El Alcázar, en esta lógica interna del episodio, se convierte en un símbolo sobre una monarquía -de nuevo negrolegendaria- que unifica la nación. La monarquía hispánica, que en la realidad ha sobrevivido siglos de guerras, reformas y constituciones, aquí se reduce a un objetivo narrativo que espera pacientes la llegada de la dama vencedora, con la solemnidad de un torneo de jardín de infantes. La simplificación es tal que uno no puede evitar preguntarse si los guionistas alguna vez consultaron un libro de historia de España, o si decidieron que “Al Alcázar” sonaba lo suficientemente exótico y misterioso como para que el público promedio no cuestione la plausibilidad.
No menos delirante es la confusión entre regiones: Galicia y Segovia, que en la vida real están separadas por más de 600 kilómetros y por un clima completamente diferente, se presentan en el episodio como un mismo espacio geográfico, con algunas imágenes de patios que parecen más bien inspirados en el Álamo useño. España, en este caso, es un tablero de Monopoly donde los límites son flexibles y la geografía se ajusta a conveniencia dramática. Esta visión ignora montañas y ríos, pero, en el mundo de Daryl Dixon, estos detalles son simples accesorios para sostener la narrativa. La libertad creativa es encomiable, pero también genera escenas de una extrañeza que resulta difícil de olvidar. Uno puede reír, fruncir el ceño y preguntarse simultáneamente si está viendo un episodio de drama postapocalíptico o una versión televisiva de La Historia de España para Dummies.
El episodio también juega con el absurdo al combinar elementos de distintas épocas. La carrera de cochinillos parece inspirada en rituales medievales, el alcalde parece extraído de la revolución mexicana y “Al Alcázar” evoca una monarquía hispánica que jamás existió. El resultado es un batiburrillo temporal que desafía cualquier noción de continuidad histórica. En la serie conviven siglos y símbolos de manera arbitraria, sin transición, como si el tiempo fuera un recurso maleable al servicio del guion. La coherencia histórica se sacrifica en favor del espectáculo y del humor involuntario, y el espectador queda atrapado en un limbo donde Galicia puede estar a un tiro de Segovia y un cochinillo puede decidir el destino de una dama frente a un palacio real.
La ironía se profundiza cuando consideramos la intención dramática del episodio. En teoría, la trama debería transmitir tensión, peligro y la sensación de supervivencia extrema característica de Daryl Dixon. En la práctica, lo que prevalece es la fascinación por el absurdo, por un guion que parece decir “¿qué pasa si ignoramos todos los hechos históricos y geográficos? ¿qué tan extraño podemos hacerlo antes de que el espectador deje de seguirnos?”. La respuesta es que se puede llegar bastante lejos: el episodio logra entretener, sí, pero también provoca incredulidad y risas involuntarias, en un equilibrio precario entre la tensión dramática y la comedia surrealista.
En definitiva, el segundo episodio de la tercera temporada de Daryl Dixon ofrece una lección involuntaria sobre cómo no escribir España en la televisión estadounidense. Desde la ubicación errónea de Galicia hasta alcaldes sacados de la revolución Mejicana y carreras de cochinillos que deciden el destino de la monarquía hispánica. Todo parece diseñado para un público que no conoce la historia ni la geografía del país. Y, sin embargo, la extravagancia tiene un encanto propio: aunque los historiadores y geógrafos puedan gritar de indignación, los espectadores quedan atrapados en un relato que mezcla absurdo, tensión y curiosidad. Si quieres re-imaginar España desde un guion estadounidense, olvida mapas, historia y lógica temporal; confía en la imaginación desbordante, los cochinillos veloces y la libertad absoluta del absurdo.