El planeta Solaris está cubierto casi por completo por un océano aparentemente vivo, cuya naturaleza lleva décadas siendo estudiada por los científicos. La humanidad ha construido toda una disciplina, la solarística, dedicada a interpretar sus fenómenos. Sin embargo, cuanto más conocimiento acumula, mayor parece ser la distancia que la separa de su objeto de estudio. El océano produce formas, movimientos y estructuras que los científicos intentan clasificar, interpretar y explicar, pero ninguna teoría consigue resolver definitivamente su naturaleza. La paradoja es brutal, ya que la humanidad ha viajado hasta otro planeta y ha encontrado allí una inteligencia posiblemente extraordinaria, pero ese encuentro no conduce a un diálogo. Esta es, quizá, la cuestión más compleja de la novela. La dificultad no parece consistir únicamente en que Solaris posea un lenguaje desconocido. Es posible que el problema sea mucho más radical: que los seres humanos carezcan de las estructuras conceptuales necesarias para comprender una inteligencia que no comparte nuestra biología, nuestra historia, nuestros sentidos ni nuestra manera de organizar la realidad. Los científicos intentan convertir lo desconocido en un objeto que pueda ser observado desde fuera, pero Solaris se resiste constantemente a esa posición. El océano no se deja reducir a una explicación humana.
Lem introduce así una crítica profunda a una determinada concepción del conocimiento científico. La ciencia puede describir, clasificar y formular hipótesis, pero quizá existan fenómenos cuya naturaleza se encuentre fuera de las categorías desde las que intentamos estudiarlos. En Solaris, el fracaso científico no significa necesariamente que los investigadores sean incompetentes. Puede significar algo mucho más perturbador: que existen límites inherentes a la capacidad humana de conocer. Pero la novela se vuelve todavía más inquietante cuando Solaris deja de ser solamente un objeto distante y comienza a entrar en la mente de quienes lo estudian. Los llamados "visitantes" son manifestaciones físicas relacionadas con los recuerdos, deseos o experiencias más profundas de los científicos. En el caso de Kris Kelvin, el protagonista, aparece Harey, su antigua pareja, que se suicidó años atrás. Kelvin sabe perfectamente que la mujer que tiene delante no puede ser la misma persona que murió. Su razón se lo dice con absoluta claridad. Sin embargo, esa certeza racional no consigue anular la experiencia emocional de encontrarse de nuevo ante ella. Aquí se encuentra una de las grandes innovaciones narrativas de Lem. El conflicto fundamental deja de estar situado en el exterior y se traslada al interior del protagonista. El misterio de Solaris no consiste solamente en descubrir qué es el océano, sino en descubrir qué somos nosotros cuando nos enfrentamos a algo que contradice nuestra concepción de la realidad. Harey representa precisamente esa fractura entre razón y experiencia. Kelvin sabe que su presencia es imposible, pero también puede verla, hablar con ella y sentirla. La pregunta deja de ser simplemente «¿es real?» y se convierte en otra mucho más incómoda: ¿qué significa que algo sea irreal si sus efectos sobre nosotros son completamente reales?La situación se vuelve todavía más compleja porque Harey comienza a desarrollar conciencia de sí misma. Ya no es únicamente una reproducción de un recuerdo de Kelvin. Es una persona que sufre, que desea comprender quién es y que empieza a cuestionar su propia existencia. De esta manera, Solaris produce una paradoja moral: aquello que Kelvin inicialmente considera una copia artificial termina comportándose como un ser capaz de sentir y sufrir. La imposibilidad de determinar qué es "real" deja de ser una cuestión filosófica abstracta y se convierte en un problema ético.Los otros visitantes profundizan todavía más este misterio. Uno de los episodios más extraños es el relacionado con Sartorius, cuya presencia en la novela queda asociada a un visitante infantil que apenas llega a mostrarse. Kelvin alcanza a distinguir fugazmente un sombrero de paja y escucha indicios de la criatura, pero nunca obtiene una explicación satisfactoria sobre quién es ni qué representa para Sartorius. Este detalle aparentemente anecdótico es fundamental para comprender la estrategia de Lem: la novela proporciona indicios, pero se niega a transformarlos necesariamente en respuestas. El lector sabe que Solaris está materializando algo procedente de la mente humana, pero no puede determinar completamente qué significa. De este modo, la novela reproduce en el lector la misma frustración que experimentan sus personajes. Queremos interpretar, clasificar y encontrar una explicación definitiva, pero Solaris permanece parcialmente fuera de nuestro alcance. El misterio no es un rompecabezas esperando ser resuelto; es la experiencia de enfrentarse a algo que quizá no pueda ser reducido a un rompecabezas. Esta dimensión psicológica es precisamente lo que distingue Solaris de buena parte de la ciencia ficción de su época. Lem no está interesado principalmente en imaginar nuevas tecnologías, batallas espaciales o civilizaciones extraterrestres antropomórficas. Su ciencia ficción funciona como un instrumento filosófico. El viaje al espacio sirve para llevar al ser humano hasta el límite de sus propias capacidades y obligarlo a contemplarse.
Solaris puede entenderse como una obra sobre la imposibilidad de conocer completamente al otro, pero también sobre la imposibilidad de conocernos completamente a nosotros mismos. El océano parece comunicarse con los científicos a través de aquello que estos llevan dentro, pero ni siquiera ellos pueden descifrar completamente esas manifestaciones. Solaris convierte el inconsciente en materia, pero hacer visible un recuerdo no equivale a comprenderlo.La idea de la novela adquiere una nueva dimensión en las adaptaciones cinematográficas de la obra. La primera gran versión fue la película soviética dirigida por Andrei Tarkovsky en 1972. Tarkovsky no intentó realizar una simple traducción cinematográfica de la novela. Su película desplaza todavía más el centro de gravedad hacia la dimensión espiritual y psicológica de Kelvin. La estación espacial se convierte en un lugar de aislamiento, memoria y culpa, mientras que el planeta permanece como una presencia misteriosa que nunca termina de explicarse. El ritmo de Tarkovsky es deliberadamente lento y contemplativo. Frente a la espectacularidad habitual de la ciencia ficción, el director construye largos silencios, conversaciones filosóficas y momentos de espera. El espacio no se presenta como un territorio de aventura, sino como un lugar donde el ser humano queda suspendido frente a sí mismo. La recepción de la película fue significativa. En el Festival de Cannes de 1972 recibió el Gran Premio Especial del Jurado, además de otros reconocimientos internacionales. Con el paso de las décadas, la película se convirtió en una de las obras fundamentales del cine de ciencia ficción filosófica. Sin embargo, incluso desde su estreno provocó reacciones divididas, especialmente por su ritmo y su carácter contemplativo. El propio Stanisław Lem tampoco quedó plenamente satisfecho con la adaptación, pues consideraba que Tarkovsky había desplazado demasiado el centro de la obra hacia cuestiones humanas y espirituales. Pero precisamente esa diferencia resulta reveladora. Lem parece preguntarse qué ocurriría si encontrásemos una inteligencia que no pudiéramos comprender; Tarkovsky se pregunta qué ocurriría con nosotros al enfrentarnos a ella. La novela y la película parten del mismo océano, pero contemplan reflejos diferentes.
Treinta años después, Steven Soderbergh realizó una nueva adaptación estadounidense, Solaris (2002), protagonizada por George Clooney. La película es considerablemente más breve y concentra todavía más la historia en la relación entre Kelvin y Rheya. Soderbergh reduce buena parte de la complejidad científica de la novela y transforma la historia en un drama íntimo sobre el amor, la pérdida, la culpa y la posibilidad de recuperar aquello que hemos perdido. La recepción de esta versión fue peculiar. La crítica fue en general moderadamente favorable, aunque con importantes reservas, mientras que la respuesta del público fue considerablemente más fría. La película obtuvo valoraciones críticas razonablemente positivas, pero tuvo un rendimiento comercial modesto. Una parte de la recepción negativa parece relacionada con las expectativas creadas alrededor de una película de ciencia ficción protagonizada por una estrella como George Clooney. Quienes esperaban una aventura espacial convencional encontraron una obra silenciosa, melancólica y esencialmente romántica.Paradójicamente, este contraste demuestra hasta qué punto Solaris se resiste a ser convertida en una historia de ciencia ficción convencional. Tanto Lem como Tarkovsky y Soderbergh parecen enfrentarse al mismo problema: el escenario promete extraterrestres, planetas y tecnología, pero el verdadero argumento está dentro de la conciencia humana.
Las obras que dialogan con Solaris permiten comprobar hasta qué punto esta cuestión ha permanecido viva. 2001: Una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, comparte con ella la presencia de una inteligencia superior cuya naturaleza permanece parcialmente incomprensible. Sin embargo, mientras Kubrick dirige su mirada hacia la evolución de la especie, Tarkovsky la dirige hacia la conciencia individual.La voz de su amo, del propio Lem, constituye quizá una comparación todavía más directa. Allí vuelve a aparecer la dificultad de interpretar un posible mensaje extraterrestre. Pero, una vez más, el problema no consiste simplemente en descifrar un código: consiste en preguntarse si nuestra mente posee las herramientas necesarias para comprender aquello que está intentando comunicarse con nosotros.
Picnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski, ofrece otra perspectiva especialmente cercana. Los seres humanos encuentran vestigios de una presencia extraterrestre y tratan de interpretarlos, pero no existe ninguna garantía de que aquello que encuentran haya sido pensado para ellos. Los objetos alienígenas pueden ser tan incomprensibles como lo sería para una hormiga una herramienta humana abandonada en el suelo.
Más recientemente, La Llegada retoma directamente la cuestión de la comunicación con una inteligencia extraterrestre. La protagonista del film intenta comprender un lenguaje alienígena radicalmente diferente y descubre que aprender a comunicarse puede transformar incluso su percepción de la realidad. La película comparte con Solaris la idea fundamental de que el verdadero contacto con otra inteligencia no comienza cuando conseguimos verla, sino cuando intentamos comprender cómo organiza el mundo.También Stalker, del propio Tarkovsky (adaptación al cine de Picnic extraterrestre), puede contemplarse como una obra hermana de Solaris. En ambas, un espacio misterioso parece responder a aquello que los seres humanos llevan dentro. Lo desconocido funciona como una superficie reflectante: cuanto más intentan los personajes comprender el lugar, más terminan enfrentándose a sus propios deseos, miedos y contradicciones.
Todas estas obras permiten comprender mejor la singularidad de Solaris. Su grandeza no reside simplemente en haber imaginado una inteligencia extraterrestre. Lo verdaderamente audaz es haber imaginado una inteligencia que no necesita hablar nuestro lenguaje, compartir nuestra forma corporal ni responder a nuestras preguntas. Solaris no es simplemente un extraterrestre esperando ser descubierto. Es la representación de aquello que se encuentra más allá de nuestras categorías.
Al final, Solaris no responde a la pregunta de qué quiere el océano. Tampoco explica definitivamente qué son los visitantes ni qué significa cada uno de ellos. Y probablemente esa ausencia de respuesta sea esencial. Porque el fracaso de los personajes no es un fallo de la narración: es el tema de la narración.
El ser humano viaja hasta otro mundo esperando encontrar al otro y termina encontrándose consigo mismo. Busca una inteligencia extraterrestre y descubre sus propios recuerdos, su culpa, sus deseos y sus límites. Busca comunicarse con Solaris y termina comprendiendo que quizá la barrera más difícil de atravesar no sea la distancia entre dos planetas, sino la distancia entre dos formas de existir.
Solaris es mucho más que una novela de ciencia ficción. Es una meditación sobre el conocimiento, la identidad, el duelo y la soledad. Y, sobre todo, sobre una posibilidad que continúa siendo profundamente inquietante: que el universo esté lleno de inteligencia y que, aun así, seamos incapaces de comprenderla.