Cuando las estrellas entraron en guerra: Churchill, Hitler y la astrología en la Segunda Guerra Mundial

Winston Churchill suele encarnar la imagen del líder moderno, pragmático, con una retórica brillante, defensor de la razón y la determinación frente a la barbarie nazi. Esto, que entraría dentro del mito creado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, puede servir como contrapunto al bando nazi, donde lo irracional y el vitalismo dominaban muchas de las decisiones políticas y estratégicas. En el caso de Churchill, cuesta imaginarlo prestando atención a horóscopos, cartas astrales o presagios celestes. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial, la astrología —una práctica asociada a lo irracional— encontró un lugar inesperado en el corazón del conflicto. No porque Churchill creyera en ella, sino porque entendió algo crucial y es que su enemigo sí lo hacía, y esto podría ser muy útil para los Aliados.

Hitler antes de creer en los astros
Adolf Hitler y varios miembros del alto mando nazi mostraban un interés real por el ocultismo, la astrología y otras formas de pensamiento esotérico. Esta fascinación no era un simple capricho personal. En la Alemania nazi, ciertas corrientes místicas se mezclaron con la ideología racial y la propaganda, creando un clima donde las “fuerzas del destino” y los signos cósmicos parecían legitimar decisiones políticas y militares. La propia idea de "espíritu del pueblo" o volksgeist tiene algo de místico e irracional, ya que otorga a los pueblos propiedades casi atemporales. Hitler, en particular, tendía a interpretar su propia vida como la de un elegido por la historia, una narrativa fácilmente reforzada por augurios favorables. Por el contrario, Churchill, profundamente escéptico en lo personal, comprendió pronto que esa superstición podía convertirse en una debilidad estratégica. En lugar de descartarla como una excentricidad irrelevante, decidió observarla, estudiarla y, si era posible, utilizarla como arma psicológica contra su enemigo.

Así entró en escena Louis de Wohl, un astrólogo de origen húngaro que terminó trabajando para los servicios de inteligencia británicos. De Wohl no fue contratado porque el gobierno británico confiara en la astrología como ciencia predictiva, sino porque se creía que podía ayudar a entender —y quizá manipular— la mentalidad del liderazgo nazi. La lógica que había detrás era que si los dirigentes alemanes tomaban en serio las predicciones astrológicas, conocerlas permitiría anticipar sus movimientos o influir en su percepción del futuro. El uso de la astrología por parte de los británicos se movía en un terreno delicado, a medio camino entre la inteligencia, la propaganda y el teatro psicológico. Se analizaron horóscopos que, supuestamente, consultaban los astrólogos del Tercer Reich; se elaboraron interpretaciones alternativas; e incluso se consideró la posibilidad de difundir predicciones falsas con el objetivo de minar la moral alemana o inducir dudas en momentos clave. Nada de esto implica que Churchill consultara las estrellas antes de tomar decisiones cruciales. No hay pruebas serias de que operaciones como el desembarco de Normandía o los bombardeos estratégicos estuvieran condicionados por cartas astrales. Para Churchill, la astrología era, en el mejor de los casos, una herramienta auxiliar, útil solo en la medida en que ayudara a comprender al enemigo. En privado, seguía considerándola una superstición. Mientras los británicos rompían el código Enigma con matemáticas y lógica, también estudiaban horóscopos porque sabían que el adversario les otorgaba significado.

Este episodio revela algo más profundo que una simple anécdota curiosa. Muestra hasta qué punto la historia no se mueve solo por ideas racionales, sino también por miedos, creencias y símbolos. Churchill entendió que liderar en tiempos de guerra implicaba conocer no solo las armas del enemigo, sino también su psicología. Y si esa psicología incluía la creencia en influencias astrales, ignorarla habría sido un error.

Al final, la astrología no decidió la guerra. Pero sí ilustra un contraste poderoso: un líder que no creía en los astros, pero sabía que las creencias importan, frente a otro que confiaba en un destino escrito en las estrellas. En ese choque entre racionalismo estratégico y superstición ideológica, se refleja una lección incómoda ya que incluso en la era de la ciencia, las ideas irracionales siguen teniendo poder, ya sea porque se creen o porque se saben explotar.