Publicada en 1819 y nacida en el célebre encuentro literario de Villa Diodati —el mismo del que surgiría Frankenstein—, la obra es un magnífico ejemplo del Romanticismo oscuro. Polidori abandona la imagen grotesca y casi campesina del vampiro procedente de las leyendas rurales del este y centro de Europa, donde estas criaturas eran concebidas como cadáveres hinchados, monstruosos y cercanos a la superstición popular. En su lugar aparece Lord Ruthven, que representa un aristócrata refinado, magnético y ambiguo, capaz de fascinar socialmente mientras oculta una naturaleza profundamente corrupta. Ahí nace realmente el vampiro moderno. La gran fuerza de la novela reside precisamente en ese personaje. Ruthven representa la perversión moral disfrazada de sofisticación. Polidori construye un ser frío, manipulador y depravado, alguien que parece moverse por el mundo sin ninguna clase de límite ético. En ese sentido es profundamente moderna, vemos hoy en día multitud de personajes, algunos empresarios y políticos, que actúan de forma muy similar. La sangre no es únicamente alimento, es el símbolo de dominación, de corrupción y de deseo destructivo. El vampiro seduce antes de destruir, y esa mezcla de atracción y amenaza dota al relato de una inquietud psicológica muy moderna para su época.
También resulta admirable la atmósfera que logra crear Polidori. La narración posee ese tono melancólico y sombrío tan característico del Romanticismo, incluyendo todos los tópicos, los viajes nocturnos, los paisajes decadentes, la fatalidad y los personajes arrastrados hacia un destino inevitable. Hay en la novela una sensación constante de amenaza silenciosa, como si el mal avanzara lentamente bajo la apariencia de elegancia y normalidad.
Es cierto que, leída hoy, El vampiro puede mostrar ciertas limitaciones narrativas propias de una obra pionera. Algunos pasajes resultan abruptos y el desarrollo psicológico no alcanza la profundidad de autores posteriores. Sin embargo, esas pequeñas irregularidades quedan eclipsadas por su enorme poder simbólico y por la influencia gigantesca que ejerció sobre todo el género fantástico. Más de dos siglos después, la obra conserva intacta buena parte de su capacidad de fascinación. No solo inauguró una nueva forma de entender al vampiro, sino que introdujo una idea esencial en la literatura de terror moderna, ya que el monstruo ya no es únicamente una criatura horrenda escondida en la oscuridad, sino también un ser seductor, inteligente y perfectamente integrado en la sociedad. Por todo ello, El vampiro sigue siendo una lectura imprescindible para cualquier amante del terror, del Romanticismo y de la literatura fantástica.