El Estado de Bienestar: el mito nórdico

La globalización capitalista supone una tensión grave para los Estados de Bienestar. Un paradigma de estos estados son los países escandinavos (Dinamarca, Noruega, Suecia). Para España, este modelo de Estado de Bienestar fue el arquetipo a seguir, y ya desde los años 80 se intentó instaurar poco a poco. Varias décadas después, vemos como el modelo ha fracasado en un mundo globalizado por el capitalismo, donde las personas son para los grandes capitales una mercancía más. Veamos que ha sucedido en las últimas décadas en estos países escandinavos respecto al "Estado de Bienestar".

El génesis y la arquitectura del Estado de Bienestar Escandinavo

El Estado de Bienestar escandinavo, a menudo denominado el "modelo nórdico" es el resultado de un largo proceso histórico de integración nacional y compromiso de clase que se consolidó durante su "Edad de Oro" entre las décadas de 1950 y 1970. Institucionalmente, se define como un arreglo específico que otorga un peso predominante al Estado sobre el mercado y la sociedad civil en la provisión de servicios y seguros sociales. A diferencia de los modelos liberales (cada uno a lo suyo) o corporativistas (familia y patronos), el modelo escandinavo se distingue por su universalismo, donde el acceso a los beneficios sociales se entiende como un derecho ciudadano individual y no meramente una contraprestación por historial laboral o necesidad extrema. A priori, este modelo parece idílico, una especie de Cielo en la Tierra. Pero en la realidad es que se trata de un contrato de seguro social implícito y extendido, controlado por el Estado. Es decir, cuando se recibe supone una redistribución de recursos de los "afortunados" a los "desafortunados", y antes de recibirlo es una forma colectiva de diversificación de riesgos ante contingencias futuras como la enfermedad, el desempleo o la vejez. Este pacto intergeneracional se apoya en una estructura de una muy alta presión fiscal, donde los impuestos sobre el ingreso laboral financian servicios universales como la salud, la educación y el cuidado de ancianos, asumiendo que una alta participación laboral de ambos sexos mantendrá la viabilidad financiera del sistema. Es decir, el propio Estado de Bienestar necesita tener a mucha gente trabajando para mantenerlo, podríamos hacer un símil entre la rueda del hámster (=estado de bienestar) y el movimiento del hámster (=mantenimiento del estado de bienestar). Históricamente, este modelo ha logrado conciliar una economía de mercado liberal con niveles de igualdad social y cohesión excepcionales, sustentados en una cultura política de alta confianza y consenso. El modelo funciona con políticos honestos y muy cualificados, y con trabajadores con salarios altos que se implican en el mantenimiento de su comunidad política. Estos son dos requisitos imprescindibles, pero ¿qué sucede si en el modelo comienzan a entrar trabajadores procedentes de otros países, o trabajadores cualificados, pero dispuestos a trabajar por salarios más bajos? ¿y si a esto le unimos que los grandes capitales pueden moverse libremente por todo el mundo? Veámoslo.

Globalización y el Choque del Espacio Abierto Europeo

La robustez de este contrato social se ha visto desafiada por la globalización y, más específicamente, por la creación del Mercado Único Europeo y la libre circulación de trabajadores. Históricamente, el modelo escandinavo operaba bajo el supuesto de fronteras controladas y una población relativamente homogénea, pero la integración internacional ha introducido una movilidad asimétrica. Por un lado, la movilidad de las bases impositivas obliga a los Estados a competir fiscalmente, reduciendo los impuestos sobre el capital (más móvil) y concentrando la carga sobre el trabajo (menos móvil), lo que genera distorsiones en el mercado laboral. Es decir, los trabajadores son proporcionalmente los que más carga tienen para mantener el sistema funcionando. De nuevo el hámster no debe parar, mientras que el dueño de la jaula puede irse libremente donde quiera. Por tanto, un requisito es que los salarios del país que sustenta el Estado de bienestar sean -en una proporción importante- "altos". Por otro lado, la ampliación de la Unión Europea en 2004 y 2007 hacia el este de Europa supuso un cambio cualitativo muy importante. Los países escandinavos pasaron de recibir una inmigración laboral controlada a gestionar flujos masivos de trabajadores de baja cualificación atraídos por salarios que, aunque bajos para el estándar nórdico, son significativamente superiores a los de sus países de origen. Este "espacio abierto" rompe el vínculo territorial de los beneficios sociales, ya que bajo las reglas de la UE, los trabajadores pueden exportar subsidios familiares a países con costos de vida inferiores, lo que distorsiona el valor real del beneficio y presiona la legitimidad del sistema ante los contribuyentes nativos. Además, la globalización ha impulsado una descentralización de la negociación salarial, tradicionalmente centralizada en Escandinavia, aumentando las disparidades de ingresos y dificultando el mantenimiento de una estructura salarial comprimida que evite la existencia de "trabajadores pobres". El requisito para mantener el sistema funcionando -salarios relativamente altos- se ha ido al garete, parece que la rueda de la jaula va más lenta.

Consecuencias Fiscales y el "Efecto Imán"

El impacto de estos cambios se manifiesta con mayor crudeza en la sostenibilidad fiscal del modelo. Estudios realizados en Dinamarca mediante el modelo DREAM (Danish Rational Economic Agents Model) -un modelo de proyección a futuro- indican que el impacto fiscal neto de la inmigración depende críticamente del país de origen y la cualificación del inmigrante. Mientras que los inmigrantes occidentales suelen ser contribuyentes netos, los inmigrantes no occidentales (especialmente refugiados y aquellos vinculados a la reunificación familiar) presentan un déficit fiscal persistente debido a sus menores tasas de empleo y jubilación temprana. En 2014, Hansen y colaboradores estimaron que la población no occidental en Dinamarca representaba un costo neto cercano al 1% del PIB. Esta brecha de empleo se ve agravada por lo que la literatura económica denomina el "efecto imán" o factor de atracción (pull factor). Este consiste en que la generosidad de los beneficios universales puede atraer desproporcionadamente a personas con mayores riesgos sociales o menores capacidades de inserción laboral, mientras que la alta carga fiscal puede actuar como un factor de expulsión (push factor) para los trabajadores altamente cualificados y contribuyentes netos. Existe una asimetría de riesgos preocupante, ya que los trabajadores inmigrantes entran en el sistema en épocas de bonanza, pero ante una crisis económica (como la de 2008), tienden a permanecer en el país de acogida percibiendo beneficios de desempleo en lugar de retornar a sus países de origen, convirtiéndose en beneficiarios netos permanentes y desafiando la viabilidad del seguro social. Normalmente, la población que tiene arraigo en un territorio puede verse ayudada por otro "Estado de Bienestar" que ha sido muy depauperado en las últimas décadas: la familia. Esto fue fundamental en la crisis económica de 2008 en países como España. Recordemos que en los países nórdicos los hijos se suelen ir de casa a muy temprana edad -ayudados por el "estado de bienestar"-, haciendo mucho más débiles los vínculos familiares.

El Dilema Progresista y la Erosión de la Cohesión Social

Más allá de las cifras contables, la inmigración masiva y la diversidad cultural plantean un desafío fundamental a la legitimidad normativa del Estado de Bienestar, lo que David Goodhart denominó el "dilema progresista". La solidaridad que sustenta los altos impuestos en Escandinavia se basa tradicionalmente en el sentimiento de "estar en el mismo barco", una cohesión que algunos autores consideran dependiente de la homogeneidad cultural. Cuando el Estado de Bienestar empieza a percibirse como un sistema donde "nosotros" pagamos para que "ellos" reciban, el consenso social se erosiona. En Dinamarca y Noruega, esto ha facilitado la movilización política de partidos de derecha populista que utilizan el "chovinismo de bienestar" para argumentar que los recursos limitados del Estado deben reservarse exclusivamente para los ciudadanos nativos o residentes de larga duración. Por ejemplo, en España está pasando algo parecido con el concepto de "prioridad nacional", que alude a este tema que ya lleva muchos años siendo un problema en otros países.

La fragmentación social también afecta a los partidos socialdemócratas, que se ven atrapados entre sus valores de solidaridad internacional y la necesidad de proteger la sostenibilidad del modelo para su base electoral tradicional de clase trabajadora. El riesgo es la aparición de una "subclase étnica" marginada del mercado laboral y dependiente de subsidios, lo que no solo crea tensiones sociales sino que debilita el contrato social intergeneracional al quebrar la premisa de que todos los ciudadanos capaces deben contribuir mediante el trabajo. Si un porcentaje alto de los trabajadores ven reducidos sus salarios, y además una parte importante del mismo va a parar a otras personas, esos trabajadores se preguntarán ¿dónde está ese Estado del Bienestar?

Respuestas Institucionales: De la Universalidad a la Condicionalidad

Para corregir estas distorsiones y salvaguardar el modelo, países como Dinamarca han liderado una transición desde el universalismo puro hacia una mayor condicionalidad y activación. Se han introducido requisitos de residencia estrictos para acceder a la totalidad de los beneficios sociales. Por ejemplo, en Dinamarca, actualmente se requiere haber residido 9 de los últimos 10 años para calificar para la asistencia social completa (kontanthjælp), recibiendo en caso contrario beneficios de integración reducidos (entre el 50% y 80% del nivel estándar) (Andersen 2025). Asimismo, se han reforzado las políticas de "Workfare", vinculando la recepción de subsidios a la participación obligatoria en programas de formación, búsqueda activa de empleo o trabajos comunitarios, con el fin de mejorar la integración laboral de los inmigrantes. Algunos expertos sugieren que para que el modelo sea "robusto ante la inmigración", se deben establecer tres pilares: 1) elevar los estándares mínimos salariales para evitar el dumping social financiado indirectamente por el Estado, 2) transformar los subsidios en servicios en especie (como cuidado infantil gratuito en lugar de cheques en efectivo exportables) y 3) hacer que el seguro de ingresos dependa más de la participación activa. Estas medidas, aunque controvertidas por alejarse del principio de igualdad absoluta, se presentan como una estrategia necesaria para evitar un desmantelamiento general del Estado de Bienestar y preservar la generosidad del sistema para los residentes permanentes ante las presiones de un mundo globalizado. Recordemos que ningún sistema es bueno si ese sistema no es mínimamente sostenible en el tiempo, de no serlo terminará desapareciendo completamente.

Caso español

En contraste con el modelo escandinavo, el Estado de bienestar español enfrenta un problema estructural de precariedad laboral caracterizado por una de las tasas más altas de "trabajadores pobres" (aquellos en riesgo de pobreza a pesar de tener empleo), superando el 12% según datos de 2019. Aunque España muestra una brecha de empleo muy pequeña entre la población nativa y la inmigrante de fuera de la UE (apenas 3-4 puntos porcentuales), lo que sugiere una incorporación más rápida de los extranjeros al mercado de trabajo que en el norte de Europa, esto ocurre bajo un intercambio o trade-off donde se acepta una mayor desigualdad salarial y precariedad a cambio de un gran volumen de empleo. Es decir, España ha apostado por la mano de obra barata y masiva. Esto implica un grave problema social cuando la economía deja "de ir bien", ya que esa población carece del "estado de Bienestar" familiar y va a depender del "Estado de Bienestar" estatal.

Conclusión

Todo lo anterior nos muestra la complejidad de estos modelos económicos-sociales y como las simplezas de nuestros políticos, tanto de corte "progresista" como de corte "conservador", hacen imposible un análisis lo más objetivo posible de los problemas que atañen a los "países occidentales" en un mundo globalizado capitalista. De hacer sostenibles estos sistemas depende su futuro.

Bibliografía

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La utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine: lo que nos hace humanos

Nuccio Ordine (1958-2023) fue uno de los grandes divulgadores humanistas europeos de las últimas décadas. Especialista en pensamiento renacentista y profesor en la Universidad de Calabria, dedicó buena parte de su trayectoria intelectual a reivindicar el valor de la cultura clásica y de las humanidades frente a una sociedad cada vez más dominada por la lógica del mercado y la rentabilidad inmediata. Su pensamiento se inscribe claramente dentro de la tradición humanista greco-romana, donde el conocimiento no se entiende como una simple herramienta productiva, sino como una vía de perfeccionamiento moral e intelectual del ser humano. En una época marcada por la tecnificación y la obsesión por la utilidad económica, Ordine adquirió una enorme relevancia pública precisamente por defender la literatura, la filosofía, el arte y la reflexión desinteresada.

Su obra más conocida, La utilidad de lo inútil, constituye un apasionado alegato en favor de las humanidades y de todos aquellos saberes que no pueden medirse según criterios estrictamente económicos. El libro parte de una idea sencilla, lo que el mundo contemporáneo considera “inútil” es precisamente lo que nos hace plenamente humanos. Para Ordine, la lectura, el pensamiento filosófico, la contemplación artística o la búsqueda del conocimiento sin finalidad práctica inmediata permiten desarrollar la empatía, la conciencia crítica y la sensibilidad moral. En ese sentido, el ensayo posee una gran fuerza ética, especialmente en un contexto donde la educación parece reducirse cada vez más a la preparación técnica de "robots" para el mercado laboral capitalista-globalista. La defensa que realiza del conocimiento gratuito y de la cultura como fin en sí mismo resulta profundamente necesaria y conecta con una preocupación muy actual, caer en convertir al individuo en un simple agente productivo desprovisto de profundidad intelectual y espiritual. Es decir, en un ciudadano acrítico y sin fundamento moral-intelectual.

Sin embargo, pese al enorme atractivo de su planteamiento, el libro presenta también limitaciones importantes. La principal quizá sea su excesiva dependencia de citas y referencias de autoridad. Ordine construye gran parte de su discurso acumulando fragmentos y reflexiones de autores célebres —Platón, Aristóteles, Víctor Hugo, Albert Einstein o Italo Calvino, entre muchos otros— que sirven para reforzar constantemente su posición. Esto dota al texto de una enorme riqueza literaria y cultural, pero al mismo tiempo acaba transmitiendo la sensación de encontrarnos ante una brillante recopilación de “autores ilustres que opinan igual que yo” más que ante una argumentación propia desarrollada y argumentada. Esa estrategia debilita parcialmente la solidez intelectual del ensayo. Ordine apela con frecuencia a la intuición moral y al prestigio cultural de los grandes pensadores, pero apenas profundiza en análisis más empíricos o científicos sobre los beneficios concretos de las humanidades en el desarrollo cognitivo, emocional o social del individuo. El lector termina compartiendo fácilmente la sensibilidad humanista del autor, pero quizá eche en falta una fundamentación más rigurosa y contemporánea que dialogue con disciplinas como la psicología, la neurociencia o la sociología de la educación. Aun así, La utilidad de lo inútil sigue siendo una obra valiosa para recordarnos que una civilización que solo sabe calcular beneficios económicos corre el peligro de olvidar aquello que da verdadero sentido a la experiencia humana. Por desgracia, vamos directos a esto, sin freno.

El nacionalismo romántico V: el nacionalsocialismo y el espíritu del pueblo

El surgimiento del Nazismo no puede entenderse únicamente como una reacción política a la crisis económica o a las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. También hunde sus raíces en una larga tradición intelectual alemana vinculada a la idea del Volksgeist, el “espíritu del pueblo”, desarrollada entre los siglos XVIII y XIX por pensadores como Johann Gottfried Herder (1744-1803), Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) y, en menor medida, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Sin embargo, resulta fundamental distinguir entre las formulaciones originales de estos autores y la reinterpretación radical y deformada que posteriormente realizó el nacionalismo extremo alemán y, finalmente, el nazismo. Herder concebía la nación como una comunidad cultural unida por la lengua, las tradiciones y una sensibilidad histórica compartida. Para él, cada pueblo poseía una identidad singular que debía desarrollarse de forma natural. Su visión no era expansionista ni racista; más bien defendía la diversidad cultural de los pueblos europeos frente al universalismo de la Ilustración. No obstante, la idea de que existía un “alma colectiva” diferenciada abrió la puerta a formas posteriores de nacionalismo que terminaron atribuyendo a las naciones características casi biológicas. Esa evolución se intensificó con Fichte. En sus Discursos a la nación alemana (1808), escritos bajo la ocupación napoleónica, el filósofo llamó a la regeneración espiritual del pueblo alemán mediante la educación, la lengua y la conciencia nacional. La nación ya no era solo cultura, comenzaba a adquirir una dimensión política y emocional mucho más intensa. El pueblo alemán aparecía presentado como portador de una misión histórica especial. Aunque Fichte no defendió el racismo biológico del siglo XX, algunas de sus ideas sobre la excepcionalidad alemana fueron posteriormente utilizadas por movimientos nacionalistas radicales.

Durante el siglo XIX, las corrientes románticas políticas se mezclaron con teorías pseudocientíficas sobre la raza, el darwinismo social y el antisemitismo moderno. El resultado fue una transformación profunda del concepto de Volksgeist. Lo que en Herder era una comunidad cultural pasó a convertirse, para ciertos ideólogos nacionalistas, en una comunidad racial. El “espíritu del pueblo” dejó de entenderse como una construcción histórica y cultural, para comenzar a interpretarse como una esencia biológica hereditaria.

El Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán de Adolf Hitler explotó estas ideas de manera sistemática. El nazismo construyó el mito de un pueblo alemán racialmente puro, unido por la sangre, la lengua y el destino histórico. El concepto de Volk ocupó un lugar central en toda la propaganda nazi. La nación era presentada como un organismo vivo amenazado por enemigos internos y externos, especialmente los judíos, considerados por la ideología nazi como cuerpos extraños incapaces de integrarse en el supuesto espíritu nacional alemán. Esta reinterpretación del "espíritu del pueblo" tuvo consecuencias devastadoras. La exaltación del pueblo como entidad absoluta justificó la eliminación del individuo, la persecución de las minorías y la expansión imperialista del Tercer Reich. El Estado nazi se arrogó el derecho de decidir quién pertenecía realmente al pueblo y quién debía ser excluido o directamente eliminado. Salvando las distancias, ideólogos de otros movimientos nacionalistas, como el vasco, también vieron a otros "grupos" como no integrables en su "pueblo" y causantes de su "degradación moral". 

Por ello, aunque existe una línea intelectual que conecta ciertos elementos del romanticismo alemán con el nacionalismo posterior, sería un error afirmar que Herder, Fichte o Hegel “crearon” el nazismo. Lo que hizo el nacional-socialismo fue apropiarse selectivamente de algunas ideas sobre nación, cultura y pueblo, descontextualizarlas y fusionarlas con el racismo biológico y el totalitarismo moderno. El resultado fue una de las ideologías más destructivas de la historia contemporánea.

El nacionalismo romántico IV: las contradicciones del PNV

Los homenajes anuales del Partido Nacionalista Vasco a Sabino Arana —en fechas como su nacimiento, su muerte o la fundación del propio partido— constituyen un elemento central de su ritual político-identitario. Más allá de su dimensión conmemorativa, estos actos cumplen una función simbólica: refuerzan una narrativa de continuidad histórica que presenta al PNV como heredero legítimo de un “padre fundador” cuya figura se mantiene como referencia moral y política. Sin embargo, esta persistencia conmemorativa plantea serios problemas desde una perspectiva crítica y académica, especialmente cuando se confronta con los discursos públicos del propio partido sobre memoria, perdón y responsabilidad histórica. El principal problema del PNV radica en el desfase entre la idealización ritual de Sabino Arana y el contenido real de su pensamiento. Arana no fue simplemente un producto de su tiempo, sino un ideólogo que formuló de manera explícita posiciones misóginas, xenófobas, racistas y profundamente excluyentes. Estas no son notas marginales de su obra, sino elementos estructurales de su concepción del “pueblo vasco”, entendido como una comunidad moralmente superior, cerrada y definida por la genealogía, la religión y el rechazo del “otro”. Los homenajes del PNV tienden a neutralizar este legado mediante una operación simbólica de despolitización selectiva, en la que se exalta al fundador como icono identitario mientras se silencian o relativizan los aspectos más incompatibles con los valores democráticos contemporáneos. Esta práctica resulta especialmente problemática cuando el PNV —como otros actores políticos— exige a terceros un ejercicio de memoria crítica, reclamando perdón por “pecados” históricos, condenas explícitas del pasado o la retirada de homenajes a figuras vinculadas al autoritarismo, la dictadura o la violencia política. Desde un punto de vista normativo, esta exigencia es legítima. Sin embargo, se vuelve internamente contradictoria cuando el propio partido mantiene homenajes institucionales a una figura cuyo pensamiento vulnera de manera clara principios hoy considerados irrenunciables, como la igualdad de género, la no discriminación y la ciudadanía inclusiva.

La contradicción no es meramente ética, sino también teórica. Si se sostiene que ciertos homenajes son inaceptables porque legitiman valores antidemocráticos, entonces el criterio no puede depender de la adscripción identitaria del homenajeado, sino del contenido de su legado. Defender una memoria selectiva, indulgente con los “propios” y severa con los “otros”, implica reducir la política de la memoria a un instrumento de legitimación partidista, no a un ejercicio honesto de reflexión histórica. En este sentido, el mantenimiento de homenajes a Sabino Arana revela una incapacidad para aplicar al propio pasado los estándares morales que se exigen a los demás.

Desde una perspectiva más amplia, estos homenajes muestran la persistencia de un núcleo romántico en la cultura política del PNV, donde la figura del fundador opera como mito de origen y no como objeto de análisis crítico. El romanticismo político, al sacralizar a los padres fundadores, dificulta la revisión racional de sus ideas y convierte la memoria en liturgia. Así, Arana es conmemorado no tanto por lo que pensó y escribió, sino por lo que simboliza. Es, para los nacionalistas del PNV, la encarnación de un “espíritu del pueblo” que sigue funcionando como referente identitario, aun cuando sus formulaciones concretas resulten hoy éticamente indefendibles.

En conclusión, los homenajes anuales del PNV a Sabino Arana evidencian una tensión no resuelta entre memoria, identidad y democracia. Mientras el partido reclama a otros una ruptura simbólica con pasados considerados inaceptables, mantiene una relación reverencial con un fundador cuyo pensamiento contiene elementos claramente misóginos, xenófobos y excluyentes. Esta incoherencia no solo debilita la autoridad moral de sus demandas de perdón y condena histórica, sino que pone de manifiesto los límites de una política de la memoria que sigue subordinada al mito y no a la crítica. Por desgracia, este tipo de partidos con cimientos del romanticismo político están determinando desde hace décadas las políticas generales, lo que indica el grado de degradación moral y falta de modernidad de la política española.

El nacionalismo romántico III: los orígenes del Partido Nacionalista Vasco

El origen y la fundación del Partido Nacionalista Vasco (PNV) están inseparablemente ligados al ideario de Sabino Arana y a las tensiones sociales, culturales y políticas de la sociedad vasca de finales del siglo XIX. El PNV no surge como un partido moderno en sentido pleno, sino como la institucionalización política de un romanticismo identitario que reaccionaba contra la industrialización acelerada, la inmigración obrera y la integración del País Vasco en el Estado liberal español tras la abolición de los fueros. Fundado en 1895, el PNV nació con una vocación marcadamente excluyente, coherente con la concepción esencialista de la nación defendida por Arana. En sus primeros estatutos y prácticas, la pertenencia al partido estaba condicionada por criterios de origen familiar y “pureza” identitaria, expresados en la exigencia de apellidos vascos como signo de pertenencia auténtica al “pueblo vasco”. Esta exigencia no era meramente simbólica, en realidad reflejaba una concepción de la nación basada en la genealogía y no en la adhesión política, lo que situaba al PNV primitivo más cerca de una comunidad étnico-moral que de un partido político moderno.

Desde una perspectiva crítica, este rasgo revela una grave limitación democrática en los orígenes del partido. La exclusión de quienes no cumplían los criterios de origen —incluidos trabajadores inmigrantes plenamente integrados en la sociedad vasca— muestra cómo el nacionalismo aranista transformó el “espíritu del pueblo” en un principio de cierre social. El PNV inicial no aspiraba a representar a la sociedad vasca existente, sino a depurarla simbólicamente, separando a los “auténticos” vascos de los considerados ajenos o elementos contaminadores. Este planteamiento tan terrorífico evidencia la influencia directa del romanticismo político, donde la nación se concibe como un organismo natural que debe ser protegido, no como una construcción política abierta. En un símil biológico, sería una especie en peligro que no debe cruzarse o juntarse con otros genes que podrían degradarla.

Históricamente, el desarrollo del PNV estuvo marcado por una tensión constante entre este legado ideológico y las exigencias prácticas de la política real. A medida que el partido fue creciendo y participando en instituciones, especialmente durante el primer tercio del siglo XX, se vio obligado a moderar muchos de sus postulados más radicales y racistas. La exigencia de apellidos vascos fue abandonada progresivamente, no tanto por una revisión teórica profunda, sino por la imposibilidad de sostener un proyecto político viable sobre bases tan restrictivas en una sociedad plural y cambiante. Sin embargo, esta evolución no eliminó del todo la huella de sus orígenes. El PNV mantuvo durante décadas una concepción orgánica y culturalista de la nación, donde la identidad colectiva seguía ocupando un lugar prioritario frente a la ciudadanía política. Desde un análisis histórico-crítico, puede afirmarse que el partido logró adaptarse a la modernidad institucional sin resolver plenamente la contradicción entre su origen romántico-excluyente y los principios del pluralismo democrático.

En conclusión, los orígenes y la fundación del PNV representan un caso paradigmático de cómo un movimiento político nacido del romanticismo del “espíritu del pueblo” puede transformarse en un actor central de la política moderna sin desprenderse completamente de sus presupuestos iniciales excluyentes y racistas. El requisito de los apellidos vascos y la concepción étnica de la militancia no son meras anécdotas históricas, sino síntomas de un nacionalismo que, en sus comienzos, entendió la nación como herencia y no como proyecto. Analizar críticamente esta trayectoria permite comprender tanto la evolución del PNV como los límites estructurales del nacionalismo romántico en contextos democráticos contemporáneos. En la actualidad, el PNV ha abandonado el uso directo de la "raza vasca" y lo ha cambiado por "la lengua propia", pero en el fondo el uso es el mismo, utilizarlo como ariete político frente al diferente, es decir "el no vasco".

El nacionalismo romántico II: Sabino Arana y el volksgeist

Sabino Arana (1865–1903) fue el principal formulador (junto a su hermano Luis) del nacionalismo vasco moderno y su ideario político se inscribe claramente en el romanticismo político de finales del siglo XIX, especialmente en la tradición del Volksgeist (el “espíritu del pueblo”) heredada del romanticismo alemán. Ideología que influye también de forma decisiva en el movimiento supremacista ario del nacional-socialismo de Hitler. Para Arana, la nación vasca no era el resultado de un pacto cívico o de una historia política compartida, sino una realidad esencial, casi metafísica, definida por la raza, la lengua, la religión y las costumbres. Esta concepción esencialista constituye el núcleo de su pensamiento y, a la vez, su principal debilidad teórica. Simplificando, "el pueblo vasco" sería una especie de sustancia atemporal, única y homogénea que perdura a través de los siglos.

Desde una perspectiva crítica, el aspecto más problemático del ideario aranista es su reduccionismo identitario. Arana entendía al “pueblo vasco” como una entidad homogénea, pura y ahistórica, ignorando deliberadamente la complejidad social, cultural y política de la sociedad vasca real. Este enfoque romántico del “espíritu del pueblo” sustituye el análisis histórico y material por una mitificación del pasado, donde los fueros, la lengua y la religión católica se convierten en símbolos intocables. El resultado es una visión excluyente, incapaz de integrar la diversidad interna y los procesos de mestizaje cultural propios de cualquier sociedad moderna, avanzada y civilizada.

Miembros del PNV rindiendo homenaje al racista y misógino de Sabino Arana
Otro rasgo profundamente criticable es el racismo presente en su pensamiento. Arana atribuyó a la “raza vasca” cualidades morales superiores y consideró a los no vascos —especialmente a los inmigrantes— como una amenaza para la integridad nacional. Este planteamiento, hoy claramente incompatible con cualquier ética democrática, no fue un simple exceso retórico, sino un componente estructural de su nacionalismo romántico, que confundía identidad cultural con determinismo biológico. Desde una óptica académica, este racismo evidencia los límites del romanticismo político cuando se absolutiza el “espíritu del pueblo” y se lo separa de principios universales de igualdad y ciudadanía.

Finalmente, el ideario de Arana muestra una tensión irresuelta con la modernidad política. Su nacionalismo, profundamente antiliberal en sus orígenes, desconfía del pluralismo, del racionalismo ilustrado y del Estado moderno, sustituyéndolos por una comunidad moral idealizada y cerrada. Esta nostalgia política, más emocional que analítica, impide pensar la nación como un proyecto dinámico y compartido, y la reduce a una esencia que debe ser preservada frente al cambio.

En síntesis, el pensamiento de Sabino Arana, aunque históricamente influyente, ejemplifica los riesgos del romanticismo político basado en el “espíritu del pueblo”. Este genera una mitificación del pasado, una exclusión identitaria y el rechazo de una concepción cívica y plural de la sociedad. Su legado, por tanto, debe ser analizado críticamente no solo como origen del nacionalismo vasco, sino también como advertencia teórica sobre los límites del esencialismo nacional. De esta base ideológica -racista, misógina y excluyente- beben y presumen en la actualidad los nacionalistas vascos, especialmente el Partido Nacionalista Vasco (PNV).

A veces la ¿ignorancia? sobre la historia lleva a la gente a hacer cosas extrañas. Por ejemplo, en la imagen que acompaña a esta entrada se muestra un homenaje del PNV por el 150 aniversario del nacimiento de Sabino Arana, en él hay varias mujeres, que, o bien no han leído la obra del autor, o han leído la obra censurada por el PNV, ya que Sabino Arana dijo de las mujeres auténticas barbaridades:

"La mujer es vana, es superficial, es egoísta, tiene en sumo grado todas las debilidades propias de la naturaleza humana"

"Uno de tus deberes es estar sumisa a mis mandatos y obedecerme en todo lo que no vaya contra Dios" (carta a su mujer)

"Si te reprendo es porque te quiero como Dios Nuestro Señor (y perdóneme Él la comparación) suele reprender a un alma" (carta a su mujer)

El PNV sabe perfectamente que su líder era misógino, racista y machista, mucho más que otros intelectuales de su época, y de una forma burda lo intenta justificar en este escrito. No hace falta que nos cuenten estas cosas, ya sabemos que la historia tiene un contexto, pero autores anteriores a Sabino dijeron de las mujeres cosas como estas:

"La sujeción de la mujer al hombre es un apriorismo: no se funda en ningún dato experimental contradictorio, y por consecuencia es irracional." John Stuart Mill (Reino Unido, 1806-1873)

O simplemente leyendo la magnifica obra de Don Benito Pérez Galdós (1843-1920):

Aspiro a no depender de nadie, ni del hombre que adoro. [...] Quiero, para expresarlo a mi manera, estar casada conmigo misma, y ser mi propia cabeza de familia

Podríamos seguir con más ejemplos, incluso algunos más antiguos en el tiempo sobre la defensa de la mujer. Cada uno elige libremente a sus autores, aquellos con los que más identificado se siente.....el PNV y sus miembros ya los eligieron.

Poco a poco iré desgranado los nacionalismos románticos y sus perniciosas consecuencias para la historia de Europa y de España.

El nacionalismo romántico I: el volksgeist o espíritu del pueblo

Aunque con orígenes en Montesquieu (1689-1755) y Rousseau (1712-1778), el “espíritu del pueblo” (Volksgeist) es un concepto central de la filosofía política e histórica del idealismo y el romanticismo alemán que designa la unidad orgánica, histórica y cultural propia de cada pueblo, entendida como una forma específica de vida colectiva que configura su identidad, sus instituciones, su lenguaje, su derecho y sus formas de conciencia. Básicamente se podría asimilar a un organismo vivo, con unas características propias y diferentes a otros pueblos (=organismos). Desde una perspectiva más académica, puede definirse como la expresión histórico-concreta de una comunidad humana determinada, en la que convergen factores lingüísticos, culturales, jurídicos y simbólicos que no son reducibles a principios universales abstractos, sino que emergen del desarrollo interno de dicha comunidad a lo largo del tiempo. En este sentido, el Volksgeist implica una concepción historicista y anti-universalista de la vida política. Con este concepto cada pueblo posee una racionalidad propia que se manifiesta en sus costumbres, tradiciones y formas de organización social. Esto implícitamente hace imposible la existencia de una "humanidad" común, al estilo del catolicismo o de la Ilustración.

En su formulación clásica, especialmente en la obra de Johann Gottfried Herder (1744-1803), el espíritu del pueblo se vincula estrechamente con el lenguaje, considerado la mediación fundamental a través de la cual una comunidad expresa su visión del mundo. Herder sostiene que no existen jerarquías culturales universales, sino múltiples desarrollos históricos irreductibles entre sí, cada uno de los cuales encarna una forma singular de humanidad. Para él, el lenguaje no era simplemente una herramienta de comunicación, sino el reflejo del alma colectiva de un pueblo. Por este motivo, los nacionalismos periféricos españoles utilizan las lenguas regionales como auténticos arietes identitarios, asimilándolas a la raza como herramientas excluyente frente a la lengua común española.

Posteriormente, en la filosofía política de Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) y en el idealismo de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), el concepto adquiere una dimensión más explícitamente política e histórica. En Fichte, el Volksgeist se vincula a la idea de nación como sujeto moral y educativo, especialmente en el contexto de la formación del nacionalismo moderno. En sus célebres Discursos a la nación alemana (publicados en 1808), escritos durante la ocupación napoleónica de los territorios alemanes, defendía que el pueblo alemán poseía una identidad propia basada fundamentalmente en la lengua común. Para Fichte, quienes compartían idioma compartían también una forma de pensar, una cultura y un destino histórico. La lengua era el vínculo espiritual que unía a la nación y la diferenciaba de otros pueblos. Básicamente, era un esencialista. En Hegel, el espíritu del pueblo se integra dentro de una filosofía de la historia en la que cada espíritu del pueblo constituye una etapa del despliegue del Espíritu universal (Weltgeist), encarnando una forma concreta de racionalidad histórica. Nótese, como estos autores están rozando aspectos metafísicos al hablar de las naciones políticas, ya que ese espíritu no deja de ser una esencia inmaterial, con propiedades que podrían llegar a ser atemporales.

En términos de filosofía política, el Volksgeist puede entenderse como una categoría que articula identidad colectiva e histórica, al concebir que las instituciones legítimas no derivan de principios universales externos, sino del desarrollo interno de una comunidad histórica determinada. Esta idea ha tenido una profunda influencia en el pensamiento nacionalista del siglo XIX, en la escuela histórica del derecho y en las teorías posteriores sobre la formación cultural de las naciones, aunque también ha sido objeto de crítica por su potencial esencialista y su uso en discursos políticos excluyentes y racistas.

En síntesis, el espíritu del pueblo designa una concepción de la comunidad política como organismo histórico-cultural singular, cuya racionalidad interna sólo puede comprenderse a partir de su propio devenir, y no mediante esquemas universales abstractos ajenos a su contexto vital. Estas ideas han fundamentado los nacionalismos del S. XIX, y en la actualidad en muchas partes de Europa, estas ideas irracionales dominan la política. Un ejemplo es el nacionalismo identitario vasco o el catalán que afecta a España.

La Perla de John Steinbeck: un golpe de realismo

La perla, publicada en 1947, es una de las obras más representativas de John Steinbeck y un ejemplo perfecto de su estilo de realismo social americano, cercano en muchos aspectos al naturalismo. Steinbeck dedicó gran parte de su literatura a retratar la vida de las clases humildes en los Estados Unidos, especialmente durante las décadas marcadas por la pobreza, la desigualdad y la crisis económica. Sus personajes suelen ser trabajadores, campesinos o marginados que luchan contra fuerzas sociales y económicas mucho más grandes que ellos. Lejos de idealizar la realidad, el autor muestra con crudeza cómo la ambición, la injusticia y el poder pueden destruir la inocencia humana. Esa implicación social convierte sus novelas en algo más que simples relatos, ya que refleja denuncias de un sistema que condena a los más débiles. Obras como Las uvas de la ira o De ratones y hombres consolidaron a Steinbeck como una de las voces más importantes de la literatura norteamericana del siglo XX.

En La perla, Steinbeck construye una historia aparentemente sencilla, casi como una fábula, pero cargada de simbolismo y profundidad moral. La novela corta narra la vida de Kino, un humilde pescador indígena que encuentra una perla de valor extraordinario y que cree haber hallado la oportunidad de cambiar el destino de su familia. Sin embargo, aquello que al principio representa esperanza y progreso termina convirtiéndose en una fuente de violencia, codicia y destrucción. Precisamente ahí reside la grandeza de la obra, ya que muestra cómo la riqueza puede corromper no solo a quienes la desean, sino también a toda la sociedad que rodea al protagonista.

Steinbeck utiliza un lenguaje muy sencillo, directo y accesible, pero detrás de esa aparente sencillez se esconde una enorme fuerza narrativa. El lector queda atrapado desde las primeras páginas por unos personajes humildes y profundamente humanos. Kino, Juana y su pequeño hijo Coyotito representan a la gente sencilla que intenta sobrevivir en un mundo injusto, donde los poderosos siempre buscan aprovecharse de los más débiles. La historia avanza con tensión creciente y con una sensación constante de fatalidad, como si desde el descubrimiento de la perla el destino de la familia estuviera condenado. El lector sabe que la historia no terminará bien, pero no sabe exactamente como.

Uno de los aspectos más impactantes de la novela es precisamente su final. Steinbeck rompe cualquier expectativa optimista y ofrece un desenlace brutal, profundamente triste y demoledor. La tragedia cae sobre los personajes de manera inevitable y deja al lector completamente descolocado. En ese sentido, la obra recuerda mucho a De ratones y hombres, donde también la esperanza termina destruida por una realidad cruel e implacable. Steinbeck no busca consolar al lector, sino obligarlo a reflexionar sobre la naturaleza humana, la ambición y las consecuencias del deseo de riqueza.

Por todo ello, La perla es una obra imprescindible de la literatura del siglo XX. Su brevedad no impide que posea una enorme intensidad emocional y una profunda carga social. Es un relato sencillo en apariencia, pero capaz de dejar una huella duradera gracias a su humanidad, su crítica social y la dureza de su mensaje final.

Vidas Cruzadas de Raymond Carver: relatos cortos pero duros

Raymond Carver es considerado uno de los autores más importantes de la narrativa norteamericana contemporánea y uno de los máximos representantes del llamado “realismo sucio”. Nacido en 1938 en Estados Unidos, Carver desarrolló una literatura centrada en las vidas corrientes de personas humildes, clase media americana, marcadas por el desempleo, el alcoholismo, la frustración y la incomunicación. Su propia experiencia personal, atravesada por problemas económicos y por su adicción al alcohol, influyó decisivamente en su forma de escribir y en los ambientes que retrata en sus relatos. En Vidas cruzadas, el autor presenta historias aparentemente sencillas, protagonizadas por personajes comunes que viven situaciones cotidianas, pero en las que siempre late un profundo malestar emocional. Una de las características más destacadas de la obra es la extrema simplicidad de su lenguaje. Carver utiliza frases cortas, diálogos directos y descripciones mínimas, eliminando cualquier exceso literario. Precisamente esa economía expresiva es la que dota a sus relatos de un enorme realismo, ya que las conversaciones y las acciones parecen tomadas directamente de la vida real. El lector tiene la sensación de estar observando escenas comunes y corrientes, pero cargadas de tensión y de silencios incómodos. De este modo, Carver consigue transformar lo cotidiano en algo profundamente inquietante y revelador.

Desde un punto de vista crítico, Vidas cruzadas sobresale por la dureza con la que retrata la vida cotidiana y por la capacidad del autor para mostrar el vacío emocional de sus personajes sin necesidad de grandes acontecimientos. En los relatos de Carver no suelen ocurrir hechos extraordinarios. Sin embargo, detrás de conversaciones triviales y de gestos aparentemente insignificantes se esconden conflictos profundos relacionados con la soledad, el fracaso o la incapacidad de comunicación. Uno de los elementos más característicos de su estilo son los finales ambiguos, que suelen dejar al lector descolocado y sin una conclusión clara. Muchas veces los relatos terminan de forma abrupta, sin resolver completamente la situación planteada, lo que genera una sensación de incertidumbre y desconcierto. Sin embargo, esa ambigüedad constituye precisamente una de las mayores virtudes de la obra, ya que refleja la realidad misma, donde los problemas rara vez encuentran soluciones definitivas. Carver obliga así al lector a completar el sentido de las historias y a reflexionar sobre aquello que queda sin decir. La aparente sencillez de sus relatos esconde, en realidad, una gran profundidad humana y psicológica. Gracias a este estilo sobrio y contenido, el autor consigue transmitir la dureza de lo cotidiano y mostrar cómo, incluso en los momentos más ordinarios, pueden revelarse las fracturas emocionales más profundas de la existencia humana.

Vidas cruzadas fue adaptada al cine en 1993 por el director Robert Altman en la película Short Cuts. La película no adapta un único relato, sino que mezcla varias historias y personajes inspirados en distintos cuentos de Carver, creando una estructura fílmica en la que las vidas de numerosos personajes que se entrecruzan en la ciudad de Los Ángeles.

El Poder y la Gloria de Graham Greene: la culpa como hilo conductor

Graham Greene fue uno de los grandes novelistas ingleses del siglo XX, un escritor marcado por una vida tan intensa como la de muchos de sus personajes. Nacido en 1904, desarrolló muy pronto una profunda fascinación por los conflictos morales, la religión y la política internacional, temas que atravesarían toda su obra. Durante la Segunda Guerra Mundial colaboró con el servicio secreto británico, experiencia que reforzó su visión pesimista y ambigua del ser humano, así como su interés por las zonas oscuras de la conciencia. Paralelamente, Greene realizó numerosos viajes por Hispanoamérica y México, regiones que lo impresionaron profundamente por su inestabilidad política, la pobreza y la persecución religiosa. Precisamente, un viaje a México en los años treinta, durante la represión anticatólica posterior a la Revolución Mexicana, le sirvió de inspiración para escribir El poder y la gloria. En esta novela, Greene retrata un país hostil hacia la religión y sitúa en el centro de la narración a un sacerdote perseguido por el Estado, conocido como el “cura whisky”, personaje complejo y contradictorio que refleja perfectamente el interés del autor por los seres humanos imperfectos. La experiencia vital de Greene, que incluyen sus contactos con el espionaje, sus desplazamientos constantes y su convivencia con situaciones límite, le permitió construir una obra de enorme realismo psicológico y moral. La obra se aleja de cualquier visión simplista del bien y del mal, lo que la hace profundamente recomendable. Así, el contexto histórico y personal del autor resulta fundamental para comprender la intensidad y la profundidad de esta novela.

Desde el punto de vista literario, El poder y la gloria destaca por su extraordinaria profundidad psicológica y por la manera en que explora la culpa, el pecado y la redención. Greene no presenta héroes ejemplares, sino personajes llenos de contradicciones, especialmente el sacerdote protagonista, que es alcohólico, cobarde y consciente de sus propias debilidades, pero que aun así conserva una humanidad y una fe que lo convierten en un personaje profundamente trágico. La novela se adentra constantemente en los conflictos internos de sus protagonistas y muestra cómo el pecado y la culpa forman parte inseparable de la condición humana. Uno de los aspectos más complejos de la obra es su estilo dialogado. En numerosos pasajes, Greene construye conversaciones ambiguas en las que el lector no siempre sabe con claridad quién está hablando o a quién se refieren exactamente los personajes. Esta dificultad puede hacer la lectura exigente, pero al mismo tiempo constituye una de las mayores riquezas psicológicas de la novela, ya que reproduce la confusión moral y emocional en la que viven los personajes. Los diálogos parecen fragmentados, llenos de silencios y sobreentendidos, lo que obliga al lector a participar activamente en la interpretación de la obra. De esta manera, Greene consigue crear una atmósfera de tensión e incertidumbre. Esto refuerza los grandes temas de la novela, que son principalmente la persecución, el miedo, la culpa y la búsqueda de sentido en medio de un mundo hostil. Por ello, El poder y la gloria es considerada una de las novelas más profundas y complejas de la literatura contemporánea.