Vehículos de cine II: Ford Pinto

El Ford Pinto, comercializado entre 1971 y 1980, fue concebido por Ford como respuesta a la creciente demanda de automóviles compactos y económicos en Estados Unidos. La crisis energética, el aumento del precio de los combustibles y la llegada de modelos europeos y japoneses obligaron a los fabricantes estadounidenses a replantear el tamaño y el consumo de sus vehículos. Con una longitud inferior a los grandes sedanes de la época, motores de cuatro cilindros de entre 1,6 y 2,3 litros y un precio de partida cercano a los 2.000 dólares, el Pinto pretendía ofrecer una movilidad asequible a jóvenes familias y trabajadores urbanos. Su mecánica era sencilla, su mantenimiento económico y su filosofía respondía a la idea de proporcionar un automóvil práctico en una época de cambio para la industria del automóvil norteamericana. Sin embargo, el Ford Pinto quedó marcado por una de las mayores controversias de la historia del automóvil. Su diseño situaba el depósito de combustible en una posición especialmente vulnerable ante impactos traseros, circunstancia que dio lugar a accidentes con incendios de gran gravedad. La posterior revelación de documentos internos de Ford, en los que se analizaban los costes de modificar el vehículo frente a las posibles indemnizaciones por accidentes, convirtió al Pinto en un símbolo de los excesos de la gran industria y de los dilemas éticos de la producción en masa. Aunque millones de unidades prestaron un servicio normal a sus propietarios, el modelo pasó a ocupar un lugar singular en el imaginario colectivo estadounidense, asociado tanto a la movilidad popular como a la desconfianza hacia las grandes corporaciones.

En la novela Cujo (1981), Stephen King escoge precisamente un Ford Pinto para Donna Trenton. La elección difícilmente puede considerarse casual. Donna pertenece a una familia de clase media que atraviesa dificultades personales y económicas, y el Pinto representa un automóvil modesto, sin ningún rasgo heroico ni aspiraciones de prestigio. Cuando una avería obliga a Donna a acudir al aislado taller de Joe Camber, el coche deja de cumplir su función esencial —transportar a sus ocupantes— y se transforma en una trampa inmóvil. Encerrados en su interior bajo un calor sofocante y acosados por el perro rabioso, madre e hijo descubren que aquello que simbolizaba independencia y libertad se convierte en una frágil barrera entre la vida y la muerte.

La adaptación cinematográfica de 1983 conserva ese simbolismo y lo potencia visualmente. El pequeño Ford Pinto aparece empequeñecido frente al entorno rural, inmóvil bajo el sol y cada vez más deteriorado conforme avanza el asedio. El Pinto de Cujo adquiere un carácter estático: ya no es el vehículo que permite escapar, sino el refugio precario desde el que resistir. Este automóvil representa al ciudadano medio estadounidense, Stephen King lo transforma en una cárcel improvisada donde la tensión surge de la inmovilidad, el aislamiento y la vulnerabilidad. Esa utilización de un automóvil corriente, reconocible para millones de espectadores y lectores, contribuye decisivamente a que el horror resulte creíble y profundamente cotidiano.