El Plymouth Valiant de 1971 ocupaba un lugar muy definido en el mercado estadounidense. Era un automóvil concebido para la clase media, ya que era fiable, económico de mantener y carente de cualquier pretensión deportiva o lujosa. Equipado habitualmente con el célebre motor de seis cilindros en línea Slant Six, de 3,7 litros, y una transmisión automática TorqueFlite de tres velocidades, ofrecía una conducción cómoda y una robustez mecánica casi legendaria. Su precio, cercano a los 2.400 dólares de la época, lo situaba al alcance de una familia trabajadora o de un profesional de ingresos medios, convirtiéndolo en uno de los vehículos más representativos de la Norteamérica de comienzos de los años setenta. Más allá de sus especificaciones técnicas, el Valiant simbolizaba una forma de entender la prosperidad estadounidense. Durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, millones de familias habían accedido por primera vez a una vivienda en los suburbios y a un automóvil propio, elemento indispensable para desplazarse al trabajo y desarrollar una vida cotidiana marcada por las largas distancias. El coche dejaba de ser un lujo para convertirse en una herramienta de movilidad y en un signo de estabilidad económica. En ese contexto, el Plymouth Valiant representaba al ciudadano medio. Su dueño buscaba disponer de un vehículo honesto, resistente y asequible que cumpliera con eficacia su cometido.
Esta elección adquiere un profundo significado en El diablo sobre ruedas (Duel, 1971). Steven Spielberg podría haber colocado a su protagonista al volante de un potente deportivo o de una gran berlina, pero optó deliberadamente por un automóvil corriente. David Mann, el protagonista de la cinta, no es un héroe de acción, sino un vendedor cualquiera que conduce el mismo coche que podían tener miles de estadounidenses. Esa normalidad convierte la historia en algo inquietantemente verosímil, ya que cualquiera podría ocupar su lugar. El contraste entre el modesto Valiant, ligero y relativamente poco potente, y el inmenso camión Peterbilt que lo acosa durante toda la película acentúa la sensación de vulnerabilidad y desamparo del protagonista. El automóvil termina convirtiéndose así en un recurso narrativo de primer orden. Su escasa potencia, su aspecto discreto y su condición de vehículo cotidiano refuerzan la tensión dramática, ya que el espectador comprende que el protagonista no dispone de ninguna ventaja mecánica para escapar. El Valiant deja de ser un simple medio de transporte y pasa a representar al individuo corriente enfrentado a una fuerza desproporcionada e irracional. En buena medida, esa inteligente elección explica por qué El diablo sobre ruedas sigue siendo considerada una de las películas de suspense más eficaces de la historia: el miedo nace precisamente de la absoluta normalidad de su protagonista y del coche que conduce.