¿Por qué hay que leer a Jim Thompson?

Jim Thompson (1906-1977) es uno de esos escritores que parecen haber nacido directamente de la novela negra que escribieron. Nacido en Oklahoma, trabajó como botones de hotel, jornalero, reportero y escritor de relatos, y conoció de primera mano la pobreza, la violencia y la cara menos amable de la América profunda. Su padre había sido sheriff y acabó huyendo tras un escándalo de corrupción, una experiencia biográfica que parece proyectarse sobre buena parte de sus novelas: en Thompson, la autoridad, la respetabilidad y la moral suelen ser disfraces que esconden algo mucho más turbio. Escribió más de treinta novelas, muchas de ellas para las colecciones baratas de paperback originals, y también colaboró con Stanley Kubrick en los guiones de Atraco perfecto y Senderos de gloria. Murió prácticamente olvidado, pero su reputación creció después hasta convertirlo en una figura central de la novela negra estadounidense.

Leer a Thompson es entrar en un mundo donde la gente no es lo que parece y la inteligencia no sirve para salvar a nadie. Su especialidad es introducirnos en la cabeza de personajes moralmente monstruosos y hacer que, durante unas páginas, pensemos con ellos. Escribe con una prosa seca, coloquial y aparentemente sencilla, pero debajo de esa naturalidad hay una maquinaria psicológica feroz: humor negro, violencia, cinismo y una visión profundamente pesimista de la condición humana. Si tuviera que recomendar una sola novela para descubrirlo, elegiría precisamente 1280 almas (1964): Nick Corey, el sheriff de un pequeño pueblo sureño, aparenta ser un imbécil perezoso y bonachón mientras manipula a todo el mundo con una inteligencia y una crueldad cada vez más inquietantes. Lo extraordinario es que Thompson consigue que la novela sea al mismo tiempo divertidísima y profundamente perturbadora. Uno empieza riéndose de la estupidez de aquel pueblo y termina comprendiendo que se ha reído junto a un psicópata. Pocas novelas negras han conseguido convertir de una manera tan brillante el humor en una forma de horror.