Cuando el imperialismo useño quiso conquistar Canadá y salió escaldado

Si existe una guerra que demuestra que el exceso de confianza es un pésimo estratega, esa es la Guerra de 1812. En Washington, muchos estaban convencidos de que lo que hoy es la actual Canadá caería como una manzana madura. El propio presidente Thomas Jefferson, hombre brillante pero como todos con días malos, afirmó que la conquista del territorio canadiense sería poco más que "una simple cuestión de marchar". La frase sonaba magnífica sobre el papel. El problema era que los canadienses, los británicos y sus aliados indígenas no habían leído el guion y no estaban para nada de acuerdo con la idea.

La joven república estadounidense había decidido enfrentarse al Imperio británico. Las tensiones comerciales, los bloqueos navales y los abusos británicos sobre la navegación norteamericana habían encendido la mecha. Pero junto a los agravios legítimos también surgió una tentación irresistible de imperialismo, la de aprovechar la ocasión para incorporar Canadá a la Unión. Parecía una oportunidad única. Los mapas eran prometedores, los discursos patrióticos abundaban y algunos políticos ya imaginaban nuevas estrellas brillando en la bandera. El plan era sencillo. Quizá demasiado sencillo. Varias columnas estadounidenses cruzarían la frontera simultáneamente. Una avanzaría desde Detroit, otra por la región del Niágara y una tercera apuntaría hacia Montreal. Sobre el papel, todo encajaba con la precisión de un reloj. Sobre el terreno, sin embargo, la realidad, como siempre tozuda frente al idealismo, tenía otros planes.

Al otro lado de la frontera no esperaba una población ansiosa por ser liberada, sino una mezcla sorprendentemente resistente de soldados británicos, milicianos canadienses y guerreros indígenas. Entre estos últimos destacaba una figura casi legendaria: Tecumseh, el gran jefe shawnee, uno de los líderes indígenas más carismáticos y capaces de la historia de Norteamérica. Bajo su influencia se formó una poderosa alianza que convirtió los bosques, los ríos y las fronteras en una pesadilla para los invasores useños.

Los primeros compases de la guerra fueron una colección de tropiezos para Estados Unidos. El episodio más humillante ocurrió en Detroit. El general William Hull, convencido de que estaba rodeado por fuerzas enormes —mucho mayores de lo que realmente eran— decidió rendir toda la ciudad prácticamente sin combatir. Fue una derrota tan poco honorable que todavía hoy provoca escalofríos a los historiadores militares.

Pero las guerras tienen la costumbre de complicarse. En 1813, los estadounidenses lograron una victoria simbólica al capturar y quemar York, la actual Toronto, que entonces era la capital del Alto Canadá. Las llamas iluminaron el cielo canadiense y muchos pensaron que, por fin, la balanza empezaba a inclinarse. Grave Error. Los británicos tenían una memoria excelente y un concepto muy desarrollado de la venganza. Un año después atravesaron la frontera, marcharon sobre Washington y prendieron fuego a varios edificios públicos. Entre ellos se encontraba la residencia presidencial. La Casa Blanca ardió por la noche mientras los estadounidenses contemplaban atónitos cómo la guerra que debía conquistar Canadá había terminado llevando el fuego hasta el corazón mismo de su capital. El honor useño había quedado a la altura de los zapatos.

Tras dos años de campañas, escaramuzas, invasiones fallidas, heroísmos auténticos y errores monumentales, ambos contendientes llegaron agotados a la mesa de negociaciones. El Tratado de Gante, firmado en 1814, puso fin al conflicto. Y cuando el humo se disipó y los diplomáticos guardaron las plumas, el resultado fue casi cómico en su simplicidad: las fronteras quedaron exactamente donde estaban antes de que comenzara la guerra. Utilizando su dichoso sistema imperial, ni una pulgada más para Estados Unidos, ni una pulgada menos para Canadá.

Después de miles de muertos, ciudades incendiadas, fortunas gastadas y discursos grandilocuentes, el mapa seguía siendo el mismo. La gran expedición destinada a incorporar Canadá a la Unión había terminado convirtiéndose en una de las mayores lecciones históricas sobre los peligros de confundir el optimismo con la estrategia.

Thomas Jefferson había dicho que conquistar Canadá sería una simple cuestión de marchar. La historia, siempre aficionada al sarcasmo, decidió demostrarle todo lo contrario. ¿Les suena este acontecimiento vivamente actual?