Universum Film AG (UFA): los estudios alemanes que compitieron con Hollywood

La historia de la UFA representa uno de los capítulos más fascinantes y complejos de la industrialización cultural europea, naciendo no de un impulso puramente artístico, sino de una necesidad geopolítica. Fundada formalmente el 18 de diciembre de 1917 en Berlín, su creación fue orquestada por el Alto Mando Alemán, bajo la dirección del general Ludendorff, con el objetivo estratégico de contrarrestar la hegemonía de la propaganda aliada —especialmente la estadounidense— durante la Primera Guerra Mundial. Este conglomerado no surgió de la nada, sino de la consolidación de las mayores empresas cinematográficas alemanas del momento, como Nordisk y Decla, esta última responsable de hitos iniciales como El gabinete del doctor Caligari. Tras el armisticio, la empresa vivió una transformación radical al ser privatizada en 1921, año en que el Deutsche Bank adquirió la mayoría de las acciones, lo que permitió que la producción se disparara hasta alcanzar los 600 títulos anuales y atraer a cerca de un millón de espectadores diarios. Con su sede principal en los titánicos estudios de Babelsberg, cerca de Potsdam (construidos originalmente en 1911), la UFA se convirtió en una "fábrica de sueños" que no solo dominó el mercado interno sin competencia real, sino que se posicionó como el único rival capaz de desafiar la pujanza de Hollywood en el mapa cinematográfico global. Este periodo inicial, marcado por la inestabilidad de la República de Weimar, vio a la UFA funcionar como un sistema de producción integral que abarcaba desde la fabricación de material técnico hasta la gestión de lujosas salas de exhibición como el UFA-Palast en el Jardín Zoológico de Berlín, un espacio de suntuosidad ecléctica con más de dos mil butacas y orquesta propia. La empresa capturó en celuloide el nerviosismo de un país en transición, fusionando la tradición de las leyendas germánicas con la modernidad industrial, y logrando que el cine fuera una experiencia estética completa, un "juego de luces" (Lichtspielhaus) que definía la identidad nacional.

El esplendor creativo de la UFA se manifestó en una serie de obras maestras que definieron el lenguaje del cine moderno y convirtieron a Babelsberg en el epicentro de la vanguardia visual. Bajo el amparo de productores visionarios como Erich Pommer, el estudio fue la cuna del Expresionismo alemán, un movimiento que utilizó escenografías angulosas y un claroscuro dramático para canalizar el malestar colectivo de la posguerra. En este atelier de "alquimistas" se rodaron hitos como Metrópolis (1927) de Fritz Lang, una proeza arquitectónica en miniatura que imaginaba el futuro, y Los Nibelungos (1924), donde Lang construyó bosques fabulosos y dragones mecánicos integrados con una estética art decó. F.W. Murnau aportó su maestría con obras como Fausto (1926) y Nosferatu (1922), esta última una sinfonía del horror que exploraba el "instinto fáustico" alemán. Además de estas superproducciones, la UFA cultivó géneros únicos como el bergfilm (cine de montaña), popularizado por Arnold Fanck y que sirvió de plataforma para Leni Riefenstahl en cintas como La montaña sagrada (1926), donde se idealizaba la lucha del hombre contra la naturaleza. El fin de la era muda y el inicio del sonoro quedaron sellados con el estreno en 1929 de El ángel azul, dirigida por Josef von Sternberg y protagonizada por una entonces desconocida Marlene Dietrich, cuya actuación no solo la catapultó al estrellato internacional, sino que demostró la capacidad técnica de la UFA para dominar el nuevo formato de audio. Otras obras como Berlin: Sinfonía de una gran ciudad (1927) de Walter Ruttmann o La calle sin alegría (1925) de G.W. Pabst —con una joven Greta Garbo— testimonian la diversidad temática del estudio, que oscilaba entre la experimentación visual más radical y el realismo social más descarnado.

A pesar de su gloria, la decadencia de la UFA comenzó paradójicamente en su momento de mayor ambición técnica, arrastrada por crisis financieras y el ascenso del totalitarismo. El fracaso comercial inicial de Metrópolis, cuya inversión alcanzó los cinco millones de marcos, supuso un golpe financiero devastador que dejó a la empresa en una posición vulnerable. En 1927, el magnate conservador Alfred Hugenberg, vinculado a la industria armamentística de Krupp, tomó el control de la compañía, marcando el inicio de una deriva ideológica que culminaría con el ascenso de Hitler al poder en 1933. Bajo la supervisión del Ministro de Propaganda Joseph Goebbels, la UFA sufrió una purga sistemática: se prohibió el ejercicio profesional a todos los colaboradores judíos, provocando un éxodo masivo de talento hacia Hollywood que incluyó a figuras como Fritz Lang, Douglas Sirk y Robert Siodmak. El estudio, nacionalizado totalmente en 1937, pasó de ser una vanguardia artística a una herramienta de adoctrinamiento, centrada en comedias intrascendentes y monumentales piezas de propaganda como El triunfo de la voluntad de Riefenstahl o la bélica Kolberg (1945), rodada mientras las bombas ya caían sobre Alemania. Con la caída del Tercer Reich, la industria fue confiscada por los aliados y, en 1946, las instalaciones de Babelsberg pasaron a manos de la DEFA, la productora estatal de la Alemania Oriental, marcando el fin definitivo de la UFA clásica. Aunque la marca sobrevivió y fue refundada años después como parte del grupo Bertelsmann, el gigante industrial que una vez compitió con Hollywood se disolvió en la historia, dejando tras de sí un legado de ruinas y celuloide que hoy custodia la Murnau Stiftung.