El análisis de Bueno parte de la constatación de que el término “cultura” ha experimentado una expansión semántica en las últimas décadas de la modernidad, hasta el punto de convertirse en una palabra comodín que puede abarcar prácticamente cualquier dimensión de la vida humana. Se aplica la palabra cultura desde el arte hasta la política, desde la educación hasta la identidad colectiva, desde las tradiciones populares hasta la ciencia. Esta ampliación, lejos de aclarar el concepto, lo vacía de contenido preciso, transformándolo en una noción difusa que funciona más como etiqueta valorativa que como categoría explicativa. En este sentido, la “Cultura” actúa como una forma de legitimidad moral, de tal manera que aquello que es cultural aparece automáticamente como valioso, digno de preservación o respeto. Aquel que ose criticarla tendrá una tropa de fanáticos intentando su cancelación. Bueno interpreta este fenómeno como una forma de sacralización laica, en la que la Cultura ocupa el lugar que antes tenían entidades teológicas o metafísicas, como Dios, la Naturaleza o el Espíritu. De este modo, el concepto deja de ser descriptivo para convertirse en normativo, funcionando como un dispositivo ideológico. En realidad, esta acepción de cultura tiene un importante componente metafísico.
Desde su materialismo filosófico, Bueno critica especialmente la tradición idealista que concibe la cultura como expresión del “espíritu” de un pueblo o como una esencia orgánica que explica la historia. Esta perspectiva, asociada a autores como Herder o Hegel, presupone una unidad sustancial de la cultura que permite hablar de culturas nacionales, civilizatorias o incluso universales como si fueran sujetos coherentes. Para Bueno, esta forma de pensamiento es problemática porque tiende a convertir construcciones conceptuales en entidades metafísicas. Frente a ello, propone una visión materialista en la que la realidad cultural está siempre fragmentada en múltiples planos de diversa índole, el tecnológico, el biológico, el económico, el político y el lingüístico, entre otros. Estos planos no forman una totalidad armónica, sino sistemas parcialmente independientes que interactúan de manera conflictiva. En consecuencia, la idea de una “cultura” como unidad orgánica resulta, para Bueno, una simplificación ideológica que borra las tensiones internas y las discontinuidades históricas reales. La cultura no es un sujeto ni una esencia, sino el resultado inestable de procesos materiales que solo retrospectivamente pueden ser agrupados bajo una misma denominación.
El núcleo más polémico del libro reside en su interpretación política del concepto de cultura. Bueno sostiene que la “Cultura” desempeña una función estructural en las sociedades contemporáneas comparable a la que en otras épocas desempeñaron conceptos como “Raza”, “Naturaleza humana” o “Gracia divina”. Es decir la "cultura" es utilizada como principio de ordenación simbólica y de legitimación de diferencias. En el contexto contemporáneo, la apelación a la cultura permite justificar tanto identidades colectivas como políticas públicas, discursos nacionalistas o proyectos multiculturalistas, sin necesidad de recurrir a fundamentos explícitamente biológicos o religiosos. Sin embargo, esta aparente neutralidad oculta una operación ideológica profundamente intolerante y dictatorial, ya que la cultura se convierte en un criterio de inclusión y exclusión, de superioridad o inferioridad simbólica, y en un lenguaje que enmascara conflictos materiales y políticos bajo la apariencia de diferencias “culturales”. Así, el multiculturalismo, lejos de resolver las tensiones entre grupos, puede reinterpretarlas como coexistencia armónica de culturas equivalentes, cuando en realidad dichas relaciones están atravesadas por asimetrías económicas, geopolíticas e históricas. Para Bueno, este uso del término contribuye a una especie de “oscurantismo culturalista” que sustituye el análisis material de las sociedades por una retórica de respeto abstracto a la diversidad.
En última instancia, El mito de la cultura propone una desmitificación del concepto mismo de cultura, no para eliminarlo del lenguaje, sino para delimitar su alcance y evitar su idealización. La crítica de Bueno es estructural ya que no niega que existan fenómenos culturales, sino que rechaza su elevación a una categoría capaz de explicar la totalidad de lo humano. Frente a la idea de Cultura como esfera autónoma y superior, su materialismo filosófico insiste en la pluralidad de los procesos históricos y sociales. Esto implica una reconfiguración profunda de la manera en que entendemos la educación, la identidad colectiva y la historia, ya que obliga a abandonar explicaciones esencialistas en favor de análisis concretos de estructuras materiales y relaciones de poder. En este sentido, el libro no solo es una crítica conceptual, sino también una intervención en el debate contemporáneo sobre el papel de la cultura en las sociedades modernas, cuestionando su uso como fundamento moral y político. La consecuencia última de su planteamiento es que la cultura no puede ser considerada un horizonte de sentido unitario, sino un campo fragmentado de prácticas y discursos que solo adquieren coherencia dentro de sistemas teóricos específicos, y nunca como totalidad autosuficiente.