El nacimiento de un mito: Frankenstein o el moderno Prometeo

Pocas novelas poseen un origen tan legendario como Frankenstein. En el lluvioso verano de 1816, el llamado "año sin verano", un reducido grupo de jóvenes escritores quedó confinado en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán. Entre ellos se encontraban Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, John Polidori y la entonces adolescente Mary Godwin, futura Mary Shelley. Para combatir el tedio, Byron propuso que cada uno escribiera un relato de terror. De aquel desafío surgirían dos de los grandes mitos de la literatura fantástica: El vampiro, de Polidori, y Frankenstein, concebida por Mary Shelley tras una inquietante visión inspirada por las conversaciones sobre galvanismo, ciencia y el misterio de la vida. Difícilmente un juego literario ha tenido una repercusión semejante en la historia de la literatura.

Sin embargo, reducir Frankenstein a la historia de un científico que crea un monstruo sería ignorar la verdadera naturaleza de la obra. La novela es, ante todo, una expresión del romanticismo en su estado más puro. La naturaleza aparece como un reflejo de las emociones humanas; la ambición desmedida conduce inevitablemente a la tragedia; y el individuo, dominado por sus pasiones, termina enfrentándose a las consecuencias de desafiar los límites de la condición humana y de la naturaleza. Shelley no escribe una novela de terror en el sentido convencional, sino una profunda reflexión sobre la soledad, la responsabilidad moral y el deseo de trascender aquello que nos hace mortales. Uno de los mayores aciertos de la novela reside en su construcción narrativa. La historia se articula mediante un ingenioso juego de relatos encadenados que ofrece distintos puntos de vista y dota de una notable complejidad psicológica tanto a Victor Frankenstein como a su criatura. Lejos de presentar un conflicto simplista entre creador y monstruo, Shelley consigue que el lector comprenda las razones de ambos y se mueva continuamente entre la compasión y el rechazo. Esa riqueza moral, unida a un ritmo narrativo que apenas decae, mantiene el interés de principio a fin y convierte la lectura en una experiencia absorbente, incluso para un lector contemporáneo.

Más de doscientos años después de su publicación, Frankenstein conserva intacta su capacidad para interpelarnos. No solo porque inauguró, en buena medida, la ciencia ficción moderna, sino porque formuló preguntas que siguen plenamente vigentes: ¿hasta dónde debe llegar el conocimiento?, ¿qué responsabilidades tiene quien crea una nueva forma de vida?, ¿es el monstruo quien nace diferente o quien es rechazado por la sociedad? La grandeza de Mary Shelley consiste en haber convertido un relato nacido de una noche de tormenta entre amigos en una obra universal que trasciende el género fantástico para situarse entre las grandes novelas de la literatura occidental.