo el dolor puede ser tan intenso que incluso una ilusión resulta preferible a la aceptación definitiva de la muerte. La tensión del relato nace precisamente de que los personajes, en algún nivel, comprenden que aquello no puede ser real, pero deciden abrazar el engaño porque les permite volver a experimentar, aunque sea por un instante, el amor y la compañía de quienes ya no están. La grandeza del relato reside en que Bradbury evita juzgar esa elección. En lugar de presentar el autoengaño como una debilidad, lo muestra como una respuesta profundamente humana frente a una pérdida. La mentira no elimina el sufrimiento, pero lo hace soportable, revelando que el consuelo emocional puede imponerse a la razón. Así, "El Marciano" se convierte en una de las reflexiones más intensas de Crónicas marcianas sobre el poder de la memoria y la necesidad de preservar el vínculo con los seres queridos, incluso cuando sabemos que solo sobrevive en nuestros recuerdos.

Películas ochenteras incomprendidas en su día

Ojos asesinos (Looker, 1981) – Dir. Michael Crichton. Thriller de ciencia ficción sobre modelos sustituidas por réplicas digitales y el uso de tecnología para manipular la percepción. Una obra sorprendentemente visionaria sobre la inteligencia artificial y la imagen virtual.

Proyecto Brainstorm (Brainstorm, 1983) – Dir. Douglas Trumbull. Un grupo de científicos desarrolla un dispositivo capaz de grabar y reproducir experiencias humanas. Recordada por sus innovadores efectos visuales y por ser la última película de Natalie Wood.

Enemigo mío (Enemy Mine, 1985) – Dir. Wolfgang Petersen. Dos enemigos de especies distintas quedan atrapados en un planeta hostil y aprenden a superar sus prejuicios para sobrevivir. Un emotivo alegato sobre la tolerancia y la amistad.

Oculto (The Hidden, 1987) – Dir. Jack Sholder. Un policía y un agente del FBI persiguen a un parásito extraterrestre que cambia de cuerpo constantemente. Mezcla acción, terror y ciencia ficción con un ritmo frenético.

Alien Nation (Alien Nation, 1988) – Dir. Graham Baker. En un mundo donde extraterrestres conviven con los humanos, un detective debe trabajar junto a un compañero alienígena. Una inteligente metáfora sobre el racismo y la integración.

D.A.R.Y.L. (D.A.R.Y.L., 1985) – Dir. Simon Wincer. Un niño con habilidades extraordinarias resulta ser un experimento militar. Ciencia ficción familiar que reflexiona sobre la identidad y las emociones frente a la tecnología.

La muerte en directo (Death Watch, 1980) – Dir. Bertrand Tavernier. En una sociedad obsesionada con los medios, un periodista graba en secreto los últimos días de una mujer moribunda. Una crítica anticipada al voyeurismo televisivo.

La furia del viento (Slipstream, 1989) – Dir. Steven Lisberger. En un futuro devastado por el colapso climático, unos cazadores de recompensas persiguen a un misterioso androide. Destaca por su atmósfera melancólica y su espectacular ambientación.

La noche del cometa (Night of the Comet, 1984) – Dir. Thom Eberhardt. Tras el paso de un cometa, dos adolescentes deben sobrevivir en un mundo casi despoblado. Combina humor, terror y ciencia ficción con un inconfundible sabor ochentero.

El aparecido (The Wraith, 1986) – Dir. Mike Marvin. Un misterioso conductor regresa del más allá para vengarse de una banda de criminales. Una singular mezcla de cine de coches, acción sobrenatural y ciencia ficción.

En algún lugar del tiempo (Somewhere in Time, 1980) – Dir. Jeannot Szwarc. Un dramaturgo viaja mentalmente al pasado para reencontrarse con la mujer de la que se ha enamorado a través de un retrato. Un clásico romántico con elementos fantásticos.

Las aventuras de Buckaroo Banzai (The Adventures of Buckaroo Banzai Across the 8th Dimension, 1984) – Dir. W. D. Richter. Un científico, músico y aventurero combate una invasión procedente de otra dimensión. Su imaginación desbordante la convirtió en una película de culto.

Milagro en la calle 8 (Batteries Not Included, 1987) – Dir. Matthew Robbins. Un grupo de diminutas naves extraterrestres ayuda a los vecinos de un edificio amenazado por la especulación inmobiliaria. Una entrañable fábula producida por Amblin Entertainment.

Atmósfera cero (Outland, 1981) – Dir. Peter Hyams. Un marshal investiga una conspiración en una colonia minera de Ío, la luna de Júpiter. Un sólido wéstern espacial protagonizado por Sean Connery que traslada el espíritu de Solo ante el peligro al espacio.

Daryl Dixon y la delirante geografía de España: un viaje al absurdo histórico

El segundo episodio de la tercera temporada de Daryl Dixon es, sin duda, una obra maestra… si el objetivo fuese demostrar hasta qué punto los guionistas estadounidenses desconocen la historia y geografía de España. Desde el primer minuto, el espectador se enfrenta a un collage geográfico imposible: Galicia, la región noroeste española, se ubica convenientemente “desde un pueblo de Segovia”. Este desliz espacial no es un accidente menor, sino la señal de una concepción del país que mezcla referencias históricas, culturales y geográficas con una libertad creativa que haría sonrojar a cualquier profesor de historia española.

La representación de Galicia es apenas un pretexto para desplegar un elenco de personajes igualmente delirantes. El alcalde, por ejemplo, parece extraído de una película sobre la Revolución Mexicana, con su sombrero de ala ancha, su bigote perfectamente peinado y su costumbre de gesticular dramáticamente cada vez que alguien pronuncia la palabra “cochino”. A eso unimos su heteropatriarcado y los tópicos -negrolegendarios- ya han quedado completamente actualizados. Y luego llegamos a la carrera de cochinillos, quizá la escena más icónica del episodio, donde los animales se convierten en jueces de un ritual que decidirá qué dama será entregada “El Alcázar”, un reducto que supuestamente alberga la monarquía hispánica. La idea de que la sucesión o el favor real pueda determinarse mediante la velocidad de un cochinillo es, por decirlo suavemente, una "reinterpretación creativa" de la tradición española. Alguien podría argumentar que es una metáfora sobre la arbitrariedad del poder, pero la evidencia empírica sugiere que se trata más bien de un ejemplo de cómo mezclar historia, geografía y zoología en un mismo escenario produce un resultado inverosímil, hilarante y ligeramente inquietante. A todo ello sumamos una vestimenta de los años 20-30 -como si después de una apocalipsis zombi en el SXXI no hubiera más que ropa de esa época-, da a la serie un toque de "descolocamiento" histórico.


El Alcázar, en esta lógica interna del episodio, se convierte en un símbolo sobre una monarquía -de nuevo negrolegendaria- que unifica la nación. La monarquía hispánica, que en la realidad ha sobrevivido siglos de guerras, reformas y constituciones, aquí se reduce a un objetivo narrativo que espera pacientes la llegada de la dama vencedora, con la solemnidad de un torneo de jardín de infantes. La simplificación es tal que uno no puede evitar preguntarse si los guionistas alguna vez consultaron un libro de historia de España, o si decidieron que “El Alcázar” sonaba lo suficientemente exótico y misterioso como para que el público promedio no cuestione la plausibilidad.

No menos delirante es la confusión entre regiones: Galicia y Segovia, que en la vida real están separadas por más de 600 kilómetros y por un clima completamente diferente, se presentan en el episodio como un mismo espacio geográfico, con algunas imágenes de patios que parecen más bien inspirados en el Álamo useño. España, en este caso, es un tablero de Monopoly donde los límites son flexibles y la geografía se ajusta a conveniencia dramática. Esta visión ignora montañas y ríos, pero, en el mundo de Daryl Dixon, estos detalles son simples accesorios para sostener la narrativa. La libertad creativa es encomiable, pero también genera escenas de una extrañeza que resulta difícil de olvidar. Uno puede reír, fruncir el ceño y preguntarse simultáneamente si está viendo un episodio de drama postapocalíptico o una versión televisiva de La Historia de España para Dummies.

El episodio también juega con el absurdo al combinar elementos de distintas épocas. La carrera de cochinillos parece inspirada en rituales medievales, el alcalde parece extraído de la revolución mexicana y “El Alcázar” evoca una monarquía hispánica que jamás existió. El resultado es un batiburrillo temporal que desafía cualquier noción de continuidad histórica. En la serie conviven siglos y símbolos de manera arbitraria, sin transición, como si el tiempo fuera un recurso maleable al servicio del guion. La coherencia histórica se sacrifica en favor del espectáculo y del humor involuntario, y el espectador queda atrapado en un limbo donde Galicia puede estar a un tiro de Segovia y un cochinillo puede decidir el destino de una dama frente a un palacio real. 

La ironía se profundiza cuando consideramos la intención dramática del episodio. En teoría, la trama debería transmitir tensión, peligro y la sensación de supervivencia extrema característica de Daryl Dixon. En la práctica, lo que prevalece es la fascinación por el absurdo, por un guion que parece decir “¿qué pasa si ignoramos todos los hechos históricos y geográficos? ¿qué tan extraño podemos hacerlo antes de que el espectador deje de seguirnos?”. La respuesta es que se puede llegar bastante lejos: el episodio logra entretener, sí, pero también provoca incredulidad y risas involuntarias, en un equilibrio precario entre la tensión dramática y la comedia surrealista.

En definitiva, el segundo episodio de la tercera temporada de Daryl Dixon ofrece una lección involuntaria sobre cómo no escribir España en la televisión estadounidense. Desde la ubicación errónea de Galicia hasta alcaldes sacados de la revolución Mejicana y carreras de cochinillos que deciden el destino de la monarquía hispánica. Todo parece diseñado para un público que no conoce la historia ni la geografía del país. Y, sin embargo, la extravagancia tiene un encanto propio: aunque los historiadores y geógrafos puedan gritar de indignación, los espectadores quedan atrapados en un relato que mezcla absurdo, tensión y curiosidad. Si quieres re-imaginar España desde un guion estadounidense, olvida mapas, historia y lógica temporal; confía en la imaginación desbordante, los cochinillos veloces y la libertad absoluta del absurdo.

Dos obras literarias fundamentales del siglo XIX

De la lectura del ensayo de Juan Soto Ivars "La casa del ahorcado" extraemos dos libros fundamentales para entender los límites que deberían tener la ciencia y cualquier forma de explotación entre los hombres. Según Juan Soto Ivars serían:

Frankenstein o el moderno Prometeo – Mary Shelley (1818)

La novela “Frankenstein o el moderno Prometeo”, escrita por Mary Shelley cuando apenas tenía diecinueve años, narra la trágica historia del joven científico Víctor Frankenstein, quien, movido por una ambición desmedida de conocimiento, logra dar vida a un ser formado con restos humanos. Sin embargo, al contemplar su creación —de aspecto monstruoso y espíritu sensible—, la rechaza horrorizado, desencadenando una cadena de sufrimiento y venganza. La criatura, abandonada y sola, busca comprensión y amor, pero al ser rechazada por todos, se convierte en instrumento del dolor que la engendró. A través de esta historia, Shelley reflexiona sobre los límites de la ciencia, la responsabilidad moral del creador y el anhelo humano de trascender la muerte. La novela combina elementos góticos y románticos, explorando temas como la soledad, el poder del conocimiento y la deshumanización causada por la falta de empatía. “Frankenstein” es, más allá de su aspecto terrorífico, una profunda meditación sobre la condición humana, donde el verdadero monstruo no es la criatura, sino la incapacidad del hombre para asumir las consecuencias de sus actos.

El corazón de las tinieblas – Joseph Conrad (1899)

En “El corazón de las tinieblas”, Joseph Conrad relata el viaje del marinero Marlow por el río Congo en busca de Kurtz, un enigmático agente comercial de una compañía colonial que ha caído bajo la influencia corruptora del poder y del aislamiento. A medida que Marlow se adentra en la selva africana, se sumerge también en una exploración simbólica del alma humana, donde la civilización europea revela su propio salvajismo. Conrad utiliza el viaje físico como metáfora del descenso a las sombras de la mente y la moral, denunciando el imperialismo y la hipocresía del progreso occidental. La obra, escrita con un lenguaje denso y evocador, plantea una visión ambigua del ser humano: en el corazón de las tinieblas externas —la selva, lo desconocido— late una oscuridad interior aún más profunda. Kurtz, que pronuncia la célebre frase “¡El horror! ¡El horror!”, encarna el colapso de la razón y de los ideales civilizados ante la brutalidad del instinto. Con su estilo simbólico y su estructura enmarcada, Conrad crea una obra fundamental del modernismo literario, donde el viaje se transforma en una inquietante reflexión sobre la corrupción, el poder y la fragilidad moral del hombre.

Dos obras fundamentales del S.XIX, llevadas al cine de forma magistral por James Whale y Francis Ford Copolla.

Cielo de Medianoche (2020) de George Clooney: una historia que no convence

Hoy quiero detenerme en Cielo de medianoche (The Midnight Sky, 2020), una de las películas más ambiciosas dirigidas e interpretadas por George Clooney. Se trata de la adaptación de la novela Good Morning, Midnight de Lily Brooks-Dalton (2016), un relato de ciencia ficción intimista que Clooney transformó en una mezcla de drama postapocalíptico, cine de catástrofes y aventura espacial, con un evidente trasfondo paternofilial. Estrenada en Netflix en plena pandemia, la película buscaba ser un gran evento cinematográfico en el streaming, aunque su resultado generó debate entre la crítica y el público.

La trama se sitúa en el año 2049, cuando un cataclismo ambiental ha vuelto inhabitable la Tierra. Augustine Lofthouse (Clooney), un astrónomo enfermo y en estado terminal, permanece en una base científica del Ártico mientras sus compañeros abandonan el lugar para pasar sus últimos días con sus familias. Solo, y marcado por el arrepentimiento, descubre que una nave espacial —la Aether K-23— regresa de una misión de exploración en un satélite de Júpiter potencialmente habitable. Los astronautas ignoran que la Tierra es ya un páramo tóxico y Augustine asume la misión de advertirles, aunque su delicada salud y la hostilidad del entorno lo convierten en una carrera contrarreloj.

La película alterna esta odisea ártica con el viaje espacial de la tripulación de la Aether, en el que Clooney ofrece algunas de sus mejores secuencias como director: una puesta en escena elegante, con el impecable trabajo de fotografía de Martin Ruhe y un despliegue visual que recuerda a Gravity (no casualmente, Clooney ya había orbitado con Alfonso Cuarón en 2013). Sin embargo, la narrativa se resiente con flashbacks poco convincentes —incluido un joven Augustine que carece de fuerza dramática— y un giro que desvela que la niña que acompaña al protagonista es en realidad una proyección de su propia hija en la infancia. El recurso, lejos de conmover, acaba rozando la trampa narrativa.

Lo más interesante de Cielo de medianoche es su voluntad de unir lo cósmico con lo íntimo: una historia sobre la soledad, la redención y el legado paterno en un planeta condenado. No obstante, Clooney intenta abarcar demasiado: crítica ecológica, reflexión existencial, romance perdido, ciencia ficción dura y melodrama familiar. El resultado es irregular, con un desenlace excesivamente complaciente que resta fuerza a la propuesta. Aun así, la partitura de Alexandre Desplat aporta emoción contenida, y Clooney confirma que, incluso con altibajos, es un director con personalidad y sensibilidad visual. El problema no es tanto su talento, sino haber querido reunir en una sola película demasiados mundos en colisión.

¿Por qué hay que leer a Stephen King?

Stephen King nació el 21 de septiembre de 1947 en Portland, Maine, y desde muy joven mostró una fascinación por las historias y la escritura. Creció en un entorno humilde, marcado por la separación de sus padres y la necesidad de encontrar consuelo en los libros y las historias que devoraba sin descanso. Su pasión por contar relatos se consolidó en la universidad, donde estudió inglés y comenzó a publicar cuentos en revistas locales. Con el tiempo, King se convirtió en uno de los autores más prolíficos y reconocidos del mundo contemporáneo, con más de 60 novelas y más de 200 relatos cortos traducidos a múltiples idiomas. Lo que distingue a Stephen King no es solo su capacidad de generar suspense, sino su extraordinaria habilidad para explorar la naturaleza humana, los miedos más profundos y las complejidades de la vida cotidiana, todo dentro de tramas apasionantes y absorbentes.

El estilo de Stephen King es único por varias razones. Primero, combina el terror y lo sobrenatural con lo cotidiano, haciendo que sus historias sean aterradoramente creíbles. No se limita a sustos gratuitos: sus personajes son complejos, creíbles y están profundamente humanos. Además, su narrativa es fluida, directa y emocional, lo que permite al lector sumergirse en la historia casi sin darse cuenta. King tiene la habilidad de equilibrar el suspense con el desarrollo de personajes, creando una experiencia lectora completa. Sus libros pueden atraer tanto a aficionados del terror como a quienes disfrutan de una buena historia sobre la vida, las relaciones humanas o la resiliencia frente a circunstancias extremas. Por ello, aunque muchos lo etiqueten como “autor de terror”, Stephen King también es ideal para lectores que buscan historias intensas, personajes memorables y una prosa envolvente que no se limita al miedo, sino que explora la condición humana.

Si estás empezando a explorar el universo de Stephen King, hay algunas obras esenciales que no puedes perderte. “It” es un ejemplo icónico: una novela que mezcla terror, nostalgia y una exploración profunda de la amistad, la infancia y los miedos que nos acompañan hasta la adultez. Por otro lado, “The Shining” (El Resplandor, en español) es un clásico que combina horror psicológico con un estudio fascinante de la locura, la familia y la influencia del entorno en nuestra mente. Ambos libros muestran la maestría de King para construir tensión, desarrollar personajes y crear atmósferas inolvidables. Para quienes buscan algo más accesible o menos extenso, “Carrie” o “Misery” son también excelentes puertas de entrada a su obra, demostrando que incluso sus novelas más cortas tienen la intensidad y profundidad que caracterizan su estilo.

En definitiva, leer a Stephen King no solo es adentrarse en el mundo del terror y lo sobrenatural: es explorar la vida a través del prisma de sus personajes, sentir emociones intensas y reflexionar sobre los miedos y desafíos universales. Es una experiencia que combina entretenimiento con introspección, y que, una vez probada, difícilmente se olvida. Por eso, si aún no has leído nada de este autor, tu biblioteca debería tener al menos una obra suya, porque Stephen King no solo escribe historias, sino que nos enseña a mirar la vida con ojos más atentos, imaginativos y, a veces, un poco aterrorizados.