Lo fascinante de Corey es que no parece vivir según una moral alternativa especialmente sofisticada. No es el villano que se sienta a elaborar una filosofía del mal. Su pensamiento tiene algo mucho más vulgar y, por eso mismo, más perturbador: todo le parece comprensible. Si alguien es desagradable, merece que le ocurra algo; si alguien se interpone, hay que apartarlo; si una situación puede resolverse mediante un engaño, ¿por qué no engañar? Corey posee una capacidad extraordinaria para convertir sus propios deseos en razones. Nunca parece decirse a sí mismo que es un monstruo, se justifica a sí mismo ya que las circunstancias le obligan, los demás son peores, que él simplemente está haciendo lo necesario. Su inteligencia consiste menos en anticipar lo que harán los demás que en comprender qué quieren creer. Sabe que las personas necesitan explicaciones sencillas, enemigos reconocibles y pequeñas historias que les permitan sentirse virtuosas. Él se limita a proporcionarles esas historias. En ese sentido, Corey no domina a los demás porque sea más fuerte que ellos, sino porque entiende algo bastante desagradable sobre la naturaleza humana: la mayoría de la gente prefiere una mentira conveniente a una verdad incómoda. Salvando las distancias, la forma de actuar recuerda mucho a la de algunos políticos: una mentira tapa a la anterior.
Hay además una característica que hace que Nick Corey resulte tan distinto de otros psicópatas de la literatura: su sentido del humor. Thompson podría haberlo convertido en un personaje siniestro y solemne, pero habría sido mucho menos eficaz. Corey es divertido. Sus razonamientos tienen una lógica torcida que provoca risa precisamente porque, durante un instante, parece sensata. Su lenguaje coloquial y su tono de hombre sencillo producen una distancia extraordinaria entre lo que cuenta y la gravedad de lo que estamos comprendiendo. El lector acaba instalado dentro de su cabeza, escuchando sus explicaciones con una familiaridad casi doméstica. Y ahí está la verdadera crueldad de Thompson: no nos pide que admiremos a Corey, pero sí nos obliga a acompañarlo. La primera persona nos priva de un narrador externo que nos diga cuándo debemos alarmarnos o que intente contar los hechos de una forma más objetiva. Corey no anuncia sus pensamientos como los pensamientos de un criminal; los presenta como observaciones perfectamente razonables sobre la vida cotidiana. Por eso el humor funciona como una especie de anestesia: nos hace bajar la guardia mientras la novela va revelando la profundidad de su corrupción y su inmoralidad. La crítica ha señalado precisamente esa combinación de humor negro, violencia y psicología criminal como una de las señas distintivas de la novela y del autor.
Pero quizá lo más interesante de Nick Corey sea que su maldad no vive aislada dentro de él. Thompson lo coloca en una comunidad donde la hipocresía, el racismo, la violencia y el deseo de mantener las apariencias forman parte del paisaje. Corey no inventa la podredumbre de Potts County, el condado donde se desarrolla la historia; aprende a utilizarla. Por eso reducirlo a un simple psicópata sería quedarse corto. Es también el producto perfecto de un mundo en el que la autoridad y la moralidad se han separado hace tiempo, y donde basta con que alguien conserve las apariencias para que nadie quiera mirar demasiado de cerca. Corey entiende ese mecanismo mejor que nadie. Su mayor talento no es matar ni mentir, sino hacer que los demás colaboren en su propia mentira. Y quizá ahí resida la grandeza del personaje: Jim Thompson no utiliza a Nick Corey únicamente para preguntarnos qué ocurre cuando un hombre malvado obtiene poder, sino algo bastante más incómodo: qué clase de sociedad permite que un hombre así parezca, durante tanto tiempo, perfectamente normal.