Desde Roma hasta los confines del mundo: etsi longissimo terrarum

Etsi longissimo terrarum es el inicio (incipit) de una carta apostólica promulgada por el papa Pío VII en 1815. El documento se sitúa en el contexto histórico del final de las guerras napoleónicas y el intento de la Santa Sede de reordenar la autoridad eclesiástica en territorios ultramarinos, especialmente en Iberoamérica, justo cuando el Imperio Español empezaba a desaparecer. El título —“aunque en los confines más lejanos de la tierra”— no es algo retórico, expresa la pretensión de que la jurisdicción espiritual del papado se mantiene incluso a enormes distancias geográficas, pese a la inestabilidad polític y la independencia de las diferentes naciones resultantes de los virreinatos en América. En ese sentido, el texto refleja una lógica de poder transcontinental, muy propia del pensamiento político-religioso de la época. Pío VII utilizó esta carta para afirmar la autoridad papal sobre las iglesias americanas, regular nombramientos episcopales y frenar el control de las nuevas repúblicas. Es decir, etsi longissimo terrarum funciona como una declaración de continuidad del poder romano en un mundo que estaba cambiando rápidamente.

Aquí la carta en español y en latín:


A los Venerables Hermanos,

Arzobispos y Obispos y a los queridos hijos del Clero de la  América sujeta al Rey Católico de las Españas.

PIO VII, PAPA.

Venerables hermanos o hijos queridos, salud. y nuestra Apostólica Bendición. Aunque inmensos espacios de tierras y de mares nos separan, bien conocida Nos es vuestra piedad y vuestro celo en la práctica y predicación de la Santísima Religión que profesamos.

Y como sea uno de sus hermosos y principales preceptos el que prescribe la sumisión a las Autoridades superiores, no dudamos que en las conmociones de esos países, que tan amargas han sido para Nuestro Corazón, no habréis cesado  de inspirar a vuestra grey el justo y firme odio con que debe mirarlas.

Sin embargo, por cuanto hacemos en este mundo las veces del que es Dios de paz, y que al nacer para redimir al género humano de la tiranía de los demonios quiso anunciarla a los hombres por medio de sus ángeles, hemos creído propio de las Apostólicas funciones que, aunque sin merecerlo, Nos competen, el excitaros más con esta carta a no perdonar esfuerzo para desarraigar y destruir completamente la funesta cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró en esos países.

Fácilmente lograréis tan santo objeto si cada uno de vosotros demuestra a sus ovejas con todo el celo que pueda los terribles y gravísimos prejuicios de la rebelión, si presenta las ilustres y singulares virtudes de Nuestro carísimo Hijo en Jesucristo, Fernando, Vuestro Rey Católico, para quien nada hay más precioso que la Religión y la felicidad de sus súbditos; y finalmente, si se les pone a la vista los sublimes e inmortales ejemplos que han dado a la Europa los españoles que despreciaron vidas y bienes para demostrar su invencible adhesión a la fe y su lealtad hacia el Soberano.

Procurad, pues, Venerables Hermanos o Hijos queridos, corresponder gustosos a Nuestras paternales exhortaciones y deseos, recomendando con el mayor ahinco la fidelidad y obediencia debidas a vuestro Monarca; haced el mayor servicio a los pueblos que están a vuestro cuidado; acrecentad el afecto que vuestro Soberano y Nos os profesamos; y vuestros afanes y trabajos lograrán por último en el cielo la recompensa prometida por aquél que llama bienaventurados e hijos de Dios a los pacíficos.

Entre tanto, Venerables Hermanos e Hijos queridos, asegurándoos el éxito más completo en tan ilustre fructuoso empeño, os damos con el mayor amor Nuestra Apostólica Bendición.

Dado en Roma en Santa María la Mayor, con el sello del Pescador; el día treinta de enero de mil ochocientos diez y seis, de Nuestro Pontificado el décimo sexto

 

Venerabilibus Fratribus Archiepiscopis et Episcopis, ac dilectis filii Clero Americae catholicae, Hispaniarum Regi subiecti.

PIUS PP. VII.

Venerabiles Fratres ac dilecti filii salutem. Etsi longissimo terrarum ac marium intervallo dissiti a nobis sitis, vestra tamen pietas vestrumque religionis colendae praedicandaeque studium, satis, VV. Fratres dilectique filii, sat compertum Nobis est.

Com igitur inter luculenta et praecipua sanctissimae quam profitemur religionis praecepta, illud sit quo omnis anima potestatibus sublimioribus subdita esse iubetur, vos in seditiosis cordique nostro acerbissimis istarum regionum motibus, eorumdem firmo sapientique animo abhorrendorum assiduos gregi vestro fuisse hortatores persuasum habemus.

Nihilo tamen minus, cum illius

vices in terris geramus qui Deus pacis est, quique redimendo a daemonum tirannide humano generi nascens, pacem per angelos suos hominibus nuntiari voluit: Apostolici quo immerentes fungimur muneris esse duximus, vos magis magisque per nostras hasce litteras excitare, ut funestissima turbarum ac seditionum zizania, quae inimicus homo istic seminavit, eradicare penitusque delere omni ope contendatis.

Quod facile, VV. Fratres, consequemini, si teterrima ac gravissima defectionum damna, si praestantes eximiasque carissimi in Crirto Filii nostri Ferdinandi Hispaniorum vestrumque Catholici regis, qui nihil religione et subditorum suorum felicitate potius habet, virtutes; si denique illustria et nullo unquam aevo interitura hispanorum Europae exempla, qui fortunam vitamque suam projicere non dubitarunt, ut se religionis fideique erga Regem  retinentissimos ostenderent, ob oculos gregis quisque sui, quo par est zelo, posueritis.

Agite ergo, VV. Fratres dilectique filii, paternis hortationibus, studiisque hisce nostris morem ex; animo gerentes, debitamque Regi vestro obedientiam et fidelitatem ennixe commendantes, bene de populis vestrae custodiae traditis meremini; nostram Regisque vestri qua jam fruimini gratiam amplificate, promissam curis laboribusquc vestris ab eo mercedem, qui beatos Deique filios appellat pacificos, in coelo consequuturi.

Interim tam praeclari tamque frugiferi operis feliciter a vobis perficiendi auspicem apostolicam benedictionem, Vobis, Venerabiles Fratres dlilectique filii, peramanter impertimur.

Datum Romae apud Sanctam Mariam Maiorem sub annulo Piscatoris die 30 ianuarii l816.

Pontificatus nostri anno decimosexto.


Cuando las estrellas entraron en guerra: Churchill, Hitler y la astrología en la Segunda Guerra Mundial

Winston Churchill suele encarnar la imagen del líder moderno, pragmático, con una retórica brillante, defensor de la razón y la determinación frente a la barbarie nazi. Esto, que entraría dentro del mito creado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, puede servir como contrapunto al bando nazi, donde lo irracional y el vitalismo dominaban muchas de las decisiones políticas y estratégicas. En el caso de Churchill, cuesta imaginarlo prestando atención a horóscopos, cartas astrales o presagios celestes. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, la astrología —una práctica asociada a lo irracional— encontró un lugar inesperado en el corazón del conflicto. No porque Churchill creyera en ella, sino porque entendió algo crucial y es que su enemigo sí lo hacía, y esto podría ser muy útil para los Aliados.

Hitler antes de creer en los astros
Adolf Hitler y varios miembros del alto mando nazi mostraban un interés real por el ocultismo, la astrología y otras formas de pensamiento esotérico. Esta fascinación no era un simple capricho personal. En la Alemania nazi, ciertas corrientes místicas se mezclaron con la ideología racial y la propaganda, creando un clima donde las “fuerzas del destino” y los signos cósmicos parecían legitimar decisiones políticas y militares. La propia idea de "espíritu del pueblo" o volksgeist tiene algo de místico e irracional, ya que otorga a los pueblos propiedades casi atemporales. Hitler, en particular, tendía a interpretar su propia vida como la de un elegido por la historia, una narrativa fácilmente reforzada por augurios favorables. Por el contrario, Churchill, profundamente escéptico en lo personal, comprendió pronto que esa superstición podía convertirse en una debilidad estratégica. En lugar de descartarla como una excentricidad irrelevante, decidió observarla, estudiarla y, si era posible, utilizarla como arma psicológica contra su enemigo.

Así entró en escena Louis de Wohl, un astrólogo de origen húngaro que terminó trabajando para los servicios de inteligencia británicos. De Wohl no fue contratado porque el gobierno británico confiara en la astrología como ciencia predictiva, sino porque se creía que podía ayudar a entender —y quizá manipular— la mentalidad del liderazgo nazi. La lógica que había detrás era que si los dirigentes alemanes tomaban en serio las predicciones astrológicas, conocerlas permitiría anticipar sus movimientos o influir en su percepción del futuro. El uso de la astrología por parte de los británicos se movía en un terreno delicado, a medio camino entre la inteligencia, la propaganda y el teatro psicológico. Se analizaron horóscopos que, supuestamente, consultaban los astrólogos del Tercer Reich; se elaboraron interpretaciones alternativas; e incluso se consideró la posibilidad de difundir predicciones falsas con el objetivo de minar la moral alemana o inducir dudas en momentos clave. Nada de esto implica que Churchill consultara las estrellas antes de tomar decisiones cruciales. No hay pruebas serias de que operaciones como el desembarco de Normandía o los bombardeos estratégicos estuvieran condicionados por cartas astrales. Para Churchill, la astrología era, en el mejor de los casos, una herramienta auxiliar, útil solo en la medida en que ayudara a comprender al enemigo. En privado, seguía considerándola una superstición. Mientras los británicos rompían el código Enigma con matemáticas y lógica, también estudiaban horóscopos porque sabían que el adversario les otorgaba significado.

Este episodio revela algo más profundo que una simple anécdota curiosa. Muestra hasta qué punto la historia no se mueve solo por ideas racionales, sino también por miedos, creencias y símbolos. Churchill entendió que liderar en tiempos de guerra implicaba conocer no solo las armas del enemigo, sino también su psicología. Y si esa psicología incluía la creencia en influencias astrales, ignorarla habría sido un error.

Al final, la astrología no decidió la guerra. Pero sí ilustra un contraste poderoso: un líder que no creía en los astros, pero sabía que las creencias importan, frente a otro que confiaba en un destino escrito en las estrellas. En ese choque entre racionalismo estratégico y superstición ideológica, se refleja una lección incómoda ya que incluso en la era de la ciencia, las ideas irracionales siguen teniendo poder, ya sea porque se creen o porque se saben explotar.

La Doctrina Monroe: del anticolonialismo retórico al imperialismo hegemónico estadounidense

La Doctrina Monroe —proclamada en 1823 por el presidente estadounidense James Monroe— es uno de los pilares fundacionales de la política exterior de los Estados Unidos en el continente americano. Su formulación original establecía, en teoría, una oposición al colonialismo europeo en el hemisferio occidental, afirmando que cualquier intento de intervención extranjera sería considerado una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos. Sin embargo, lejos de representar una política defensiva y altruista, la Doctrine funcionó como una coartada ideológica para la expansión agresiva de intereses geoestratégicos estadounidenses, revelando una profunda contradicción entre los principios proclamados y las prácticas imperialistas efectivas. En su formulación temprana, la doctrina parecía responder a un contexto específico: la reciente independencia de las repúblicas iberoamericanas y la posibilidad real de una restauración colonial europea. Aun así, esta postura anticolonial fue rápidamente reinterpretada conforme los Estados Unidos consolidaron su poderío militar y económico. Pronto, el principio de no intervención se subordinó a una lógica hegemónica que convirtió al hemisferio occidental en un “patio trasero” sometido a la diplomacia de coerción y la imposición política de Washington. El primer momento definitorio de esta reinterpretación fue el llamado Corolario Roosevelt de 1904. Bajo esta enmienda práctica a la Doctrina Monroe, Estados Unidos se arrogó el derecho de actuar como “policía internacional” en Iberoamérica, interviniendo militarmente para “proteger” sus intereses económicos y políticos en la región. Esta lógica del “Gran Garrote”, como se llegó a denominar, legitimó injerencias directas en la soberanía de países como Nicaragua, Cuba, y República Dominicana, disolviendo de facto cualquier separación entre la soberanía de los Estados iberoamericanos y los intereses estratégicos de Washington. 

Lo que la historiografía crítica ha señalado, con razón, es la hipocresía de una doctrina que, bajo el pretexto de preservar la independencia de las naciones americanas, servía para justificar reiteradas formas de dominación. Esta ambivalencia entre discurso y práctica no es accidental ni circunstancial, sino estructural para los EE.UU. Desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX, Estados Unidos respaldó golpes de Estado, dictaduras y contrarrevoluciones en toda Iberoamérica con la intención explícita de frenar movimientos considerados “subversivos” o contrarios a sus intereses corporativos, económicos y geopolíticos.

Así, la Doctrina Monroe y su legado se convierten en ejemplos de la retórica ideológica frente a la realidad política. Por un lado, promueven valores de autodeterminación, pero por otro, legitiman violaciones sistemáticas de esa misma autodeterminación cuando los gobiernos nacionales se oponen a la agenda estadounidense. El resultado ha sido un largo historial de intervenciones directas e indirectas que han corroído el desarrollo democrático de la región y reforzado dinámicas de dependencia económica y militar. En el contexto contemporáneo, esta contradicción no solo persiste sino que se ha exacerbado. La reciente reactivación de la Doctrina Monroe bajo la administración de Donald Trump —apodada satíricamente como “Doctrina Donroe”— demuestra que el imperialismo estadounidense no es una reliquia histórica, sino una política viva con manifestaciones renovadas. Según análisis internacionales, esta reinterpretación prioriza el control geoestratégico del hemisferio, la contención de potencias como China, y la presión sobre gobiernos que no se alinean con los intereses estadounidenses, incluso mediante presión militar o económica.

La operación militar reciente en Venezuela —incluyendo la captura del presidente Maduro— ilustra crudamente este retorno a un intervencionismo descarado que socava el derecho internacional y la soberanía de los estados. No se trata simplemente de un acto aislado, sino de una aplicación coherente con la lógica histórica de dominación estadounidense. Este país, bajo el disfraz de combatir el narcotráfico o promover la estabilidad regional, busca reconfigurar gobiernos y mercados enteros para favorecer la penetración económica y política de Washington. Este patrón revela la profunda hipocresía dominante de Estados Unidos, que ya mostró desde sus más "tiernos" orígenes. Un país que proclama la defensa de la libertad y la autodeterminación mientras practica una política exterior basada en la coerción, la intervención y la imposición de intereses estratégicos propios. La crítica no es meramente retórica sino empírica, la historia de la Doctrina Monroe, desde sus corolarios hasta sus renacimientos contemporáneos, expone cómo la retórica del derecho internacional y la soberanía se subordinan, una y otra vez, a la lógica del poder hegemónico estadounidense.

En conclusión, para comprender la Doctrina Monroe es imprescindible observar cómo ha sido utilizada como instrumento para legitimar un proyecto de dominación geopolítica que pone en entredicho los ideales que dice defender. Estados Unidos, a través de más de dos siglos de política exterior, ha demostrado que sus principios proclamados a menudo encubren una agenda de poder, control y hegemonía que contradice los valores universales que pretende representar.

Diferencias entre la novela El Resplandor (1977) de Stephen King y su adaptación al cine por Stanley Kubrick en 1988

Advertencia al lector: el presente post analiza en profundidad las diferencias narrativas, temáticas y simbólicas entre la novela El resplandor (1977) de Stephen King y su adaptación cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick en 1980. Este análisis desvela elementos clave de la trama y del desarrollo de los personajes, por lo que se recomienda no continuar la lectura a quienes no deseen conocer detalles esenciales de ambas obras.

Una de las diferencias más significativas entre la novela de King y la película de Kubrick radica en la construcción psicológica del personaje de Jack Torrance. En la obra literaria, King dedica un amplio espacio a explorar el pasado de Jack: su alcoholismo, su temperamento violento, el trauma de una infancia marcada por los abusos paternos y su sentimiento de culpa tras haber herido a su hijo Danny. Esta acumulación de antecedentes convierte su progresiva caída en una tragedia comprensible, incluso dolorosa, en la que el lector asiste al derrumbe de un hombre que lucha, no siempre con éxito, contra sus propias debilidades. En la película, por el contrario, Kubrick elimina casi por completo este trasfondo. Jack aparece desde su primera escena como un sujeto inquietante, distante y potencialmente inestable, lo que reduce la sensación de transformación progresiva y desplaza el foco desde la tragedia personal hacia una locura más abstracta y casi predestinada. Relacionado con esto se encuentra el tratamiento del alcoholismo, un tema central en la novela y apenas esbozado en el filme. Para King, el alcohol es una metáfora poderosa de la autodestrucción y de la herencia del mal, un enemigo interno que Jack intenta dominar sin lograrlo plenamente. El Hotel Overlook se aprovecha de esta adicción latente para ejercer su influencia, actuando como un amplificador de impulsos ya existentes. En la película, aunque se menciona el pasado alcohólico de Jack, este aspecto carece del peso narrativo y simbólico que tiene en la novela. Kubrick parece más interesado en la alienación mental que en la adicción como proceso, lo que transforma el conflicto en algo más frío y menos arraigado en problemáticas humanas reconocibles. Además, la ausencia de este pasado en la película hace difícil entender la actuación de Jack, tal vez sea una de las mayores debilidades de la obra de Kubrick.

Otra diferencia fundamental se encuentra en el tratamiento del personaje de Wendy Torrance. En la novela, Wendy es presentada como una mujer compleja, consciente del peligro que supone su marido, pero atrapada por el amor, el miedo y la necesidad de proteger a su hijo. King le otorga una fortaleza emocional que se manifiesta de forma progresiva, especialmente cuando comprende que el verdadero enemigo no es solo el hotel, sino Jack. En la adaptación cinematográfica, Wendy aparece como una figura mucho más frágil y sometida, constantemente al borde del colapso. La interpretación de Shelley Duvall, dirigida por Kubrick hacia una vulnerabilidad extrema, transforma al personaje en un símbolo del terror pasivo, lo que ha generado intensos debates sobre la representación de la mujer y la violencia doméstica en el cine.

El personaje de Danny Torrance también presenta diferencias notables. En la novela, King se esfuerza por reproducir con precisión la percepción infantil, combinando ingenuidad, miedo y una sorprendente capacidad de comprensión emocional. Danny no solo posee “el resplandor”, sino que es plenamente consciente, a su nivel, del deterioro de su padre y del peligro que los rodea. Su relación con el cocinero Dick Hallorann se construye como un vínculo protector y solidario. En la película, Danny es un personaje más enigmático y silencioso; su mundo interior se expresa menos mediante el lenguaje y más a través de imágenes perturbadoras. Kubrick sacrifica parte de su profundidad psicológica en favor de una presencia simbólica, casi espectral, que refuerza la atmósfera de inquietud.

El Hotel Overlook, elemento central en ambas obras, cumple funciones distintas según el medio. En la novela, el hotel tiene una historia detallada y explícita, cargada de episodios de violencia, corrupción y decadencia moral. King presenta el Overlook como un ente que desea poseer a Danny para perpetuar su propia existencia, lo que dota al conflicto de una lógica interna clara. En la película, el hotel se vuelve más ambiguo, ya que su origen y motivaciones no se explican del todo, y su poder se manifiesta a través de apariciones fragmentarias y espacios imposibles. Esta ambigüedad transforma el Overlook en una metáfora abierta, susceptible de múltiples interpretaciones, pero también menos concreta desde el punto de vista narrativo.

Una diferencia especialmente reveladora es el tratamiento del clímax y del destino final de Jack Torrance. En la novela, Jack experimenta un último momento de lucidez en el que, aunque brevemente, logra resistirse al control del hotel y permite la huida de su hijo. Este instante redentor refuerza la dimensión trágica del personaje y subraya uno de los temas centrales de King, es decir, la posibilidad, aunque mínima, de redención. En la película, en cambio, Jack muere completamente consumido por la locura, congelado en el laberinto exterior, sin rastro de redención ni conciencia moral. Kubrick opta por una visión mucho más nihilista, en la que no hay espacio para la recuperación de la humanidad perdida.

También el desenlace presenta diferencias simbólicas profundas. Mientras que la novela culmina con la destrucción del Hotel Overlook, sugiriendo que el mal puede ser erradicado, aunque a un alto coste, la película concluye con una inquietante imagen final que insinúa la eternidad del ciclo de violencia. La famosa fotografía de 1921, en la que aparece Jack, refuerza la idea de un tiempo circular y de una condena perpetua, eliminando cualquier esperanza de cierre definitivo. Esta elección resume la divergencia filosófica entre ambas obras: King cree en la lucha contra el mal; Kubrick observa su repetición inexorable.

En conclusión, las diferencias entre la novela El resplandor y su adaptación cinematográfica no deben entenderse únicamente como fallos de fidelidad, sino como el resultado de dos concepciones artísticas y morales profundamente distintas. Stephen King construye un relato centrado en la psicología, el trauma y la posibilidad de redención, mientras que Stanley Kubrick ofrece una visión deshumanizada y formalista del terror, donde el individuo parece atrapado en fuerzas que lo superan. Ambas obras, lejos de anularse mutuamente, dialogan de forma tensa y productiva, enriqueciendo un universo narrativo que sigue generando análisis, debates y reinterpretaciones décadas después de su creación.

El mundo de El Resplandor: cuando el mal cobra vida

El universo de El resplandor constituye uno de los ejemplos más ricos y complejos de expansión narrativa dentro de la cultura contemporánea del terror. Lo que comienza en 1977 como una novela profundamente personal de Stephen King —marcada por sus propios miedos, adicciones y obsesiones— se transforma con el tiempo en un entramado de reinterpretaciones, adaptaciones, secuelas y análisis que trascienden el texto original. Lejos de agotarse en una única versión “canónica”, El resplandor se convierte en un territorio simbólico compartido, donde literatura, cine y reflexión crítica dialogan, se contradicen y se enriquecen mutuamente. Este fenómeno no solo habla de la potencia de la obra original, sino también de su ambigüedad y capacidad para generar nuevas lecturas en contextos históricos y artísticos distintos.

La piedra fundacional de este universo es, sin duda, la novela El resplandor (The Shining, 1977). En ella, Stephen King articula una de sus exploraciones más profundas del terror psicológico, combinando lo sobrenatural con una intensa indagación en la culpa, la violencia heredada y la fragilidad de la estructura familiar. El Hotel Overlook emerge como una entidad malévola que actúa como espejo y amplificador de los conflictos internos de los personajes, especialmente de Jack Torrance, cuya progresiva caída resulta tan trágica como aterradora. La novela introduce además el concepto del “resplandor”, una forma de sensibilidad psíquica que permite percibir realidades ocultas, y que en el personaje de Danny adquiere una dimensión ética y emocional fundamental. Este núcleo temático —el mal como algo externo y orgánico, pero a la vez íntimo— será reinterpretado de formas muy distintas en las adaptaciones posteriores.

La versión cinematográfica dirigida por Stanley Kubrick en 1980 supone una ruptura radical con el espíritu de la novela, al tiempo que inaugura una nueva vida cultural para la historia. Kubrick transforma el relato en una experiencia fría, geométrica y profundamente ambigua, reduciendo al mínimo la explicación psicológica de los personajes y desplazando el foco hacia la atmósfera, el espacio, la estética y la percepción. El Hotel Overlook deja de ser solo un lugar cargado de historia para convertirse en una estructura casi abstracta, un laberinto mental que absorbe a sus habitantes. Esta reinterpretación fue duramente criticada por Stephen King, quien consideró que la película vaciaba de humanidad a sus personajes. Sin embargo, con el paso del tiempo, la versión de Kubrick se ha consolidado como una obra maestra del cine moderno, generando una influencia cultural descomunal y una infinidad de lecturas simbólicas que han ampliado el universo de El resplandor más allá de la intención original de su autor.

Precisamente como reacción a esta adaptación, surge en 1997 El resplandor en formato de miniserie televisiva, producida por la cadena ABC y con guion del propio Stephen King. Esta versión, mucho más fiel al texto literario, busca recuperar la dimensión emocional y psicológica de la novela, así como la progresión gradual de la caída de Jack Torrance. Al contar con una duración considerablemente mayor que la película de Kubrick, la miniserie permite desarrollar con más detalle el pasado de los personajes, su dinámica familiar y el carácter seductor y manipulador del Hotel Overlook. Aunque su impacto cultural fue menor y su realización carece del virtuosismo formal del filme de 1980, la miniserie resulta fundamental para entender el deseo de King de reivindicar su visión original y de reafirmar el carácter trágico, más que monstruoso, de su protagonista.

Décadas después, el universo de El resplandor se expande de manera inesperada con Doctor Sueño (Doctor Sleep), novela publicada por Stephen King en 2013 y adaptada al cine en 2019 por Mike Flanagan. Esta obra funciona simultáneamente como secuela literaria de El resplandor y como heredera del imaginario popular generado por la película de Kubrick. La historia sigue a un Danny Torrance adulto, marcado por los traumas de su infancia y por una lucha personal contra el alcoholismo, en un claro paralelismo con su padre. Doctor Sueño introduce nuevos elementos mitológicos, como la comunidad de villanos psíquicos conocida como el Nudo Verdadero, pero mantiene el eje central del resplandor como don y maldición. La adaptación cinematográfica resulta especialmente notable por su intento de conciliar dos universos aparentemente irreconciliables: el literario de King y el cinematográfico de Kubrick, convirtiéndose así en una pieza clave para comprender la evolución del mito.

Junto a las obras de ficción, El resplandor ha generado también un corpus significativo de documentales y ensayos audiovisuales que exploran su impacto cultural y simbólico. El más conocido es Room 237 (2012), un documental que analiza las múltiples interpretaciones —algunas extremas, otras provocadoras— que se han hecho de la película de Kubrick, desde lecturas políticas hasta teorías conspirativas. Aunque muchas de estas interpretaciones rozan lo especulativo -y en ocasiones lo absurdo-, el documental resulta revelador por mostrar hasta qué punto El resplandor ha trascendido su condición de película para convertirse en un objeto de análisis obsesivo. A esto se suman documentales como Making “The Shining” (1980), dirigido por Vivian Kubrick, que ofrece una mirada íntima al rodaje y refuerza el carácter casi mítico de la producción.

En conjunto, el universo de El resplandor demuestra cómo una obra de terror puede evolucionar hasta convertirse en un espacio cultural compartido, donde autor, cineastas y espectadores participan activamente en la construcción de significado. La tensión entre la visión profundamente humana de Stephen King y la reinterpretación formal y distante de Stanley Kubrick no debilita el conjunto, sino que lo enriquece, generando un diálogo permanente sobre la naturaleza del mal, la memoria y la identidad. Más que una historia cerrada, El resplandor es un territorio narrativo vivo, capaz de adaptarse, expandirse y seguir perturbando a nuevas generaciones, confirmando su lugar como uno de los grandes mitos del imaginario contemporáneo.

El ferrocarril convencional cumple una función social

El ferrocarril no es únicamente un medio de transporte: es, ante todo, una infraestructura social. A lo largo de la historia contemporánea de España, el tren ha cumplido una función esencial en la vertebración del territorio, permitiendo la conexión regular entre ciudades, pueblos y comarcas que, de otro modo, quedarían aisladas. Esta función ha sido especialmente relevante en el caso del ferrocarril convencional de media y larga distancia, cuyo valor no reside tanto en la velocidad como en la capilaridad, la accesibilidad y la continuidad del servicio. Durante décadas, la red ferroviaria convencional permitió articular el espacio español mediante una malla de estaciones y frecuencias que favorecía la movilidad cotidiana, el acceso a servicios básicos y el mantenimiento de la actividad económica en zonas rurales y en ciudades de pequeño tamaño. El tren era, en muchos casos, el único medio de transporte público estable para amplias áreas del interior peninsular, cumpliendo una función de cohesión territorial que iba más allá de criterios estrictamente económicos.

Sin embargo, en el fatídico 1992, España quiso salir de su complejo de inferioridad respecto a "Europa", y las políticas públicas de transporte comenzaron a priorizar de forma casi exclusiva el desarrollo del tren de alta velocidad (AVE) como eje central del sistema ferroviario. Este modelo, orientado fundamentalmente a la conexión rápida entre grandes ciudades, ha tenido como consecuencia directa el debilitamiento progresivo de la red convencional. La supresión de líneas, la reducción de estaciones intermedias y el descenso de frecuencias han afectado de manera desproporcionada a los territorios menos poblados, precisamente aquellos que más dependían del ferrocarril como servicio público.

La lógica del AVE, basada en la rentabilidad por volumen de viajeros y en la reducción del tiempo de viaje entre nodos principales, tiende a ignorar la dimensión social del transporte. Es decir, el tren es España ha pasado de ser un medio de vertebrar el territorio a un negocio lucrativo. Allí donde el tren deja de parar o pasa a hacerlo de forma testimonial, se pierde no solo una conexión física, sino también un vínculo simbólico y funcional con el resto del país. Esta dinámica contribuye a reforzar procesos de despoblación, al dificultar la movilidad laboral, educativa y sanitaria, a destruir la pertenencia a una comunidad nacional y a hacer menos atractiva la permanencia o el asentamiento en esas zonas.

Desde esta perspectiva, la defensa del ferrocarril convencional no supone una oposición al progreso tecnológico, sino una reivindicación del equilibrio territorial. Un sistema ferroviario justo no puede medirse únicamente en minutos ahorrados entre capitales, sino en su capacidad para garantizar el derecho a la movilidad y la igualdad de oportunidades. Recuperar y fortalecer el tren de media y larga distancia convencional es, por tanto, una apuesta por un modelo de país más cohesionado, donde el ferrocarril vuelva a cumplir un papel social que no debería haberse perdido nunca. Si alguien argumenta: "Es que Europa nos obliga", la respuesta debería ser "nosotros necesitamos un tren con función vertebrado del territorio, ¿el liberalismo aplicado al tren nos lo ofrece?, la respuesta es: NO".

El estoicismo en tiempos postmodernos: una dosis necesaria

En la era postmoderna, caracterizada por la sobreabundancia de información, el relativismo en los valores y tecnología deshumanizadora, la filosofía del estoicismo resurge con una relevancia inesperada. Lejos de ser un relicto de la Antigüedad -ya hace más de 2200 años que se desarrolló- el estoicismo ofrece herramientas prácticas para afrontar la incertidumbre y recuperar un sentido de control sobre uno mismo en un mundo que parece caótico. Uno de los principios fundamentales del estoicismo es la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no. En tiempos actuales, esta enseñanza permite reducir la ansiedad generada por fenómenos globales, la volatilidad de la economía, las redes sociales o las crisis constantes. Se debe reconocer qué está bajo nuestro control y qué no, y actuar solo sobre lo primero, es un antídoto contra la sensación de impotencia que caracteriza nuestra época. Esta actitud no implica pasividad, sino un enfoque realista y de serenidad frente a lo incontrolable. Asimismo, el estoicismo enfatiza la virtud y la coherencia interna como criterios de bienestar, en lugar de depender de factores externos o de la aprobación social. En un contexto postmoderno donde la identidad es líquida, los valores son relativos y la presión por la imagen personal es constante, cultivar la integridad y la autodisciplina puede generar un anclaje moral y emocional que contrarreste el vacío existencial que una gran parte de la sociedad, arrastrada por un sistema puramente materialista, siente. Finalmente, la práctica del desapego ante los eventos externos no controlables y la aceptación de la finitud de la vida permite desarrollar resiliencia frente a la frustración y el fracaso. En un mundo saturado de expectativas, de estímulos fugaces y de comparaciones constantes, aprender a sostener la serenidad interna constituye un acto de resistencia ética y psicológica.

En síntesis, una dosis de estoicismo hoy no significa renunciar al progreso ni al placer, sino recuperar la claridad, la coherencia y la fortaleza interna en tiempos que desafían nuestra estabilidad emocional y nuestra capacidad de discernimiento. La filosofía estoica, con su énfasis en el control de las propias reacciones y la aceptación de lo inevitable, se convierte así en una brújula necesaria contra la turbulencia de la postmodernidad.

El Resplandor (1977) de Stephen King: una familia frente al mal

El resplandor, publicada en 1977, constituye una de las obras más representativas del terror psicológico de Stephen King y un punto de inflexión en su consolidación como narrador de la intimidad humana sometida a fuerzas extremas. Lejos de limitarse a un relato de fantasmas o a una historia de horror sobrenatural convencional, la novela articula una compleja exploración de la psique de sus personajes, especialmente en el contexto de la familia Torrance, enfrentada simultáneamente a los fantasmas de su pasado y a un presente cada vez más asfixiante. El Hotel Overlook -otro protagonista más de la novela- no actúa únicamente como escenario, sino como catalizador de conflictos preexistentes, amplificando las tensiones internas hasta convertirlas en una experiencia aterradora que trasciende lo puramente fantástico. En este sentido, King construye una obra donde el miedo no nace solo de lo inexplicable, sino de la fragilidad emocional y moral de individuos reconociblemente humanos.

Uno de los mayores logros de la novela reside en la detallada construcción psicológica de sus personajes. Jack Torrance, lejos de ser un villano plano, aparece como un hombre profundamente herido, marcado por el alcoholismo, la violencia heredada y la frustración profesional. King dedica una atención minuciosa a su pasado, describiendo sus errores, su sentimiento de culpa y su lucha constante contra sus impulsos destructivos. Tal vez, King se inspirase en sus propias adicciones. Esta inmersión en la mente de Jack permite comprender cómo el Overlook no crea la locura desde cero, sino que se aprovecha de una grieta ya existente. El terror que emana de su progresiva degradación no se basa en un cambio repentino, sino en la inquietante constatación de que sus peores tendencias estaban latentes desde el principio, esperando el contexto adecuado para manifestarse.

Wendy Torrance, por su parte, representa una figura frecuentemente infravalorada en las lecturas superficiales de la obra. Lejos de ser un personaje pasivo, King la presenta como una mujer atrapada entre el miedo, el amor y la responsabilidad maternal. Su percepción del peligro es gradual y dolorosa, y su lucha por proteger a su hijo se convierte en uno de los ejes emocionales del relato. A través de Wendy, la novela aborda temas como la violencia doméstica, la dependencia emocional y la resiliencia silenciosa, dotando al personaje de una profundidad que contrasta con ciertos estereotipos del género de terror. Su mirada introduce una dimensión ética al relato, recordando constantemente lo que está en juego cuando el horror deja de ser abstracto y amenaza la integridad de una familia.

Sin embargo, es el personaje de Danny Torrance quien constituye el núcleo simbólico y emocional de El resplandor. Dotado de una sensibilidad psíquica extraordinaria, Danny encarna la vulnerabilidad extrema de la infancia enfrentada a horrores que no son imaginarios, sino trágicamente reales. King retrata con notable precisión la perspectiva infantil, combinando la confusión propia de la niñez con una lucidez inquietante que deriva de su don. A diferencia de muchos relatos en los que los miedos infantiles son minimizados o ridiculizados, en esta novela los temores de Danny están plenamente justificados. El niño no inventa monstruos para explicar el mundo, sino que percibe una realidad que los adultos se niegan o son incapaces de reconocer. Esta inversión del esquema tradicional convierte a Danny en una figura profundamente trágica y, al mismo tiempo, extraordinariamente valiente. Sin duda, el personaje más importante y bien trazado de la novela.

El Hotel Overlook funciona como una entidad malévola que trasciende su condición de espacio físico. King lo construye como un organismo vivo, cargado de memoria y violencia acumulada, capaz de influir en quienes lo habitan. A través de una detallada historia ficticia del hotel, la novela sugiere que el mal no surge de la nada, sino que se sedimenta con el tiempo, alimentado por abusos, crímenes y silencios. El hotel se va impregnando de la maldad, que a lo largo de los años se ha ido sedimentando, y esa maldad es como un ser vivo, que quiere nutrirse de más víctimas. El Overlook no solo manipula a Jack, sino que pone a prueba la resistencia emocional de toda la familia, convirtiéndose en una metáfora del pasado que nunca desaparece del todo. Esta concepción del espacio como agente activo del terror refuerza la dimensión psicológica de la obra y la aleja del mero efectismo sobrenatural.

Es cierto que El resplandor puede resultar una novela extensa, e incluso irregular en algunos tramos. King se permite digresiones y episodios que, desde una lectura estrictamente estructural, podrían considerarse prescindibles. Sin embargo, esta aparente dispersión cumple una función narrativa importante: contribuye a crear una sensación de encierro, de repetición y de desgaste mental que refleja el estado de los personajes. El ritmo pausado, lejos de debilitar el impacto del horror, lo intensifica, ya que permite que la tensión se acumule de manera progresiva. El lector no se enfrenta a sobresaltos constantes, sino a una atmósfera opresiva que se infiltra lentamente, de forma casi imperceptible, hasta volverse insoportable.

Uno de los rasgos distintivos de Stephen King, y claramente visible en esta novela, es su capacidad para mantener el interés del lector incluso en los pasajes más introspectivos. A pesar de las desviaciones narrativas y de la abundancia de detalles, la historia conserva una fuerza centrípeta que empuja hacia el desenlace. King domina el arte de la narración sostenida, combinando escenas de gran intensidad con reflexiones internas que enriquecen el conjunto. Esta habilidad explica en buena medida por qué, aun siendo consciente de sus excesos, el lector permanece atrapado en la lectura hasta el final, incapaz de abandonar la historia.

En conclusión, El resplandor es una obra que trasciende los límites del terror convencional para convertirse en un estudio profundo sobre la fragilidad humana, la herencia del trauma y el miedo como experiencia íntima. La novela no se limita a asustar, sino que invita a reflexionar sobre la violencia latente en las relaciones familiares, la vulnerabilidad de la infancia y el peso insoportable del pasado no resuelto. A través de una prosa eficaz y una construcción psicológica notable, Stephen King logra crear un relato inquietante y duradero, cuya riqueza temática justifica plenamente su lugar como una de las grandes novelas de terror del siglo XX.

Cuando el pensamiento de un autor es manipulado: el caso de Elisabeth Förster-Nietzsche

Analizar la recepción y posterior deformación de la obra de Friedrich Nietzsche exige adentrarse en un terreno incómodo; el de la influencia familiar que siguió al colapso mental del filósofo en 1889. Aquí emerge con fuerza la figura de su hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, cuya intervención resultó decisiva para el destino intelectual del pensamiento nietzscheano. Más que una simple albacea literaria, Elisabeth fue una agente activa de reinterpretación, manipulación y apropiación ideológica, cuyas acciones marcaron profundamente la lectura de Nietzsche durante décadas, especialmente en el contexto del nacionalismo alemán y del posterior ascenso del nacionalsocialismo.

Elisabeth Nietzsche compartía con su marido, Bernhard Förster, una cosmovisión profundamente antisemita y nacionalista alemana, frontalmente opuesta a muchas de las convicciones explícitas de su hermano. Bernhard Förster fue un agitador político vinculado al antisemitismo völkisch alemán de finales del siglo XIX, y su proyecto más extravagante y revelador fue la fundación de Nueva Germania en Paraguay en 1887. Concebida como una colonia “racialmente pura”, este experimento utópico pretendía escapar de lo que Förster consideraba la degeneración moral y racial de Europa. El proyecto fracasó estrepitosamente debido a condiciones climáticas adversas, mala gestión y conflictos internos que condujeron al suicidio de Förster en 1889. Elisabeth regresó a Alemania arruinada, viuda y con una misión renovada: la de reconstruir su posición social y política utilizando el legado intelectual de su hermano, ya incapacitado.

Cuando Friedrich Nietzsche cayó en una demencia irreversible, Elisabeth asumió el control absoluto de sus manuscritos, cartas y obras inéditas. Este control coincidió con un momento clave, ya que el filósofo aún no había sido plenamente comprendido ni sistematizado, y su obra, fragmentaria y aforística, era particularmente vulnerable a interpretaciones interesadas. Elisabeth fundó el Archivo Nietzsche en Weimar, que no solo se convirtió en el centro oficial de edición de sus obras, sino también en una maquinaria ideológica cuidadosamente orientada. Desde allí, promovió una imagen de Nietzsche como pensador nacionalista, proto-fascista y antisemita, una caricatura que chocaba abiertamente con los textos en los que el propio Nietzsche ridiculizaba el antisemitismo, el nacionalismo alemán y el culto al Estado. La manipulación más grave y conocida fue la edición y publicación de La voluntad de poder. Esta obra, presentada como el gran tratado sistemático de Nietzsche, nunca existió como tal. Elisabeth y Heinrich Köselitz (cuyo pseudónimo era Peter Gast) recompusieron artificialmente fragmentos póstumos, reorganizándolos para dar la impresión de una filosofía cerrada, jerárquica y orientada al dominio. Nietzsche, sin embargo, había abandonado explícitamente la idea de escribir ese libro y utilizaba esos fragmentos como notas de trabajo. La publicación de La voluntad de poder consolidó una lectura autoritaria y metafísica del pensamiento nietzscheano que facilitó su apropiación por corrientes reaccionarias y totalitarias. No fue la única intervención problemática. Elisabeth alteró cartas, eliminó pasajes incómodos, censuró críticas al antisemitismo y exageró el supuesto vínculo de Nietzsche con el espíritu prusiano y alemán. Al mismo tiempo, cultivó relaciones con figuras del poder político e intelectual del momento. La fotografía de Adolf Hitler visitando el Archivo Nietzsche en 1934, contemplando el busto del filósofo bajo la complaciente mirada de Elisabeth, se convirtió en un símbolo devastador de esta apropiación. Aunque Nietzsche murió décadas antes del nazismo, la labor de su hermana permitió que su pensamiento fuera presentado como uno de sus fundamentos filosóficos.

Frente a esta herencia distorsionada, la figura de Walter Kaufmann resulta esencial para la rehabilitación filosófica de Nietzsche en el siglo XX. Filósofo y filólogo germano-estadounidense, Kaufmann emprendió, a partir de los años cincuenta, una revisión crítica exhaustiva del corpus nietzscheano. Su trabajo consistió en desmontar sistemáticamente los mitos creados por Elisabeth: el supuesto antisemitismo de Nietzsche, su vinculación con el autoritarismo, su presunto irracionalismo brutal. A través de ediciones rigurosas, traducciones cuidadosas y análisis filológicos, Kaufmann devolvió a Nietzsche su complejidad, mostrando a un pensador profundamente individualista, crítico del rebaño, enemigo del nacionalismo y feroz opositor del antisemitismo organizado. Kaufmann insistió en la necesidad de distinguir entre los textos publicados por Nietzsche en vida y los fragmentos póstumos, subrayando que estos últimos no debían ser tratados como doctrinas definitivas. Esta reevaluación permitió que Nietzsche fuera recuperado por corrientes filosóficas tan diversas como el existencialismo, la hermenéutica, la genealogía del poder y la crítica cultural contemporánea.

Desde una perspectiva histórica y filosófica, el caso de Elisabeth Förster-Nietzsche constituye un ejemplo paradigmático de cómo el control de los archivos y la edición póstuma pueden alterar radicalmente el significado de una obra. No se trata simplemente de una traición personal, sino de una advertencia estructural sobre la fragilidad del legado intelectual cuando este queda en manos de intereses ideológicos. Nietzsche, que dedicó buena parte de su obra a denunciar la manipulación de los valores y la falsificación de la verdad, fue víctima, irónicamente, de una de las más exitosas falsificaciones filosóficas de la modernidad.

En conclusión, comprender a Nietzsche hoy exige atravesar este campo minado de distorsiones históricas. La influencia de su hermana no puede minimizarse ni despacharse como una anécdota biográfica, fue un factor decisivo en la construcción del “Nietzsche falso” que dominó buena parte del siglo XX. Solo gracias a la labor crítica de estudiosos como Walter Kaufmann ha sido posible restituir al filósofo su voz propia, liberándola —al menos parcialmente— del peso ideológico impuesto tras su silencio. Este proceso de recuperación no solo nos permite leer mejor a Nietzsche, sino también reflexionar, con saludable escepticismo, sobre quién habla realmente cuando creemos estar leyendo a un autor del pasado.

30 millones de euros por 60 minutos menos: el fiasco de la alta velocidad en España

En las últimas décadas, la alta velocidad ferroviaria se ha convertido en uno de los ejes centrales de la política de infraestructuras en España, presentada de forma casi incuestionable como sinónimo de progreso, modernidad y cohesión territorial. Sin embargo, un análisis mínimamente riguroso de su relación coste-beneficio obliga a matizar seriamente este relato, especialmente cuando es utilizado como un mantra por nuestra casta política. Si se observan los datos de operación y mantenimiento, así como las mejoras reales de tiempo obtenidas en los corredores más representativos, emerge una paradoja difícil de justificar desde el punto de vista económico y social: se realizan inversiones y se asumen costes de mantenimiento extraordinariamente elevados para obtener ahorros de tiempo que, aunque perceptibles, resultan relativamente modestos en proporción al esfuerzo financiero desplegado. El AVE ofrece un ejemplo paradigmático de cómo la obsesión por la velocidad máxima y el marketing político puede conducir a políticas públicas desequilibradas, donde el aumento de costes crece mucho más rápido que los beneficios reales para la mayoría de los usuarios.

Tomemos como referencia el corredor Madrid–Sevilla, con una distancia aproximada de 390 kilómetros. Utilizando valores medios realistas, el AVE circula en España a una velocidad comercial cercana a los 222 km/h, mientras que un tren convencional de larga distancia puede alcanzar de media unos 140 km/h. La diferencia de tiempo resultante es de aproximadamente 60 minutos. El AVE completaría el trayecto en alrededor de una hora y cuarenta y seis minutos, frente a las casi dos horas y cuarenta y siete minutos de un servicio convencional equivalente. Este ahorro de una hora puede parecer significativo en términos absolutos, pero pierde fuerza cuando se analiza en relación con los costes que implica. No se trata de duplicar la velocidad ni de reducir el tiempo a la mitad, sino de una mejora del orden del 36%, lograda a costa de infraestructuras mucho más complejas, rígidas y costosas. La comparación de los costes de mantenimiento de la vía refuerza esta desproporción. Para un corredor de 390 kilómetros, el mantenimiento anual de una línea de alta velocidad se sitúa en torno a los 42,9 millones de euros, frente a los aproximadamente 15,6 millones que requeriría una línea convencional. Es decir, la alta velocidad supone un gasto casi tres veces superior para obtener una mejora temporal que no alcanza ni el doble del rendimiento. Este desequilibrio es crucial: gastar más del doble de recursos no implica ahorrar el doble de tiempo, lo que pone en cuestión la eficiencia económica del modelo. Además, estos costes de mantenimiento son estructurales y permanentes, se repiten año tras año y se suman a los enormes desembolsos iniciales de construcción, que en el caso del AVE se cuentan en decenas de millones de euros por kilómetro. En este ejemplo, tras cuatro años sin AVE hubiéramos ahorrado dinero suficiente para la construcción de un moderno hospital. Es decir, desde la inauguración del primer AVE en el nefasto año 1992, hubiéramos tenido dinero para 8 hospitales nuevos.

Esta lógica de rendimientos decrecientes debería hacernos reflexionar sobre el sentido último de la política ferroviaria española que nuestra casta política ha aplicado desde el funesto año 1992. La alta velocidad no solo es cara de mantener, sino que exige trazados muy específicos, con radios de curva amplísimos, fuertes movimientos de tierras, túneles y viaductos de gran impacto ambiental. La fragmentación del territorio, la afección a ecosistemas y paisajes, y la dificultad de integración urbana de estas infraestructuras son costes sociales que rara vez se incorporan de forma honesta al debate público. Además, esas costosas obras son presa fácil para la corrupción, cada vez más dominante en las Administraciones españolas. Frente a ello, el ferrocarril convencional ofrece una mayor capacidad de adaptación al territorio, permite servir a un mayor número de poblaciones intermedias y favorece una red más capilar y cohesionadora, en lugar de una lógica radial y elitista centrada en unos pocos nodos privilegiados.

Por otro lado, la cuestión de la seguridad, tradicionalmente asociada de forma automática a la alta velocidad, merece también una revisión más matizada. Si bien el AVE presentaba hasta hace poco excelentes registros en términos de fallecidos, no es menos cierto que las líneas convencionales, especialmente cuando están bien mantenidas y modernizadas, han demostrado históricamente un alto nivel de seguridad para los pasajeros. Los sistemas convencionales permiten una explotación más flexible, con menores exigencias tecnológicas y una mayor capacidad de respuesta ante incidencias, lo que reduce la vulnerabilidad sistémica. La reciente preocupación social por la seguridad ferroviaria pone de relieve que no siempre más velocidad implica más protección, y que la robustez del sistema en su conjunto es tan importante como la sofisticación de sus componentes. Cuando hablamos de seguridad el término "la velocidad mata", tan aplicado al tráfico, parece que se olvida en la alta velocidad.

Desde una perspectiva social, la alta velocidad plantea también problemas de equidad. El AVE tiende a beneficiar principalmente a viajeros de larga distancia con mayor capacidad adquisitiva, mientras que el ferrocarril convencional cumple una función social más amplia, dando servicio a estudiantes, trabajadores y pequeñas comunidades que quedan fuera del mapa de la alta velocidad. Apostar de forma casi exclusiva por el AVE implica desatender estas necesidades cotidianas, debilitando el papel del tren como servicio público vertebrador y reforzando una visión del transporte centrada en la rentabilidad simbólica y política, más que en la utilidad colectiva. Además, la liberación del sector impuesta por la globalista y oligárquica UE no ha hecho más que empeorar la situación del tren en España.

En definitiva, los datos muestran con claridad que la política del AVE responde más a una lógica de marketing político que a un análisis racional de eficiencia, sostenibilidad e integración social. Ahorrar una hora de viaje a costa de multiplicar los costes de mantenimiento, aumentar el impacto ambiental y reducir la flexibilidad del sistema ferroviario es una decisión que debería ser, como mínimo, objeto de un debate mucho más crítico y transparente. Además, el accidente ferroviario de Adamuz pone en evidencia que la tan cacareada seguridad del AVE no es tal, ya que "la velocidad mata", como nos recuerda machaconamente la DGT, cuya política consiste en reducir la velocidad máxima en las carreteras para evitar las graves consecuencias de choques a altas velocidades.

Revalorizar el ferrocarril convencional, invertir en su modernización y mejorar sus prestaciones sin caer en la obsesión por la velocidad extrema podría ofrecer una alternativa más equilibrada, sostenible y justa. En un contexto de recursos limitados y crecientes desafíos ambientales y sociales, quizá ha llegado el momento de preguntarnos no cómo llegar antes, sino cómo llegar mejor. En este contexto, una rectificación, aunque tardía y costosa económicamente, podría ser una apuesta de futuro por la vertebración de España y el uso racional del dinero público.