Leer a Thompson es entrar en un mundo donde la gente no es lo que parece y la inteligencia no sirve para salvar a nadie. Su especialidad es introducirnos en la cabeza de personajes moralmente monstruosos y hacer que, durante unas páginas, pensemos con ellos. Escribe con una prosa seca, coloquial y aparentemente sencilla, pero debajo de esa naturalidad hay una maquinaria psicológica feroz: humor negro, violencia, cinismo y una visión profundamente pesimista de la condición humana. Si tuviera que recomendar una sola novela para descubrirlo, elegiría precisamente 1280 almas (1964): Nick Corey, el sheriff de un pequeño pueblo sureño, aparenta ser un imbécil perezoso y bonachón mientras manipula a todo el mundo con una inteligencia y una crueldad cada vez más inquietantes. Lo extraordinario es que Thompson consigue que la novela sea al mismo tiempo divertidísima y profundamente perturbadora. Uno empieza riéndose de la estupidez de aquel pueblo y termina comprendiendo que se ha reído junto a un psicópata. Pocas novelas negras han conseguido convertir de una manera tan brillante el humor en una forma de horror.
Este espacio es un jardín digital —lo que en inglés llaman digital garden—, un lugar donde las ideas pueden crecer a su propio ritmo y entremezclarse. Aquí irán brotando pensamientos, curiosidades y, sobre todo, opiniones… muchas opiniones. Algunas quizá resulten útiles; otras, con suerte, inteligentes; y unas cuantas, inevitablemente, serán absurdas.
¿Por qué hay que leer a Jim Thompson?
Jim Thompson (1906-1977) es uno de esos escritores que parecen haber nacido directamente de la novela negra que escribieron. Nacido en Oklahoma, trabajó como botones de hotel, jornalero, reportero y escritor de relatos, y conoció de primera mano la pobreza, la violencia y la cara menos amable de la América profunda. Su padre había sido sheriff y acabó huyendo tras un escándalo de corrupción, una experiencia biográfica que parece proyectarse sobre buena parte de sus novelas: en Thompson, la autoridad, la respetabilidad y la moral suelen ser disfraces que esconden algo mucho más turbio. Escribió más de treinta novelas, muchas de ellas para las colecciones baratas de paperback originals, y también colaboró con Stanley Kubrick en los guiones de Atraco perfecto y Senderos de gloria. Murió prácticamente olvidado, pero su reputación creció después hasta convertirlo en una figura central de la novela negra estadounidense.