El éxito llegó de golpe. En 1920 publicó A este lado del paraíso (This Side of Paradise), una novela que conectó con toda una generación de jóvenes que quería romper con las convenciones de sus padres. Apenas una semana después se casó con Zelda. Tenían juventud, atractivo, talento y una capacidad casi profesional para convertir cualquier noche en una fiesta memorable. Nueva York, París, la Costa Azul y los ambientes de la llamada Generación Perdida se convirtieron en su escenario. Bebían, viajaban, gastaban dinero y protagonizaban episodios extravagantes que alimentaban su fama. Eran, en muchos sentidos, la pareja perfecta para representar los felices y desenfrenados años veinte. Pero detrás de aquella postal había una realidad bastante menos brillante: las deudas se acumulaban, Fitzgerald trabajaba sin descanso para financiar su estilo de vida y el alcohol comenzaba a ocupar un espacio cada vez mayor en su existencia. En 1925 publicó El gran Gatsby, hoy considerada una de las grandes novelas de la literatura estadounidense. Curiosamente, el libro no fue el éxito comercial que esperaba y su reconocimiento definitivo llegaría después de su muerte. Gatsby, aquel hombre que amasó una fortuna para ofrecer a su amada lo que esta deseaba, parecía reflejar algunas de las obsesiones más profundas de su creador: la nostalgia, la ambición, la ilusión de poder empezar de nuevo y la desesperada necesidad de alcanzar algo que siempre parece estar un poco más lejos.
Pero si El gran Gatsby fue la cima literaria de Fitzgerald, también marcó el comienzo de una etapa mucho más sombría. Su matrimonio con Zelda se deterioró progresivamente. Ella quería desarrollar sus propias inquietudes artísticas, especialmente la danza y la pintura, mientras Scott luchaba contra el alcoholismo y las dificultades económicas. En 1930 Zelda sufrió una grave crisis de salud mental y comenzó un largo recorrido por distintos centros de tratamiento. La pareja nunca llegó a divorciarse, pero sus vidas se separaron de forma dolorosa. Fitzgerald encontró refugio en la escritura, aunque cada vez le resultaba más difícil mantener el ritmo de trabajo que necesitaba. En 1934 publicó Suave es la noche (Tender Is the Night), una novela profundamente autobiográfica sobre el deterioro de una pareja aparentemente privilegiada. No obtuvo el éxito esperado. En aquellos años, el escritor que había sido el símbolo de una generación parecía haberse quedado fuera de su propia época. Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión y el mundo despreocupado de los años veinte había desaparecido para siempre.
Su último acto transcurrió en Hollywood, adonde se trasladó en 1937 para trabajar como guionista y tratar de recuperar cierta estabilidad económica. Allí inició una relación con la periodista Sheilah Graham y comenzó a trabajar en una nueva novela, El último magnate (The Last Tycoon), inspirada en el universo de los grandes productores cinematográficos. Parecía estar recuperando parte de su energía creativa, pero el tiempo se le acababa. El 21 de diciembre de 1940, con apenas 44 años, murió de un infarto en Los Ángeles, convencido de que su carrera literaria había entrado en una etapa de declive. Dejó inacabada su última novela, que se publicaría póstumamente en 1941. Su muerte pasó relativamente desapercibida y pocos imaginaron entonces que aquel escritor considerado por algunos una gloria literaria del pasado acabaría ocupando un lugar fundamental en la historia de la literatura universal. Su recuperación crítica llegó durante los años cincuenta. Hoy, Fitzgerald es mucho más que el autor de El gran Gatsby, es el escritor que supo retratar como pocos la cara luminosa y oscura del sueño americano. Y quizá ahí resida la mayor ironía de su biografía, ya que dedicó su vida a escribir sobre personas que perseguían desesperadamente la felicidad, pero que nunca conseguían alcanzarla. Él mismo terminó convertido en uno de sus personajes. Porque, como Gatsby, Fitzgerald pasó buena parte de su existencia intentando recuperar algo que ya no podía volver, aquel instante mágico en el que todo parecía posible.
