Los últimos días de nuestros padres de Joël Dicker: prescindible

Los últimos días de nuestros padres es una novela que deja una sensación contradictoria, ya que apunta maneras, insinúa talento, pero termina siendo una obra irregular y, en muchos momentos, decepcionante. Resulta comprensible que despertara interés tras el éxito posterior de Joël Dicker, pero leída hoy evidencia con claridad las limitaciones de una ópera prima todavía inmadura.

La novela se sitúa en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y sigue a un grupo de jóvenes reclutas entrenados por el SOE británico (un servicio creado por Churchill para infiltrar agentes en la zona ocupada por Hitler). Sobre el papel, el planteamiento promete tensión, espionaje y conflicto moral. Sin embargo, durante aproximadamente el primer tercio del libro apenas sucede nada relevante. Dicker dedica demasiadas páginas a describir la formación de los jóvenes, sus pequeñas rivalidades y sus inseguridades personales, en una especie de relato juvenil de academia militar que carece de verdadera intensidad dramática. El lector avanza con dificultad entre episodios rutinarios y diálogos poco inspirados, preguntándose cuándo comenzará realmente la historia. Además, una recua de personajes innecesarios hace aún más insoportable la primera parte.

La novela mejora cuando adopta, por fin, un tono más cercano al thriller. Las operaciones clandestinas, los desplazamientos y el peligro introducen algo de ritmo y suspense. Pero esa mejoría resulta breve y superficial. El principal problema es la escasa credibilidad de muchas situaciones. Los personajes parecen moverse entre Londres y la Francia ocupada con una facilidad casi absurda, como si atravesar fronteras en tiempos de guerra fuera algo sencillo. Falta sensación de riesgo, de vigilancia, de miedo real. Todo aparece simplificado hasta el punto de restar verosimilitud a la trama. A ello se suma la debilidad de las relaciones entre personajes. Los vínculos afectivos están tratados con una sensibilidad excesivamente ingenua y sentimental. Muchas conversaciones amorosas y amistades poseen un tono casi adolescente, impropio de jóvenes inmersos en una guerra brutal, jóvenes de principios de los años 40 del S.XX, no estamos hablando de jóvenes posmodernos acostumbrados al llanto fácil y a la sensiblería. Hay situaciones inverosímiles, que ni un niño de 10 años podría creerse. Dicker busca emocionar constantemente, pero termina cayendo en un sentimentalismo ñoño que revela una evidente falta de madurez literaria.

Es cierto que la novela deja entrever algunas virtudes. La prosa es fluida y se lee con facilidad; incluso puede apreciarse ya cierta habilidad para mantener el interés esporádico. Pero una buena escritura no basta para sostener una narración caótica, desequilibrada y emocionalmente poco profunda. Los últimos días de nuestros padres es, en definitiva, una novela prescindible. Interesante únicamente como curiosidad para comprender los comienzos de un autor que todavía estaba lejos de encontrar su verdadera voz narrativa.