El toque de oración de Ceriñola: cuando la victoria se inclinó ante la memoria de los vencidos

El 28 de abril de 1503, en las proximidades de la localidad italiana de Ceriñola, tuvo lugar una de las batallas decisivas de la segunda guerra de Nápoles. Las tropas españolas, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, derrotaron al ejército francés del duque de Nemours. Aquella victoria representó un hito en la historia militar europea, pero también ha quedado asociada a un episodio de profunda significación humana: el origen tradicional del llamado toque de oración en memoria de los soldados caídos.

Según una tradición militar transmitida a lo largo de los siglos, una vez terminada la batalla, el Gran Capitán contempló el campo cubierto de cadáveres. La victoria había sido rotunda, pero el espectáculo de la muerte no podía convertirse en motivo de celebración. La mayor parte de los fallecidos pertenecía al ejército francés, es decir, al ejército vencido. Eran hombres que habían combatido bajo otra bandera, obedeciendo a otro monarca, pero cuya condición humana no había desaparecido con la derrota.

Se atribuye a Gonzalo Fernández de Córdoba la decisión de ordenar tres toques prolongados de tambor para que los soldados interrumpieran sus actividades y rezaran por las almas de todos los muertos, sin distinción de nacionalidad ni de bando. De esta manera, la victoria militar quedaba acompañada por un gesto de recogimiento y respeto hacia quienes habían perdido la vida.

Este episodio adquiere todavía mayor relevancia si tenemos en cuenta que no se trató únicamente de una manifestación simbólica. Las crónicas y los estudios históricos recogen también el comportamiento del Gran Capitán con el cadáver del propio duque de Nemours. Al conocer que había sido despojado de sus vestiduras, ordenó recuperar su cuerpo, cubrirlo dignamente y trasladarlo al campamento. Dispuso que recibiera honores militares y un funeral acorde con su rango, costeando los gastos de las exequias. Asimismo, se organizaron enterramientos para los numerosos soldados franceses muertos en el campo de batalla.

Aquí reside, a mi juicio, la verdadera dimensión filosófica de aquel gesto. El Gran Capitán parecía comprender que la guerra enfrenta a ejércitos, pero no convierte al enemigo en alguien desprovisto de dignidad. El adversario puede ser derrotado, desarmado e incluso muerto, pero no por ello deja de merecer respeto. La muerte iguala aquello que la política, las fronteras, las ambiciones territoriales y las banderas habían separado.

Hay en esta actitud una concepción de la caballería que trasciende el simple código militar medieval. Es la distinción entre vencer y humillar, entre imponerse al adversario y despreciarlo. La victoria pertenece al vencedor, pero el duelo pertenece a todos. Y es precisamente en ese reconocimiento del dolor compartido donde aparece una forma superior de nobleza.

El recuerdo de Ceriñola nos permite, además, reflexionar sobre el significado de la memoria colectiva. Con frecuencia, la historia militar se escribe desde la perspectiva de los vencedores: se recuerdan las estrategias, los generales, las conquistas y los territorios ganados. Sin embargo, detrás de cada victoria existen miles de vidas truncadas, familias que pierden a sus seres queridos y hombres cuyos nombres difícilmente aparecerán en los libros de historia. El gesto atribuido al Gran Capitán introduce una idea extraordinariamente actual, ya que también los vencidos tienen derecho a ser recordados.

Conviene precisar, desde el rigor histórico, que la atribución del origen del toque de oración a Ceriñola pertenece a la tradición militar y no está demostrada de manera concluyente por la documentación contemporánea. Lo que sí cuenta con respaldo en las fuentes historiográficas es el trato respetuoso dispensado al duque de Nemours y la preocupación por dar sepultura a los caídos.


F. Scott Fitzgerald: el hombre que quiso vivir como en una novela y terminó consumido por ella

Hay escritores que inventan mundos y otros que, de alguna manera, terminan viviendo dentro de sus propias historias. Francis Scott Key Fitzgerald pertenecía a esta segunda categoría. Fue el gran cronista de los años veinte, el hombre que convirtió el champán, las fiestas interminables, los amores imposibles y el brillo de los ricos en literatura. Pero también fue un personaje consumido por su propia tragedia. Alcanzó la fama demasiado pronto, confundió durante años la felicidad con el lujo y acabó descubriendo que el dinero, la belleza y el éxito no sirven para comprar el tiempo perdido. Nació el 24 de septiembre de 1896 en Saint Paul, Minnesota, en una familia de aspiraciones sociales que nunca llegó a pertenecer del todo al mundo privilegiado que tanto le fascinaba. Quizá de ahí nació su obsesión por la riqueza, las apariencias y las diferencias de clase, temas que terminarían impregnando obsesivamente toda su obra. Estudió en Princeton, aunque nunca llegó a graduarse, y durante la Primera Guerra Mundial se incorporó al ejército. Fue entonces, destinado en Alabama, cuando conoció a Zelda Sayre, una joven sureña de personalidad arrolladora, independiente y poco convencional, que se convertiría en el gran amor de su vida y, al mismo tiempo, en una de las protagonistas involuntarias de su tormentosa existencia.

El éxito llegó de golpe. En 1920 publicó A este lado del paraíso (This Side of Paradise), una novela que conectó con toda una generación de jóvenes que quería romper con las convenciones de sus padres. Apenas una semana después se casó con Zelda. Tenían juventud, atractivo, talento y una capacidad casi profesional para convertir cualquier noche en una fiesta memorable. Nueva York, París, la Costa Azul y los ambientes de la llamada Generación Perdida se convirtieron en su escenario. Bebían, viajaban, gastaban dinero y protagonizaban episodios extravagantes que alimentaban su fama. Eran, en muchos sentidos, la pareja perfecta para representar los felices y desenfrenados años veinte. Pero detrás de aquella postal había una realidad bastante menos brillante: las deudas se acumulaban, Fitzgerald trabajaba sin descanso para financiar su estilo de vida y el alcohol comenzaba a ocupar un espacio cada vez mayor en su existencia. En 1925 publicó El gran Gatsby, hoy considerada una de las grandes novelas de la literatura estadounidense. Curiosamente, el libro no fue el éxito comercial que esperaba y su reconocimiento definitivo llegaría después de su muerte. Gatsby, aquel hombre que amasó una fortuna para ofrecer a su amada lo que esta deseaba, parecía reflejar algunas de las obsesiones más profundas de su creador: la nostalgia, la ambición, la ilusión de poder empezar de nuevo y la desesperada necesidad de alcanzar algo que siempre parece estar un poco más lejos.

Pero si El gran Gatsby fue la cima literaria de Fitzgerald, también marcó el comienzo de una etapa mucho más sombría. Su matrimonio con Zelda se deterioró progresivamente. Ella quería desarrollar sus propias inquietudes artísticas, especialmente la danza y la pintura, mientras Scott luchaba contra el alcoholismo y las dificultades económicas. En 1930 Zelda sufrió una grave crisis de salud mental y comenzó un largo recorrido por distintos centros de tratamiento. La pareja nunca llegó a divorciarse, pero sus vidas se separaron de forma dolorosa. Fitzgerald encontró refugio en la escritura, aunque cada vez le resultaba más difícil mantener el ritmo de trabajo que necesitaba. En 1934 publicó Suave es la noche (Tender Is the Night), una novela profundamente autobiográfica sobre el deterioro de una pareja aparentemente privilegiada. No obtuvo el éxito esperado. En aquellos años, el escritor que había sido el símbolo de una generación parecía haberse quedado fuera de su propia época. Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión y el mundo despreocupado de los años veinte había desaparecido para siempre.

Su último acto transcurrió en Hollywood, adonde se trasladó en 1937 para trabajar como guionista y tratar de recuperar cierta estabilidad económica. Allí inició una relación con la periodista Sheilah Graham y comenzó a trabajar en una nueva novela, El último magnate (The Last Tycoon), inspirada en el universo de los grandes productores cinematográficos. Parecía estar recuperando parte de su energía creativa, pero el tiempo se le acababa. El 21 de diciembre de 1940, con apenas 44 años, murió de un infarto en Los Ángeles, convencido de que su carrera literaria había entrado en una etapa de declive. Dejó inacabada su última novela, que se publicaría póstumamente en 1941. Su muerte pasó relativamente desapercibida y pocos imaginaron entonces que aquel escritor considerado por algunos una gloria literaria del pasado acabaría ocupando un lugar fundamental en la historia de la literatura universal. Su recuperación crítica llegó durante los años cincuenta. Hoy, Fitzgerald es mucho más que el autor de El gran Gatsby, es el escritor que supo retratar como pocos la cara luminosa y oscura del sueño americano. Y quizá ahí resida la mayor ironía de su biografía, ya que dedicó su vida a escribir sobre personas que perseguían desesperadamente la felicidad, pero que nunca conseguían alcanzarla. Él mismo terminó convertido en uno de sus personajes. Porque, como Gatsby, Fitzgerald pasó buena parte de su existencia intentando recuperar algo que ya no podía volver, aquel instante mágico en el que todo parecía posible.

"Así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado" El Gran Gatsby


El horror cósmico: cuando descubrimos que el universo no está hecho para nosotros

De los oscuros relatos de Robert W. Chambers a los mundos imposibles de Lovecraft, pasando por Stephen King y John Langan, el lector hará un viaje literario hacia el miedo más profundo, aquel que nace al comprender que quizá no somos más que una insignificante anécdota en la inmensidad del universo. Hay muchas formas de pasar miedo leyendo. Podemos encontrarnos con un asesino escondido en una casa, un fantasma que aparece al final del pasillo, una criatura que acecha en el bosque o un antiguo cementerio donde los muertos parecen no descansar demasiado tranquilos. Son terrores reconocibles, incluso familiares. Pero existe otra clase de miedo mucho más difícil de explicar, uno que no necesita sangre, gritos ni apariciones repentinas. Es el miedo a descubrir que el mundo que conocemos es apenas una pequeña parte de una realidad inmensamente más grande, antigua y extraña. Un miedo que surge cuando comprendemos que el universo no tiene por qué obedecer nuestras leyes, que la humanidad no ocupa ningún lugar privilegiado en él y que quizá existen cosas cuya naturaleza resulta sencillamente imposible de entender. Eso es, en esencia, el horror cósmico.

Imaginemos por un momento que los astrónomos descubren una señal procedente de una región remota del espacio. Al principio parece un fenómeno natural, pero los análisis revelan patrones que no pueden explicarse mediante ninguna teoría conocida. Después aparecen otras señales, y finalmente alguien descubre que no se trata de mensajes dirigidos a nosotros, sino de algo parecido a una conversación entre entidades cuya existencia ignorábamos. ¿Y si esas entidades llevan millones de años ahí fuera? ¿Y si conocen nuestra existencia, pero les importamos tanto como a nosotros una colonia de bacterias? La idea resulta mucho más inquietante que la aparición de cualquier monstruo convencional.

En el terror cósmico, el verdadero enemigo no siempre es una criatura. Es la propia realidad, con sus dimensiones desconocidas y sus reglas incomprensibles. El ser humano deja de ser el centro de la historia y se convierte en un espectador accidental de fuerzas que lo superan por completo. Por eso este género se encuentra a medio camino entre el terror, la ciencia ficción y la filosofía. No pretende tanto asustarnos con lo que vemos como inquietarnos con aquello que apenas podemos imaginar. Y hay algo especialmente perturbador en esta literatura: muchas veces, cuanto más saben los protagonistas, peor les va. La curiosidad, que normalmente consideramos una virtud, puede convertirse en una condena. Abrir un libro prohibido, descifrar una inscripción, explorar unas ruinas olvidadas o investigar un fenómeno inexplicable puede conducir a un conocimiento que ningún ser humano debería haber alcanzado. El descubrimiento no trae respuestas tranquilizadoras, sino preguntas todavía más aterradoras.

Aunque hoy asociamos inmediatamente el horror cósmico con H. P. Lovecraft, sus raíces son anteriores. Durante el siglo XIX, varios escritores comenzaron a explorar una forma de terror que se alejaba del fantasma tradicional y se acercaba a lo inexplicable, lo sobrenatural y lo inconmensurable. Uno de los nombres fundamentales es Robert W. Chambers. En 1895 publicó El rey de amarillo, una colección de relatos que contiene algunas de las semillas más fascinantes del género. Su propuesta es extraordinariamente sugerente: existe una obra teatral maldita cuya lectura puede alterar profundamente la percepción de la realidad y llevar a quienes se acercan a ella a un territorio de locura y obsesión. Su símbolo más inquietante es el Rey de Amarillo, una figura misteriosa vinculada a la ciudad imaginaria de Carcosa. Lo verdaderamente interesante de Chambers es que no necesita explicar demasiado. Su terror funciona mediante alusiones, fragmentos, nombres extraños y una atmósfera de decadencia que parece envolverlo todo. Hay ciudades que quizá no existen, personajes cuya identidad resulta dudosa y una sensación permanente de que detrás de la realidad cotidiana se esconde algo que no deberíamos conocer. Es una literatura de sugerencias, de esas que dejan al lector con la impresión de haber descubierto una puerta que habría sido mejor mantener cerrada.

Otro precursor imprescindible es Algernon Blackwood y, especialmente, su relato Los sauces (1907), una historia en la que la naturaleza parece adquirir una presencia amenazadora y casi consciente. También merece atención William Hope Hodgson, autor de La casa en el confín de la Tierra (1908), una obra que lleva al lector hasta los límites del tiempo y del espacio.

Pero sería un estadounidense de vida bastante menos espectacular que sus criaturas quien acabaría dando forma definitiva a esta manera de entender el terror: H. P. Lovecraft. Howard Phillips Lovecraft nació en Providence, Rhode Island, en 1890. Fue un hombre de salud delicada, carácter reservado y una imaginación extraordinaria. Pasó buena parte de su vida entre libros, correspondencia y paseos por una Nueva Inglaterra que terminaría convirtiéndose en uno de los escenarios más reconocibles de la literatura de terror. No fue un escritor especialmente famoso en vida. Publicó principalmente en revistas populares de la época, como Weird Tales, y su reconocimiento literario llegaría después de su muerte, en 1937, cuando tenía apenas 46 años.

Lovecraft tenía una obsesión muy particular: el miedo a lo desconocido. Pero no se trataba simplemente del miedo a aquello que no podemos ver, sino a aquello que nuestra inteligencia no puede comprender. Su visión del universo era profundamente desalentadora. Frente a la tradición literaria que situaba al ser humano en el centro de una lucha entre el bien y el mal, Lovecraft imaginó un cosmos indiferente, poblado por entidades antiquísimas cuya existencia no respondía a nuestras ideas de moralidad, justicia o propósito. De esta concepción nació lo que hoy conocemos como universo lovecraftiano. Sus relatos construyen una mitología propia, aunque no se trata de una mitología organizada de manera estricta. Hay dioses exteriores, criaturas ancestrales, civilizaciones desaparecidas y conocimientos prohibidos. Entre sus nombres más célebres encontramos a Cthulhu, una entidad colosal que duerme bajo las aguas del océano Pacífico, esperando un momento que quizá no llegará nunca según nuestra percepción del tiempo.

Su relato más conocido, La llamada de Cthulhu (1928), es una magnífica introducción a este universo. La historia se construye a partir de documentos, testimonios y descubrimientos que van encajando poco a poco, hasta revelar la existencia de algo que desafía cualquier explicación racional. Lovecraft utiliza un recurso que repetiría en numerosas ocasiones: nunca mostrar completamente aquello que provoca el terror. Es mucho más inquietante imaginar una criatura imposible que contemplarla con todos sus detalles. Pero su obra va bastante más allá de Cthulhu. En En las montañas de la locura (1936), una expedición científica a la Antártida descubre los restos de una civilización antiquísima y comprende que la historia de la Tierra es muy distinta de lo que imaginaba. En El horror de Dunwich (1929), una comunidad rural esconde un secreto relacionado con fuerzas que no pertenecen a nuestro mundo. Y en El color que cayó del cielo (1927), un meteorito introduce en una granja una presencia cuya naturaleza desafía cualquier clasificación científica. Este último relato es especialmente brillante porque el horror no tiene rostro, ni forma reconocible, ni siquiera un comportamiento que podamos interpretar.

Una de las grandes aportaciones de Lovecraft fue comprender que el conocimiento puede ser una fuente de terror. Sus protagonistas suelen ser investigadores, profesores, arqueólogos o científicos que comienzan una investigación convencidos de que podrán explicar lo que encuentran. El problema es que, cuando finalmente descubren la verdad, ya es demasiado tarde.

Lo extraordinario es que, casi un siglo después, sus criaturas siguen habitando la imaginación popular. Cthulhu ha trascendido los libros, ha aparecido en cómics, películas, videojuegos y juegos de rol, y se ha convertido en un icono cultural. No está nada mal para un escritor que murió sin sospechar hasta qué punto su universo acabaría extendiéndose.

Llegamos a uno de los escritores que mejor han sabido incorporar el horror cósmico a la literatura contemporánea. Stephen King es conocido por sus historias de pueblos aparentemente tranquilos, familias con secretos, hoteles inquietantes y personajes que descubren que la normalidad puede desaparecer en cuestión de minutos. King no suele escribir exactamente como Lovecraft. Su gran virtud es acercar lo extraordinario a la vida cotidiana. Sus personajes tienen trabajos normales, problemas familiares, hipotecas, hijos y vecinos a los que conocen desde hace años. Por eso, cuando algo imposible irrumpe en sus vidas, el efecto resulta especialmente perturbador.

Dos novelas o relatos largos destacan por su relación con el horror cósmico: La niebla y Revival. Y lo interesante es que representan dos formas muy diferentes de enfrentarse al mismo miedo.

La niebla (1980): cuando el mundo conocido desaparece detrás de una cortina blanca

Imaginemos una pequeña localidad de Maine que despierta después de una tormenta especialmente violenta. Una espesa niebla comienza a cubrir el paisaje y se extiende por carreteras, casas y campos. Un grupo de vecinos queda atrapado en un supermercado mientras descubre que algo se mueve entre la bruma. No son animales conocidos. Tampoco parecen pertenecer a nuestro ecosistema. Así comienza La niebla, una de las historias más inquietantes de King. Lo que podría parecer una clásica historia de supervivencia se convierte rápidamente en algo mucho más profundo. Los personajes no solo deben enfrentarse a criaturas desconocidas, sino también a sus propios miedos, prejuicios y debilidades. El supermercado se transforma en una especie de laboratorio social donde la desesperación, el fanatismo religioso y la necesidad de encontrar explicaciones pueden resultar tan peligrosos como los monstruos que acechan en el exterior.

La conexión con Lovecraft es evidente: una brecha parece haberse abierto entre nuestro mundo y otra realidad, permitiendo la entrada de criaturas cuya naturaleza apenas podemos comprender. Sin embargo, King añade algo muy suyo: el auténtico terror también está dentro de las personas. A veces, los seres humanos pueden convertirse en una amenaza incluso mayor que aquello que se esconde en la niebla.

Es una lectura especialmente recomendable para quienes disfrutan de las historias de tensión creciente, los escenarios cerrados y las situaciones límite. Además, tiene una particularidad interesante, ya que el relato y su adaptación cinematográfica de 2007 presentan desenlaces diferentes. Y merece la pena conocer ambos.

Revival (2014): el descubrimiento más aterrador de todos

Si La niebla nos presenta el horror cósmico desde el punto de vista de la supervivencia, Revival lo lleva a un terreno mucho más oscuro. King se hace preguntas sobre la vida, la muerte y lo que podría existir después de ella. La novela sigue durante varias décadas la relación entre Jamie Morton, un hombre cuya vida atraviesa distintas etapas de dificultades y adicciones, y Charles Jacobs, un pastor que llega a su comunidad cuando Jamie todavía es un niño. Jacobs es un personaje fascinante. Después de sufrir una tragedia personal, pierde la fe religiosa y desarrolla una obsesión cada vez más intensa por la electricidad y sus posibles aplicaciones sobre el cuerpo humano. Lo que comienza como una investigación aparentemente científica termina convirtiéndose en algo mucho más inquietante. Jacobs quiere descubrir qué hay más allá de la muerte, y está dispuesto a llegar muy lejos para conseguirlo. Aquí King recupera una de las grandes intuiciones de Lovecraft, ya que quizá el universo no contiene las respuestas reconfortantes que esperamos encontrar. Quizá la muerte no es una puerta hacia un lugar maravilloso, ni existe un orden moral que proteja a los seres humanos. Y quizá descubrir lo que hay al otro lado sea mucho peor que permanecer en la ignorancia.

Revival es una novela que va creciendo lentamente, sin necesidad de recurrir a grandes sobresaltos. Su desenlace es uno de los más perturbadores de la obra de King y constituye un magnífico ejemplo de horror cósmico contemporáneo. No es casualidad que muchos lectores la consideren una de sus historias más cercanas al espíritu de Lovecraft.

Y llegamos a un autor que merece mucha más atención de la que suele recibir entre los lectores que se acercan al terror: John Langan.

Langan es uno de los nombres destacados del horror contemporáneo y ha sabido recuperar la tradición de Lovecraft sin limitarse a imitarla. Sus historias tienen algo de clásico y algo de profundamente moderno. Hay paisajes inquietantes, personajes marcados por la pérdida, relatos dentro de relatos y una sensación de que el mundo cotidiano está construido sobre algo mucho más antiguo y amenazador.

Su novela más conocida, The Fisherman (2016), publicada en español como El pescador, es una excelente muestra de su talento. La historia gira alrededor de dos hombres que comparten una afición por la pesca y que encuentran en los ríos y paisajes del estado de Nueva York una forma de escapar de sus tragedias personales. Sin embargo, pronto descubren que ciertos lugares esconden historias que se remontan a épocas muy anteriores a la existencia de sus habitantes.

El río, que inicialmente parece un lugar de refugio, se convierte en la puerta de entrada a una historia de fuerzas sobrenaturales, antiguas presencias y acontecimientos que desafían cualquier explicación. Langan construye una atmósfera magnífica, con un ritmo pausado que recuerda a los grandes relatos clásicos del género. Lo más interesante de El pescador es cómo combina el dolor humano con el horror de dimensiones cósmicas. Sus personajes no son simples exploradores que encuentran monstruos: son personas que han sufrido pérdidas y que, en su deseo de recuperar lo perdido, pueden terminar abriendo puertas que deberían permanecer cerradas.

Langan demuestra que el horror cósmico no tiene por qué desarrollarse en planetas lejanos ni depender de dioses extraterrestres. Puede aparecer en un bosque, en un río o en un pequeño pueblo. Lo verdaderamente importante es la sensación de que bajo la superficie de nuestra realidad existe algo que nunca hemos llegado a comprender.

Otros autores que merece la pena descubrir

El horror cósmico ha seguido evolucionando y hoy cuenta con escritores que han ampliado considerablemente sus posibilidades. Algunos nombres especialmente interesantes son:

  • Thomas Ligotti: probablemente uno de los autores más inquietantes de la literatura contemporánea. Sus relatos exploran la pesadilla, la identidad, la percepción de la realidad y una visión profundamente pesimista de la existencia. La conspiración contra la especie humana es también un ensayo filosófico fascinante.

  • Algernon Blackwood: maestro de la atmósfera y del terror de la naturaleza. Los sauces es una lectura imprescindible.

  • William Hope Hodgson: autor de mundos extraños y escenarios apocalípticos. La casa en el confín de la Tierra es una de las grandes precursoras del género.

  • Ramsey Campbell: heredero de la tradición lovecraftiana, con una capacidad extraordinaria para convertir los ambientes cotidianos en lugares amenazadores.

  • Laird Barron: una de las voces más interesantes del horror contemporáneo. Sus relatos combinan violencia, mitología oscura y entidades que parecen pertenecer a una realidad completamente ajena a la nuestra.