Desde un punto de vista crítico, Vidas cruzadas sobresale por la dureza con la que retrata la vida cotidiana y por la capacidad del autor para mostrar el vacío emocional de sus personajes sin necesidad de grandes acontecimientos. En los relatos de Carver no suelen ocurrir hechos extraordinarios. Sin embargo, detrás de conversaciones triviales y de gestos aparentemente insignificantes se esconden conflictos profundos relacionados con la soledad, el fracaso o la incapacidad de comunicación. Uno de los elementos más característicos de su estilo son los finales ambiguos, que suelen dejar al lector descolocado y sin una conclusión clara. Muchas veces los relatos terminan de forma abrupta, sin resolver completamente la situación planteada, lo que genera una sensación de incertidumbre y desconcierto. Sin embargo, esa ambigüedad constituye precisamente una de las mayores virtudes de la obra, ya que refleja la realidad misma, donde los problemas rara vez encuentran soluciones definitivas. Carver obliga así al lector a completar el sentido de las historias y a reflexionar sobre aquello que queda sin decir. La aparente sencillez de sus relatos esconde, en realidad, una gran profundidad humana y psicológica. Gracias a este estilo sobrio y contenido, el autor consigue transmitir la dureza de lo cotidiano y mostrar cómo, incluso en los momentos más ordinarios, pueden revelarse las fracturas emocionales más profundas de la existencia humana.
Vidas cruzadas fue adaptada al cine en 1993 por el director Robert Altman en la película Short Cuts. La película no adapta un único relato, sino que mezcla varias historias y personajes inspirados en distintos cuentos de Carver, creando una estructura fílmica en la que las vidas de numerosos personajes que se entrecruzan en la ciudad de Los Ángeles.